A Serch, a nuestra revista y a Damián Felipe, con todo mi cariño y mi agradecimiento por salvarme la vida, así, tal cual.
Hay ocasiones en que la adrenalina y el cortisol, derramados por el torrente sanguíneo cuan fieles táctiles del sistema nervioso, causa que se sienta como una especie de quemada con frío atroz, pero al mismo tiempo que se asuma una sensación como de entumecimiento y de inhabilitación física consecuente, una ráfaga de energía potente que no tiene punto de descripción.
A veces no hay palabras para manifestar un colapso nervioso que, sin que caigas destruido por un desmayo, te inhabilita de por medio y te entrega una dosis de miedo y pánico cabal, que por el infortunio de tu realidad se mezcla con una sensación de pura química corporal que te desnuda en un matiz de locura incontrolable, de descontrol infortunado.
Cuando la angustia y la desazón se convierten en el pan nuestro de cada día y llega el momento en que la supervivencia está totalmente agotada y no asegurada es cuando la adrenalina y el cortisol se hacen más presente y colapsan la estabilidad de toda comodidad posible.
Sentir que la realidad te quema debe ser una de las cuestiones mas desdichadas y dolorosas que cualquier persona puede sentir.
Es una sensación que te invade todo el cuerpo y que te vuelve torpe de movimientos y que te sacude desde que te levantas de la cama, y que se prolonga aún más cuando por tu cabeza pasan mil pensamientos y tu mente está totalmente descontrolada por los escenarios imaginarios mas ruines que se pueda alguien imaginar.
Es como una especie de mendicidad con una carga de adrenalina y cortisol que te pulveriza toda movilidad corporal y que te entrega una estabilidad ansiosa incontrolable, en donde de paso, te sientes un ser rotundamente miserable.
El miedo no anda en burro, porque el miedo surge de la conciencia para ser vivido a plenitud cuando tiene que presentarse y más cuando no tienes nada asegurado y más cuando el riesgo de quemarte ante la intempestiva volátil de la vida y lo que te presenta en un momento concreto surge sin que te des cuenta o lo pidas.
El ansia de no saber que pueda pasar con tu vida te vuelve muy vulnerable porque te quita todo eje de referencia y no tienes ningún colchón para soportar ese peso doloroso tan humillante y tan agobiante que sientes sobre la espalda.
Estás totalmente a la deriva inmerso en un mar de vacío en donde no hay referencias ni agarraderas y por eso esa sensación fría y quemante de la adrenalina y el cortisol te obstaculizan toda claridad y toda capacidad de maniobra.
No sabes qué hacer.
Y cuando en la vida no se sabe qué hacer en un momento concreto la mente viaja por los escenarios más tormentosos y por los pasajes imaginarios más crueles y más cruentos que no se le desean absolutamente a nadie.
Por Víctor Manuel Del Real Muñoz




