Me siento mareado, como si la presión se me hubiera bajado de golpe. Mis brazos hormiguean y la vista se me nubla un poco, al mismo tiempo que, mi respiración se siente muy pesada; aun así, hay que moverse de aquí e ir a comer. Salgo del metro buscando algún puesto de algo rápido, que me saque de esta desconexión que comienzo a sentir de mi mente y cuerpo. Un puesto de tacos de canasta aparece como oasis en medio del movimiento citadino fuera del metro.
Como si fuese un zombie, sin pensar, pido los tacos y empiezo a comer. Mi mente peleando entre los sabores y el picor de la salsa mezclados con el pensamiento de los niños ¿Habrá sido coincidencia o realmente fueron los que iban con Don Ángel? Sé que por mucho que quiera bloquear este pensamiento, me seguirá por algunos días sin cesar, pero ya que regresé a casa, quizás, pueda averiguar un poco sobre lo que pasó y así calmar mi mente.
Estos días en la ciudad aprovecho para distraerme con mis pendientes: tramites, visitas sociales y un poco de trabajo. Poco a poco voy olvidando aquel incidente del metro, hasta que llega el día en el que hay que tomar el autobús de regreso; no soy muy fan de viajar los lunes, pero prefiero regresar a empezar la semana de trabajo en casa.
Al llegar a la casa, todo está en completo orden. No hay ninguna novedad, ni en el interior ni en el jardín, lo cual siempre es un alivio de saber que nada ha sido vandalizado, y aprovechando la hora, salí a imprimir documentos a la calle de atrás, para ocupar el resto de la tarde.
Afortunadamente, no llevaba prisa, porque al llegar a la papelería, había una fila de varias personas esperando a ser atendidos. Sí, seguramente son las tareas escolares de los niños al día siguiente, pero que más remedio que formarse y esperar, me quedo atrás de una señora que iba con su niña aun con uniforme, mientras me recargo en la pared.
A un ritmo lento, la fila se va desahogando, la gente va agarrando camino con sus respectivos críos, avanzando sobre esta tarde soleada. Solo quedan 3 personas más para llegar al mostrador.
De nuevo reafirmo que no hay coincidencias en esta vida y cada día lo compruebo más. Mi mirada estaba viendo hacia el frente de la fila y al fondo de la calle, cuando de repente, veo una silueta conocida que va dando la vuelta en la esquina donde me encontraba. Don Ángel con sus ropas malolientes y desgastadas se acercaba lentamente, sin maleta ni pelotas, solo a un paso desganado y mirada al frente. Creo que, sí me vio, y ahora yo no sabía que debía hacer, ¿lo confrontaba? ¿Lo detenía? Sentí mi sangre acelerarse y mi cabeza calentarse, el recuerdo de ese día en el metro se volvió más vivido a cada paso que daba y mi respiración se agitaba poco a poco.
Solo quedaban unos cuantos metros para llegar al predio de la papelería, cuando note que su mirada que antes iba al frente, se desvió hacia la mía. No sé si hubo una pequeña sonrisa al verme o quizás solo una mueca de satisfacción, caminaba cual depredador encontrando a su presa. Yo no tenía miedo, y solo por precaución metí la mano a mi bolsillo donde siempre cargo la navaja multiusos que nunca deja mi pantalón.
Fue en ese momento, que llegaron 2 camionetas estacionándose bruscamente frente al local. Ángel se quedó parado como si algo lo hubiera paralizado. De la primera camioneta bajaron 2 hombres con trajes grises, uno calvo y otro canoso, ambos con lentes obscuros, e inmediatamente se dirigieron a la segunda camioneta a abrir la puerta trasera. Al abrir la misma, descendió un hombre de cabello relamido de los lados, medio canoso, de quijada cuadrada y ojos pequeños, venia de traje y también con cara de pocos amigos, y enseguida bajó, se dirigió sin titubear con Ángel.
– ¿Dónde estabas hijo de la chingada? ¿Qué crees que voy a estarte viniendo a buscar cada que te desaparezcas? – le decía al mismo tiempo que le pegaba en la cabeza.
