El arte de la vida

Dedicado a mi abuelo “Lacho” (15/12/1941-08/08/2026). Descanse en paz

Cuántas veces nos hemos preguntado por el sentido que tienen nuestros pasos en esta tierra y, por más que reflexionamos, la respuesta se escapa de nuestro entendimiento. Somos un breve instante en el que suceden millones de cosas que nos definen hasta el momento en el que cerramos los ojos para siempre (al menos en esta experiencia física). La función termina, se hace un momento de silencio reflexivo que separa el escenario de los espectadores; finalmente, el telón cae elegantemente para permitir que el público, aquellos que aún guardan calor en su cuerpo, puedan aplaudir y ovacionar al protagonista que ejecutó maravillosamente bien su último acto. Entre vítores y lágrimas nace la paradoja, lo aclaman mientras lo despiden para que pueda llevar a cabo su siguiente función en algún lugar del vasto y misterioso universo al que van las almas. Principio y fin, preludio y desenlace; partida y permanencia. Vida y muerte, arte en su más pura expresión.

La vida es arte en sí misma, vivirla también lo es, con todos sus matices, en todas sus formas y transformaciones. Quizás la consciencia de nuestra existencia es el valor que aportamos los humanos a su complicada estética, porque somos concebidos por casualidades estadísticas o, quién sabe, tal vez por un milagro genuino.

Nacemos llorando pero con los ojos cerrados, como si estuvieran descansando; tal vez algo de nosotros sabe que durante el camino necesitaremos abrirlos para mirar hacia afuera y hacia adentro y, con suerte, encontraremos la sonrisa con la que partiremos en paz, de la misma manera en la que llegamos, sin ver otra cosa que la oscuridad de nuestros párpados. Sin embargo, a las sombras sucede la luz pues en el camino que nos conduce de regreso a la fuente todo se ilumina: una nueva obra espera, fulgente, a que el artista la descubra y la vuelva suya.

La vida es arte, desde su creación y por todo lo que hacemos con ella para ser y estar, como seres individuales que expresan una visión sensible de su existencia a través de ideas que generan emociones sobre su realidad o en el don de imaginar cosas. Para vivir, al igual que en el arte, se requiere aprender a utilizar adecuadamente los recursos con los creamos nuestra obra maestra de cada día, es por ello que podemos oír, ver, tocar, degustar y olfatear, para transmitir un mensaje sobre lo que somos de una manera estética, ¿Por qué? Porque, a final de cuentas, somos una obra visual, como lo es la pintura y la escultura, somos una expresión sonora y corporal al igual que la música y la danza; somos los hilos que tejen una historia, como ocurre con el cine y la literatura.

El arte es inherente a nuestro devenir, a cada granito de arena con la que construimos el camino por que el que andamos mientras la sangre corre en nuestras venas. En nuestro paso aprendemos a crear ideas complejas que compartimos sin necesidad de mediar palabras, pues el silencio es poderoso. Cada acción es una forma de cuestionar nuestro entorno, de crear una reflexión que invita a pensar en el sentido de nuestra existencia frente a otros y con nosotros mismos.

En el azar que nos envuelve a todos, la moneda también tiene dos caras, la muerte, la dolorosa y misteriosa muerte es la sombra en el juego de luces del cuadro que crea la vida, es el silencio de la música, es la página en blanco de la novela. Toda creación tiene un inevitable desenlace que conduce a apreciar el arte que contiene y a descubrir el sentido por el que fue creada. El final añade el toque artístico a la vida, como algo irrepetible que permanece a través del tiempo y la memoria del público que nos acompaña en el proceso.

Después de todo, como dice el dicho, de músicos, poetas y locos, todos tenemos un poco. Somos arte y artistas sin ser conscientes de ello: creamos, destruimos, reconstruimos y trascendemos a través del testimonio de nuestra existencia, una obra maestra única hecha con los latidos de nuestro corazón para mostrar que esta vida, nuestra vida, no es trivial sino artística, pues la obra persiste aun cuando su autor desaparece…

Mario Eduardo Villalobos Orozco

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Doctorante en Finanzas por el CESCIJUC, Maestro en Finanzas por la Universidad del Valle de México; es Licenciado en Derecho y Licenciado en Economía, graduado con mención honorífica, por la Universidad Nacional Autónoma de México; además es músico egresado de la Escuela de Iniciación Artística de número 1 del Instituto Nacional de Bellas artes, autor del poemario Cartas a la Lluvia, y colaborador de la revista 13 de abril, desde abril de 2021.

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