Le llamo despojo cultural del fútbol a todo el ánimo de ver en este deporte todo resquicio y todo simbolismo de negocio por encima de la capacidad lúdica y de la capacidad de divertimento y de espectacularidad y de arte que tiene este deporte.
Vivimos una época en la que el fútbol se convirtió en un espacio de reproducción del capital muy eficiente y en donde el romanticismo artístico y el virtuosismo deportivo plagado de habilidades físicas y de agilidades y destrezas mentales en torno a un balón han quedado relegado a un segundo nivel.
Hay una moda que está impregnada en el mundo del fútbol moderno que es la del tecnicismo derivado de la táctica y de la estrategia y el manejo de tiempos y de ritmos de juego en donde pareciera que, más allá de cuidar la dosificación deportiva y el manejo de un resultado en series que se juegan a dos o más partidos en factor de eliminación, lo que se hace es hacerle el caldo gordo al negocio de las apuestas que seguramente cobran dividendos bastante sustanciosos y bastante jugosos con el manejo de los ciclos de un partido.
En los últimos años vemos como diferentes clubes de fútbol en momentos específicos de un partido en aras de buscar meter gol y generar opciones y generar espectáculo que divierta a la tribuna lo que hacen es como una especie de dinámica de especulación de tiempos y de manejo de esfuerzos que da pie a pensar que hay un negocio oculto que juega con esos tiempos en donde no hay una convicción de ataque y en donde el fútbol carece de emociones, visto esto desde una sensibilidad romántica de lo que el fútbol empezó a ser como espectáculo y como circo para las masas.
Ver un partido de fútbol por la televisión es algo parecido a aventarte una jornada de televisión de promocional comercial como lo que ocurre en los canales públicos en la medianoche y en la madrugada, en donde al no haber programación hay jornadas largas de anuncios y ventas, y es que prácticamente hoy los partidos de fútbol lucen con esa narrativa de tener anuncios por doquier.
Las camisetas de fútbol, además de tener un objetivo de enganche comercial de hacer lucir un cuerpo atlético y de ser utilizado como una ropa deportiva como un aspecto más de consumo, hoy son parte de un homenaje visual a las marcas y a las economías multinacionales que tanto daño causa en las economías de los países rezagados y en los medios ambientes locales, y que son parte del círculo vicioso de acumulación de capital en el que se mueve la Industria del fútbol.
Hoy en el fútbol se habla menos de virtudes artísticas y de agilidades y de habilidades y de inteligencia, y se habla más de merchandising y se habla más de ver al fútbol como una industria y se habla más de ver las posibilidades concretas de comercialización que tiene este deporte en la televisión y en torno a los derechos de transmisión y en torno a la explotación comercial que este deporte puede tener en un partido profesional dentro de un estadio profesional.
Ya pasó la época en que incluso muchos futbolistas tenían una visión del mundo y un sentido cultural de comprensión de la realidad inmediata que tenían enfrente, y es que hoy los futbolistas se han convertido en unos agentes mercenarios de ventas y en unos promotores comerciales y en unos atletas que también fungen como modelos de musculosas y de ropa deportiva y de diversas marcas que rodean el espectro de acumulación de capital de los clubes de fútbol en donde se desenvuelven como futbolistas profesionales.
Lo caro de las entradas para la próxima Copa del Mundo de Estados Unidos y Canadá y México, en una franca lejanía de las condiciones de vida de las masas obreras, revela como hoy por sobre el fútbol reina una visión cabal de negocio por encima de toda sapiencia e inteligencia y visión cultural deportiva y social.
El fútbol, como casi todo, ha sido robado.
Por Víctor Manuel Del Real Muñoz