Ángel bajo la cabeza sin mirarlo a los ojos y respondió:
– Estaba trabajando en su encargo licenciado, ya está, solo que no había podido avisarle.
El hombre de traje se le acerco, tanto que Ángel no tenía espacio ni para respirar.
– Mas te vale cabrón, ya sabes que conmigo no vas a estar jugando. Te quiero en la noche listo y temprano. No me vayas a fallar que esto es importante, y ahora si los quiero limpios, no como el último par que estaban todos mugrosos.
– Si señor, usted no se preocupe que ahí estaré – contesto Ángel mientras daba un paso hacia atrás y con la cabeza aun abajo.
– Pues ya llégale de aquí que tenemos cosas que hacer. A chingar a su madre perro.
Ángel se dio la media vuelta y se retiró más rápido de lo que llego, todos los que estábamos en la fila nos quedamos callados sin decir nada, hasta que uno de los acompañantes se acercó al mostrador y le dijo a la encargada:
- Sáqueme 2 copias de estos documentos doña, que llevamos prisa, ya sabe que es asunto oficial.
La señora que estaba hasta adelante solo bajo la mirada y dejó que aquel tipo sacara sus copias, aunque no se hubiese formado. Al entregarle las copias, todos se subieron a sus respectivas camionetas y se fueron de ahí. Al momento que pasaron a un lado mío, noté que adentro venían al menos 5 sujetos más de los que se habían bajado.
No sabía si sentir alegría al ver que alguien había tratado mal a Ángel o, si quizás, fuera alguien peor. El licenciado en cuestión no me daba para nada buena espina, y dejaba mucho que desear, así haya sido solo grosero con Ángel.
Llegué por fin al mostrador a imprimir mis archivos. La señora de la papelería siempre atenta y con una sonrisa me recibió mi memoria muy amable, aunque me moría de ganas de preguntarle sobre el incidente, no dije nada, solo imprimí y me retiré en cuanto me entrego mis hojas.
Ya en la noche, mi cama me esperaba después de varios días ausente de mi casa. Cené ligero y dejé listos mis pendientes en la mesa para el día siguiente. Prendí la tv para escuchar las noticias, pero vi de reojo dentro de la casa unos cambios de luz en la sala. Me acerqué y vi que otro foco estaba fallando. Apagué la luz y fui por uno de los focos que me había vendido el niño. Después de cambiarlo y al prender de nuevo la luz, sentí un ligero escalofrió en la parte de la nuca, no sé si fue el recuerdo de ese niño o algo más. En ese momento deje de escuchar la pantalla y fui a la recamara, ¡Estaba apagada!
Tomé el control remoto para encenderla nuevamente y el sonido del timbre de la casa me sorprendió y me hizo brincar.
Me dirigí a asomarme por la ventana a ver quién tocaba a esta hora, no negaré que mi mente se imaginó de nuevo a ese niño tocando una vez más para venderme algo, pero no, era Genaro el vecino de al lado, abrí la puerta y ahí estaba, con cara de emoción y preocupación al mismo tiempo.
- ¿Vecino cómo estás? ¿Andas ocupado?
Sin pensarlo respondí – No, para nada, ¿Qué pasó Genaro?
- Acompáñame a la azotea, para que veas algo – Respondió.
Cerré la puerta y reja de mi casa y lo acompañé, ya tenía una escalera lista para subir y solo se metió a su casa por un par de binoculares.
- Ven a ver las mamadas que estos weyes están haciendo – Me decía mientras acomodaba la escalera y sacaba una cajetilla de cigarros, de los cuales prendió uno y me invitó.
Subimos por la escalera y en la azotea tenía un par de cervezas y otras cuantas vacías, podía notar en su aliento, que ya tenía un rato tomando. Nos sentamos ahí y me paso los binoculares.
- Ve hacia la azotea del edificio de la tienda – me dijo
Con los binoculares en mano dirigí la mirada hacia el punto que me había señalado, y me quedé observando, en la azotea que estaba el dueño de la tienda, su esposa, sus niños y un par de mujeres más, una de las mujeres estaba cubierta con una manta y la otra tenía unas hierbas en la mano, todo mientras discutían al parecer con el dueño de la tienda. Vi que había un resplandor como de una fogata o algo parecido cerca de ellos.
