Los huérfanos (Segunda parte)

Leo caminó hasta su casa. Por la noche, sumido en una mezcla de ira y miedo, bloqueó a Ana de su celular; no soportaba el peso de su fantasma. Nunca creyó terminar así, como apestados, pero era inevitable. No intuyó en los albores idílicos de la relación que según la magnitud del amor es la magnitud del duelo. La noche se presentaba con olor a muerte; su muerte. Se veía al espejo como un cadáver por el que fluye el castigo de la vida. Por fin entendió la popular expresión “estar muerto en vida”. Durmió dos horas y algunos minutos. Estaba muy cansado, pero al mismo tiempo, estaba en guardia permanente, porque su mente observaba peligro en las miles de variables circundantes a su humanidad. Y así transcurrió, denso, el tiempo. Luego de una semana, al hacer el recuento de daños, le pareció que fueron demasiados los momentos en los que sintió que no podía respirar, en los que llegó a pensar que su vida estaba realmente en peligro. Tanta era su preocupación, que le pasó por la cabeza el haber perdido la cordura para siempre. No podía comprender por qué Ana lo abandonó si él le dio hasta el aire que respiraba, y las mismas preguntas habitaban su memoria en una órbita de movimiento infinito: ¿acaso no se habían jurado amor eterno al perder juntos su inocencia virginal? ¿acaso no fantaseaban con algún día formar una familia mientras se veían a los ojos en su desnudez furtiva? ¿acaso no habían hablado de visitar a los padres de Ana para que por fin tuviera un acercamiento? La respuesta era “sí” a todo, aunque, por momentos ya no estaba seguro, su memoria contaminada de dolor lo podría estar engañando; su asfixiante presente –turbio como mis propias aguas, nebuloso en los márgenes de sus recuerdos como mis propios márgenes– lo tenía en una espiral sin fin, y fue ahí cuando sucedió: caminaba cerca de mí creyendo en la liviandad del aire y en la frescura perenne de los árboles, pero no contaba con la lluvia de recuerdos con ella, sobre todo de aquellos primeros momentos donde la armonía de mis aguas y mis pastos realizaron las tareas de cupido. Así, sin darse cuenta de sus confesiones involuntarias, de sus detallados recuerdos vertidos en mi masa líquida mediante el vientecillo que se entrelazaba con su aliento y sus exhalaciones, de la manera en que su confusión iba adquiriendo el volumen de una masa en incontrolable crecimiento, sintió que el corazón se le salía del pecho, que jamás iba a detener su marcha frenética, que un líquido helado corría por sus venas, poniendo rígidos todos los músculos a su paso; sintió verdadero terror y… se desplomó, rebotando sin misericordia, su mejilla sobre el tartán. Luego de algunos minutos, su cuerpo, aparentemente inerte, volvió a la vida. Un señor genuinamente preocupado fue el encargado de reanimarlo, de recordarle las ideas de tiempo, lugar, propósito e identidad que ubican en el concierto de la vida a cuantos seres humanos he conocido. Al reanimarse y, de manera testaruda, abandonar por su propio pie el parque, comprendió que jamás podría continuar solo, que necesitaba ayuda urgente.

En casa, su madre sabía que, desde hacía días, algo no andaba bien, y no dudó en apoyarlo de manera inmediata cuando por fin Leo lo solicitó. Desde luego, jamás le confesó el origen de sus males, se los guardó para dos sesiones de agobiante terapia. Todo lo que alcanzó a comprender tras las observaciones del flemático especialista fue la posible colisión de dos heridas infantiles: la ausencia de su padre por un lado; por el otro, la de los padres de Ana. Además, tenía frente a él un reto inmenso, tan grande que parecía imposible: encarar a su soledad, verla a los ojos, desentrañarla, derrotarla al fin. A pesar de alivios momentáneos y efímeros luego de cada sesión, su sensación de desesperación no cedía, y veía eternos los días que deberían evaporarse para llegar a la tercera. Empezó a tener miedo de su sufrimiento, empezó a preguntarse si de verdad algún día desaparecería. Su cabeza estaba fuera de control, sus pensamientos no se asentaban; se encontraban revoloteando en una lucha permanente, unos contra otros. Evidentemente, su cerebro presentaba un desbalance absoluto, pero él no podía saberlo, tan solo tenía 17 años.