Genaro continuó – Estos weyes hacen rituales satánicos en las noches, yo los he visto un par de veces. Se quedan ahí un buen rato, siempre están con sus hijos y esas dos viejas ahí, yo creo que por eso les va bien.
Se me hacia una suposición muy aventurada la que decía Genaro, tomé una cerveza y la abrí para tomármela.
Así estuvimos unos minutos tomando cerveza, fumando y viendo que pasaba en la azotea, hasta que Genaro me dijo – Agáchate que ahí vienen los demás.
Vimos cómo sobre la calle iba llegando la misma camioneta que en la tarde había visto, se estacionó frente al edificio y de nuevo bajaron los 2 hombres de traje gris y el licenciado, solo que esta vez ya venía cambiado. Traía un traje de tipo indígena y una bolsa en las manos. Ya abajo, sacó su teléfono y comenzó a marcar insistentemente varias veces. Nosotros solo observábamos como llamaba, colgaba y seguía marcando, agachados para que no nos vieran.
Por la calle, venía a lo lejos caminando rápido una silueta familiar: Ángel, cargando una bolsa negra de basura en la espalda. Al verlo el licenciado, guardó su teléfono y solo espero a que llegara, ya más cerca el licenciado se acercó a él y solo escuchamos algo parecido a un reclamo. Al llegar Ángel, los 4 se dirigieron a la entrada del edificio y entraron.
- Ese que se bajó de la camioneta ¿quién es? – le pregunté
Genaro, dándole un trago a su cerveza respondió:
- Ese wey es el licenciado Salvador, en un politiquillo que trabaja en el gobierno y es un hijo de puta. Yo, alguna vez, me lo topé en una junta de transportistas y los compañeros me decían que ya lo han demandado por acoso y estafa, pero el wey siempre se ha salido con la suya, tiene una hija pequeña y en reuniones siempre anda el, su hija y su mamá. Quiere dar imagen de que es una buena persona, pero hasta de violación lo han acusado, y dicen que hasta desaparece gente que se mete con él.
Sacó su celular. Me enseñó fotos de sus mítines políticos y sus redes sociales.
- Ni se parece, aquí en las fotos se ve más joven – le dije
Genaro soltó una carcajada y dijo – Es porque el wey usa filtros para verse más chingón según él.
No pude evitar el reírme de ese comentario, cuando me señalo de nuevo hacia la azotea, donde ya se veían los 4 tipos con la familia del tendero y las otras mujeres. Alcé los binoculares para ver mas de cerca. Vi como se saludaban todos los presentes, los niños jugaban, los adultos intercambiaban palabras y Ángel comenzó a sacar de la bolsa algo extraño. Al ver con un poco de atención, vi que sacaba un par de muñecas de tamaño de un niño pequeño, una con vestido como de quinceañera y la otra vestida con un traje tradicional, se las entrego a la mujer de las hierbas, y esta comenzó a quemar las hierbas que traía en las manos. Entregó una muñeca a la otra mujer y, la otra, al licenciado Salvador. Todos comenzaron a acomodarse en una especie de circulo, y levantaron las manos hacia el cielo, como en una especie de plegaria. La mujer de las hierbas empezó a caminar alrededor de todos e iba pasando las hierbas y el humo alrededor, se detuvo especialmente en las muñecas que traían aquellos dos, y parecía que mientras caminaba iba diciendo algún tipo de oración.
Después de unos minutos todos se quedaron inmóviles. El licenciado y la otra mujer se acercaron al fuego, y la mujer de las hierbas, sacó un par de cuerdas en forma de horca y las puso alrededor del cuello de las muñecas. Mientras, Ángel, se acercaba con un frasco que, sí podría decir, que parecía sangre y comenzó a derramarlo sobre la cabeza de estas, hasta cubrirlas completamente y dejándolas teñidas en rojo. Noté que cada que caía ese liquido en el fuego, se escuchaba como tronaba algo en la fogata y salían chispas de la misma. Ángel, se retiró con el frasco vacío, mientras la otra mujer, se acercaba con una tela morada y las comenzaba a cubrir con la misma. Las terminó de envolver y sacó un lazo negro para terminar de amarrarlas. En cuanto acabó, sacó algo parecido a un par de fotos y las pegó con cinta en cada uno de los paquetes, mismos que, entregó a Ángel y volvió a guardar en esa bolsa negra. Todos se quedaron inmóviles mientras la mujer de nuevo caminaba alrededor de ellos diciendo lo que creo era una oración.
Volteé a ver a Genaro y, solo lo vi, con la cabeza abajo, no sabia si con cara de sueño o ya muy borracho, pero parecía que en unos minutos había perdido ese entusiasmo de cuando me dijo lo de los filtros en las fotos.
- Genaro, ¿estas despierto? Le dije mientras lo movía del hombro.
El solo asintió con la cabeza y recogió la cerveza y comenzó a bajar por la escalera tambaleándose, por un momento pensé que se caería, pero, termino de bajar bien, sin decir nada más hice lo mismo, y al llegar abajo solo vi que me hizo una señal de despedida y se metió a su casa.
Metí la escalera a mi casa, ya que lo vi sin intención de recogerla. Con binoculares en el cuello me metí a mi casa, cerré de nuevo bien con llave y dejé los binoculares en la mesa. Me senté a procesar lo que había visto en silencio, cuando volvió a sonar el timbre. Me asomé y era de nuevo Genaro, al abrirle me dio una cerveza cerrada y con la mirada perdida solo me dijo:
- Pinche ironía que el victimario se llame Salvador.
Tomé la cerveza y se dio la media vuelta tambaleándose y se metió a su casa de nuevo.
Cerré muy bien, eche llave a todos los cerrojos y me fui a la recamara a acostarme. Tenía la pantalla a volumen bajo. Sin ponerle atención, pude escuchar que Genaro eligió la canción que siempre ponía, aquella de dolor y mal de amores. Me quedé en silencio, solo pensando durante un buen rato, hasta que la música cesó. Eran pasadas la 1 de la mañana, sin darme cuenta, todo en silencio y las noticias repitiéndose en la pantalla. Apagué las luces y me acomodé para dormir. Estaba ya conciliando el sueño cuando se escuchó cerca de mi ventana unos niños jugando, pasaron a un lado corriendo y se escuchaban alegres, pero no me asomé, solo me quedé pensando quienes serian. Se dejaron de escuchar, pero en ese mismo momento a lo lejos comenzó otro sonido a hacerse presente. El ruido de las ruedas de la maleta de Ángel . . .
Se acercaba por mi calle lentamente como siempre, inmóvil en la cama escuchaba como el ruido se hacia mas y mas cercano, hasta que pasó frente a la ventana. No me moví, creo que casi ni respire ni parpadee, solo esperé a que pasara y ver si se detenía como anteriormente pasó, pero no, siguió de frente su camino hasta que de nuevo dejó de escucharse.
Esta noche tuve muchas pesadillas, relacionadas con los niños y con visiones bizarras, me desperté un par de veces sudando y nervioso, hasta que por fin como a las 6 de la mañana pude dormir mas tranquilo, pero el sueño no duro mucho, a las 8 de la mañana me desperté por ruidos y voces fuera de la casa.
Me asomé por la ventana. Había estacionadas 3 patrullas y varios policías bajando hacia mi calle . . .
Josh Nébula
__________________________________________________________
Mexicano de nacimiento, musico profesional con más de 30 años de carrera, con estudios en el INBAL, Conaculta y Fonoteca Nacional. Principalmente involucrado en el rock original con varios discos grabados, también ha hecho participaciones en música par teatro, comerciales, cortometrajes y educación musical infantil. Cuenta, además, con estudios a nivel amateur en cine, tanto particulares como en el CENART. Apasionado cinéfilo y fanático de la gastronomía
Twitter @joshnebula www.facbook.com/joshnebula