Leo comenzó a tener problemas de apetito, apenas probaba los alimentos. Sus largas noches persistieron, con mañanas que lo angustiaban porque siempre eran puntuales. Varias veces escuchó alarmado el canto de las primeras aves, y su cuerpo derrotado solo atinaba a sudar frío, a ponerse rígido, mientras que su mente lo amenazaba con perder la razón en torno a la idea de su propia muerte. Inevitablemente, los momentos diurnos fueron empleados para dormir un poco, y la oscuridad aciaga, sin tregua alguna, para luchar contra el fantasma de Ana. Faltaba un día para volver a terapia, y el destino quiso que el joven tomara del librero que había dejado su padre, como único vestigio de su existencia, los Relatos de Stendhal. Lo atrapó esa noche la historia de “Los Cenci”. Él jamás supo que se trataba de una historia real. Le conmovió profundamente lo que pasó entre Beatriz y su padre, y cómo, en medio de la desesperación e impotencia, ella terminó planeando su asesinato sin medir las terribles consecuencias. La muerte, sí, la de su padre y la de ella, fue la libertad que la chica buscaba. Beatriz pervivió como víctima de una sociedad enferma, siendo recordada hasta ahora. ¿Acaso no era él también una víctima? pensó Leo, sintiendo que por fin tenía claridad en su mente. Fue entonces cuando nació la idea de matar a Jaime. El caldo de cultivo ya estaba ahí, solo faltaba un disparador, y como sucede en la vida de los hombres, este resultó la fortuna, o mejor dicho, la mala fortuna de elegir un libro viejo y deshojado, editado más de cincuenta años atrás, en cuyas páginas conmovía la idea de venganza e incluso se disfrutaba con complicidad. 

¿Cómo sabría quién era aquel hombre que había roto su vida? Pensó en revisar las redes de Ana, pero ya no tenía acceso, incluso ahí se había vuelto un extraño. Entonces intentó, desesperadamente, buscar alguna aplicación que pudiera espiar su WhatsApp, pero se dio cuenta de que era imposible. ¿Debería esperar afuera de su casa, guarecido en la oscuridad, y soportar a la distancia los nuevos besos de despedida? De solo pensarlo sintió una daga en el pecho, experimentó un malestar que recorría cada poro de su piel hasta revolverle el estómago. Entonces pensó –desde un subconsciente policiaco alimentado por los contenidos decadentes de su celular– en su red personal. Había varias amistades en común, existían varias orejas y bocas que podrían aportar la información necesaria. Y así sucedió. No fue difícil que la ávida Fernanda contara con detalle todo lo que sabía de primera mano. Ella había estado el día en que se conocieron. Ella atestiguó el cambio de tono en las conversaciones posteriores e, incluso, algunos aspectos personales del nuevo galán. Entre tanta basura lastimera que le hubiera gustado no saber jamás, Leo encontró las pepitas de oro que tanto buscaba:  era alto, delgado, blanco, con cabello castaño y quebrado que caía en caireles a la altura de sus orejas, practicaba deportes, y todos los días, a las 6:00 a.m. iba a trotar, en la soledad del alba, a La Encantada. Fernanda, en su discurso, destacó un aspecto: llevaba audífonos blancos a la nuca, según había presumido el propio chico en una conversación fanfarrona, enfatizando la soledad del parque y el tesoro de que nadie lo molestara. Al escuchar esto, el corazón de Leo se aceleró nervioso, emocionado. Pensó que justo la mesa estaba puesta, que por fin era real su plan, pero la emoción estaba compuesta también de un profundo temor; sin embargo, se encontraba convencido en la solución a lo que creía el origen de sus insufribles males.

Desconocía que en sus abismos vivía el recuerdo de su padre, que habitaba la escena de su despedida para siempre, de la violencia con que todo había sucedido, de su madre llorando, de la sensación de impotencia y terror que guardaba su yo niño; ignoraba que a partir de ese día, tomó de la mano a la soledad, cual sombra que cohabita con la luz para esperar su descuido y robarle para siempre lo que le pertenece por designio sagrado. Ese temor revuelto y contaminado entre sus emociones era el proceso de marchitamiento de la luz, agonizante, implorante de verdad. Ese temor era la parte humana que aún vivía en él, que intentaba unirlo a los instantes hermosos de su corta vida, cuando sus ojos aún eran faros en la mar embravecida de este mundo.

Habían pasado algunos días y Leo, obsesionado con sus macabros planes, ignoró los mensajes de su terapeuta, quien, extrañado por la ausencia del paciente a la última sesión, buscaba una explicación creíble a través de todas esas preguntas y comentarios que le envió y que el silencio terminó por difuminar en el tiempo. Era lunes, cinco menos diez de la mañana. El chico vivió una noche en vela, deslizando sin cesar, cual reflejo de su mente desbocada, los dedos sobre la pantalla del celular, buscando información relativa a las heridas mortales en el cuerpo humano. Pensó en la manera de no ser visto, en la mejor arma, el lugar indicado, la situación más favorable para la huida; incluso caviló en el escenario de ser aprehendido. ¿Soportaría el encierro en una celda? ¿Soportaría el momento posterior a los estertores de una vida, a la aparición burbujeante de la muerte vestida de carmesí? Pero había una pregunta que pesaba más: ¿podría soportar este dolor que no lo dejaba en paz, que se había apoderado de su ser como un demonio bíblico? La adrenalina se había adueñado de su cuerpo, su calvario era el único acicate.

El dolor incesante, el miedo, la tensión, el cansancio y su química cerebral revuelta lo arrastraron hasta la cocina. Necesitaba un cuchillo largo, firme, manejable. Encontró uno fileteador de veinticuatro centímetros, con mango ergonómico. Al tenerlo entre sus manos, con el corazón latiendo desbordadamente, sintió que no había vuelta atrás. Regresó a hurtadillas a su habitación, guardó el arma blanca en su oscura mochila. La prisa ahora se comunicaba mediante la tensión de sus músculos. Debía buscar ropa adecuada, la que más hermanara con las sombras. Encontró su pants azul marino y la sudadera café chocolate con gorro. Eran las cinco y veintisiete cuando salió de casa llevado a su destino por dos piernas que conocían la ruta, pero que nunca habían vivido una hipertonía. Solo pensaba en Ana y al hacerlo le dolían las sinapsis neuronales. Su respiración permanecía más agitada de lo normal.

En cuanto bajó la escalinata del parque, pude reconocerlo. Sus pensamientos y recuerdos inmediatos se vertieron en mis aguas como lava que cubre un bosque. Yo sabía que la vida, nuevamente, pendía de un hilo, y que, como tributo ante todas las sonrisas y alegrías recibidas como obsequio del tiempo, debería presenciar el oscuro dolor de los ausentes. Eran las seis con trece minutos. Jaime llevaba justo una vuelta y media en el circuito. Se trataba de un chico con ambiciones profesionales legítimas, con un amor propio inseguro y un pasado dentro de un hogar con serias frustraciones sociales. Él era la esperanza, y él debía tenerlo todo, acceder a mundos que nadie de su estirpe imaginó. Entre la perfección exigida por nadie concretamente, pero impulsada por su lastimada inconciencia, estaba un cuerpo sano. Y en esta construcción narcisista de sí mismo, tenía entre sus trofeos a Ana, la niña con ojos de cachorro y sonrisa de coctel espejo en sus delirantes fantasías. El joven vivía su gran momento, su caminata en el Olimpo.

Leo esperó pacientemente en la pequeña explanada de yoga, donde gozaba de una vista panorámica inmejorable para darse cuenta de la gente presente en el parque. La luz aún no era favorable, era ese momento en el que el halo amarillo-anaranjado de los faroles a lo largo de la pista se mezcla confusamente con la promesa del sol. Ya se escuchaban por doquier los trinos de los pájaros que anunciaban la inminente presencia del astro rey. Enseguida se percató de la caminata de una señora obesa en un tramo sinuoso a su lado derecho. Su paso era pesado, y ante la complicidad del alumbrado, se perdió en una curva tapizada de árboles, en dirección a las vías del trenecito. Lo hizo con la lentitud de un mundo que quedó enterrado décadas atrás. Pasaron varios segundos, y del lado izquierdo apareció Jaime. Estaba seguro de que era él, escuchaba a Fernanda describiéndoselo al oído. El cabello en caireles danzaba al compás del trote, los audífonos blancos coronaban el espigado cuerpo. No había nadie más en el parque, solo el cuidador de la puerta y un jardinero que se había metido al área de juegos infantiles algunos instantes antes. Qué confusa sensación: la frescura de la mañana, el hipnótico canto de los pájaros, la tensión en los músculos, la adrenalina a tope y, mezclándose con todo esto, el olor a muerte.

El chico calculó que la señora estaría en la recta que conduce a la entrada del zoológico, en algún punto del tramo donde descansan los pequeños locales de comida. En su delirio, encontró como solución al trastabillante diseño de su siniestro plan, precisamente, el sinuoso tramo donde la mujer se perdió de vista los instantes previos. Había pensado en varios lugares hipotéticos horas antes, pero una vez ahí, sintió que donde se encontraría menos expuesto, si es que verdaderamente no había nadie más, sería ahí, en esa orilla de mi manto olivo-espejo. Su cercanía con la entrada del parque y, al mismo tiempo, su posición oculta con respecto a ella, lo colmaron de valor. Sentía que debía protegerse de quien viniera llegando, no de quien ya disfrutaba del parque. Si había alguien más –razonó–, estaría a una distancia considerable y, seguramente, cabalgando con parsimonia en su propio mundo interior. Así esperó a que Jaime trotara metros atrás, desplazando su humanidad rumbo al sitio elegido, y en cuanto consideró que su conducta no sería sospechosa, lo siguió. El hombre llevaba un ritmo semilento, relajado, perdido en una ola de endorfinas. Por su parte, Leo, con su juventud y previo estado de reposo, no tuvo problema en acortar distancia y esperar el momento indicado. La mochila colgaba de su pecho, no de su espalda, así le sería más fácil empuñar el cuchillo. Bajaron hacia la curva donde era el último punto visible desde la explanada de yoga, luego se internaron en una pequeña recta que desciende frente a la pista de patinaje, que se encontraba inmersa en su somnolienta soledad. La luz de los faroles dejaba de ser amarilla y el ambiente se tornaba de un gris matutino.

Pasaron el primer farol y continuaron a ritmo entre el letrero de madera que señala la dirección del embarcadero y el zoológico y el segundo farol, erguido a la derecha, entre una corte de eucaliptos y cipreses. Leo ya llevaba su mano diestra dentro de la mochila, en la empuñadura del cuchillo, concentrado en su aproximación, recordando lo que había investigado horas antes. Cuando iban a llegar al tercer farol –ubicado, esta vez, a la izquierda, cercano al declive de césped que acaricia mis aguas mansas a esa hora– el adolescente aceleró el paso, y aprovechando la protección de un huizache y un pirul, sacó rápidamente el cuchillo, giró su muñeca hacia afuera, apuntando el cuchillo en posición oblicua, e hizo un movimiento descendente por encima de su cabeza. La hoja de acero penetró la piel, raspó una vértebra y se deslizó por el impulso hacia el pulmón derecho. Jaime cayó inmediatamente. Jadeando, intentó girarse, pero una segunda estocada se introdujo profundamente entre el omóplato izquierdo y la columna, astillando una costilla y, finalmente, traspasando el corazón. Sin saberlo, Leo, en una especie de trance liberador, henchido de un violento deseo, apuñaló trece veces más la espalda del hombre que yacía, inerte, boca abajo sobre la pista, con los blancos audífonos desacomodados sobre su nuca, salpicados de diminutas manchas escarlatas. La espalda entera del joven hombre se humedeció al instante. Su vida se había extinguido sin previo aviso. El drama de su propia existencia culminó de una manera grotesca, sin sentido aparente. Leo se incorporó inmerso en el frenesí; acto seguido, lanzó el cuchillo lo más lejos que pudo y, al instante, el arma homicida se ocultó entre mis aguas, hundiéndose hasta quedar oculta en el cieno. La sangre de Jaime en el cuchillo era tibia al diluirse en mi cuerpo flexible, y su dolor se hizo mi dolor al instante. Vi al chico que se esmeró toda su vida por demostrarle cuánto valía a su propio padre; sentí el cariño cuasi patológico que le procuró su madre en compensación. Nuevamente era testigo del misterio de la muerte y lo efímero de la vida. El acto ocurrió en unos segundos, mientras la existencia prometida en un nuevo día iba cobrando color.

Leo sentía que no podía correr, temblaba sin energía, sus músculos estaban duros, su mente se encontraba ahí y al mismo tiempo volaba lejos, en un lugar donde todos los pensamientos forman una sola masa oscura. La sangre que salpicó su cuerpo quedó oculta en las oscuras telas de su atuendo. La persona de la entrada ni lo volteó a ver. La poca gente que iba llegando no sabía que giraba una ruleta del destino para decidir quién experimentaría de primera mano la sordidez de un asesinato. Cuando el chico ya iba cruzando los puentes peatonales de la avenida Reyes Heroles, Jaime fue descubierto en medio de su baño de sangre por una joven. Sus gritos desbordados inundaron de adrenalina a cuanta persona los escuchó e iniciaron una escalofriante movilización en el parque. Los árboles, el viento, los primeros rayos del sol y yo, todos nos fundimos en una oración como no ocurría hacía tiempo. El curso de la vida nuevamente se había trastocado frente a todos nosotros.

Ese día llegaron peritos de la policía de investigación, el agente del ministerio público, gente del servicio médico forense, reporteros. Supe que en unos momentos la noticia sería un escándalo citadino. Seis horas más tarde, luego de los protocolos consabidos por el rosario de muerte en Zacatecas, la pista, como el día, solo era claridad radiante. La vida seguía, los niños, sus padres, los corredores, todos lidiaban con su propia existencia, suprimiendo, por salud, la enfermedad social que nadie podía negar en esta tierra. La noche llegó y los patos durmieron, mientras los insectos emitían sus cantos ancestrales. Jaime vivía ahora en mí a través de su sangre. Su dolor era el mío, como el de tanta gente que por aquí compartió, sin darse cuenta, su humanidad. No puedo olvidar cómo el rostro de Leo se transformó durante el lamentable hecho. Aquella madrugada no solo asesinó a Jaime, sino también a su niño interior. Cuando huía, estaba perdido, había cercenado su vida. Su alma reflejaba un mar de ensordecedor dolor.

Leo no asistió a la escuela. Su madre, que se despertó con el sonido de la lavadora, al bajar lo vio demacrado, ostentando la pálida coloración de una angustiante vigilia. Con preocupación, procuró que descansara, por ello le subió el desayuno y la comida a su habitación, pero el chico apenas probó alimento. Esperó todo el día a que llegaran por él, con el miedo y la culpa como únicas compañías. Durante un momento perdido de la tarde, recibió una llamada de Martha. La chica le preguntó si se había enterado del funesto evento. Leo fingió sorpresa y preocupación, pidiendo detalles acerca de la información que hasta ahora se conocía; luego comentó que había amanecido enfermo, que se encontraba reposando, desconectado de todo. Lo último que Martha le dijo fue: que te mejores amigo, sabes que te quiero mucho. Gracias por llamar, Martuchis, ojalá mañana pueda ir para vernos. Cámara. Fueron las últimas palabras que Martha escuchó por la bocina.

Por la noche, se sentía roto, vacío, y no solo eso, lo invadía una incesante angustia sobre el futuro cercano. Se percibía como habitado por un fantasma. Había dejado de ser él. En los instantes de mayor desesperación y dolor, pensó varias veces en acabar con su vida, pero no tuvo valor. La noche le era muy pesada, la oscuridad le resultaba aterradora. El silencio de Ana y Fernanda, mejor dicho, su probable estado de shock –pensó en algún momento–, le dieron oportunidad de sufrir el remordimiento ante su propia madre, que completamente desconcertada, jamás estuvo cerca de deducir el origen de la agudización del dolor en su hijo. En su desasosiego, intentó ayudarle a dormir con té de manzanilla, tila y pasiflora, así como con un ungüento relajante con el que masajeó sus muslos, cuello y espalda, pero el chico pasó gran parte de la noche en vela, como lo venía haciendo últimamente. Tenía mucho miedo. No solo el dolor seguía, sino que ahora la imagen de su fin era más nítida y amenazante. Si antes estaba lejos de Ana, ahora se había marchado a una dimensión en la que jamás la volvería a ver.

Eventualmente, casi entrada la mañana, logró dormir, y mientras lo hizo, soñó que se le perdía a su madre siendo un niño. La soledad era máxima. De repente apareció su padre, o al menos eso sintió al ver una humanidad inmensa, y pensó que por fin lo iba a salvar, ahí, entre innumerables extraños que caminaban para todos lados en un andador de un exótico centro comercial, solo que aquel hombre sin rostro no lo reconoció y pasó de largo, dejándolo con su manita extendida. Leo, desesperado, le gritó a sus espaldas, pero el hombre jamás volteó; siguió su paso sin inmutarse hasta desaparecer. El párvulo no dejaba de llorar mientras todos lo observaban desde una atroz indiferencia. La angustia lo llevó a despertar, y una lágrima realmente había rodado desde el canto externo de su ojo hacia la patilla. Al observar el espacio lleno de luz, recordó que estaba en casa y por fin sintió algo de alivio. Era casi el medio día del martes.

A eso de la 1:30 de la tarde, Leonel recibió un mensaje: era uno de sus amigos, y escribía a nombre de los demás. Habían permanecido a la distancia los casi tres semestres que duró su periplo con Ana. A través de terceras personas, ahora sabían que ya no estaban juntos, por eso lo invitaron a reunirse con ellos en mi casa: La Encantada. Le dijeron que llegarían ahí como en una hora. Lo pensó un rato. Tenía temor de que lo aprehendieran, de que finalmente alguien lo reconociera y llamara a la policía, o de encontrarse a Ana o a Fernanda y alguna de ellas lo increpara, frente a todos, con gritos desaforados. Después, en un sentido totalmente opuesto, pensó que no podría esconderse mucho tiempo porque levantaría sospechas, y que si asistía al lugar de los hechos, probablemente nadie pensaría en él como asesino. Entonces se bañó y vistió rápidamente. Colmado de una aprensión que no cedía, bajó a la cocina, se comió una cucharada de crema de cacahuate y se llevó una manzana para el camino. Su madre no estaba, solo había dejado una nota: Leo, te dejé fruta picada en el refri, también hay yogur y unos chilaquiles rojos. Hazte huevo. Llevé a reparar el celular. No tardo. Te amo. 

Mientras caminaba hacia el parque, siguiendo el rastro con olor a sangre que dejó el día anterior, alucinaba que todos eran policías o testigos. Por momentos, su cuerpo temblaba, pero lo disimulaba bastante bien con actitudes aparentemente despreocupadas. Ya en las inmediaciones, evitó bajar por el estacionamiento de la prepa. Aunque la inmensa mayoría del alumnado seguro había regresado a casa, siempre existían los rezagados de su turno que lo último que deseaban era ver la cara de sus neuróticos padres. En un intento por controlar el surgimiento de cualquier eventualidad, se cruzó por el puente peatonal que conecta al INCUFIDEZ con mi morada. Ya tenía un par de mensajes: Si vendrás we?  Luego decía: Estamos tirando weba en el pasto aca después del zoológico, por el teatro al aire libre o como se llame… También recibió otros mensajes inesperados: Leo, por qué no has venido a clase? Viste lo que le pasó a Jaime?… No fuiste tu verdad?… Me siento muy mal… Leo, quisiera hablar contigo… En las letras congeladas dentro de la pequeña pantalla se podía casi palpar la angustia extrema de Fernanda. Esto se reforzaba con la separación temporal de los mensajes, pues entre el tercero, cuarto y quinto transcurrieron varios minutos. Al leer esto, Leo sintió un mayor peso en sus hombros; en su estómago había un hueco liberando partículas incendiarias y sus pulmones parecían algo aturdidos, jalando menos aire de lo normal. Lo único que le quedaba era pensar, entre tumbos e imágenes intrusivas, en un día normal; fingir indolencia absoluta como producto del desconocimiento de cualquier detalle.  Siguió caminando. Conforme agregaba pasos, iba creciendo una sensación de cansancio, de cierto engarrotamiento, parecido al que había experimentado apenas un día atrás. Entró por la pista a la arboleda de la curva, cerca del teatro al aire libre. Apenas se perfiló para descender la pequeña pendiente cuando los vio: estaban los cuatro, a mano izquierda, recostados sobre el césped, mirando algo en las copas de los árboles o tal vez el cielo que se jactaba de su asoleado celeste entre las ramas y verdes hojas que bailaban al compás del viento.

La liviandad del momento le otorgó un pequeño descanso a su alma. Qué maricones se ven, ay sí, vamos a ver el cielo los cuatro, soltó Leo con sarcasmo, parodiando un tono afeminado. Los chicos levantaron sus cabezas y lo vieron ahí de pie, observándolos con una sonrisa genuina, aunque colgada de un cuerpo pálido y delgado. Ven a recostarte güey, tenemos hueva, yo hasta estaba pensando en echarme una jeta y no seguir escuchando las pendejadas de estos güeyes, dijo uno de ellos. Leo se recostó sin saber que yo también padecía su sufrimiento, que en mi ser se había depositado ya su historia reciente en cada detalle, en cada doblez, cima y sima. Hablaron de futbol, del fantástico Gil Mora, del PSG de Luis Enrique, de la lágrima en la que se convirtió el Club Universidad. Divagaron en una discusión sobre rock: si el mejor guitarrista era el más veloz o el más musical, si era Buckethead o era Gilmour, si el rock había muerto y era estándar y parafernalia o si había nuevos himnos escondidos incluso del propio Spotify, amo y señor de la venta de sonido ya de nadie, ironizó otro. Hasta ahí, cada palabra había sido un bálsamo para el perturbado corazón de Leo. Sin embargo, fue inevitable que la corriente del diálogo cayera en la temible cascada: el asesinato. Afortunadamente, ellos no sabían de la relación entre Ana y el occiso, solo transmitieron el chismerío que pululó en la escuela desde el día anterior.

Leo, incómodo, intentó cambiar de tema, trivializando la comidilla en boga con un pobre güey, ya se habían tardado en esta pinche ciudad, después será otra persona, y luego otra… Para su suerte, funcionó, hubo algún: sí, neto, México está lleno de muertos… cerrando el tema al restarle su condición de tétrico escándalo y situarlo dentro de la normalidad violenta de la vida misma en la ciudad y el país. Luego saltaron de una charla picaresca a otra, hasta que llegó, como escrito por el destino o por la razón subyacente que vincula a los hombres, el instante trágico-elegíaco en su caminar lento, y entre bromas, por la pista. Uno de ellos habló de lo verde de mis aguas e ironizó con peces de tres ojos; otro de su poca profundidad, del estancamiento, del aroma a podredumbre; un tercero sobre la posibilidad de nadarlas: ¿alguna vez alguien habrá cruzado esto? Yo creo que se te cae hasta el “pirrín”… y todos rieron. Entonces al que no había hablado se le ocurrió retarlos. Le doy mil varos al que se cruce desde aquí hasta el otro lado, ¿quién jala? ¿o son jotillos? Ni lana tiene, pendejo, contestó alguno en ese tono impersonal con el que se hablan algunos amigos zacatecanos, pero Leo ya lo había decidido: yo me aviento we. No mames Leo… sí, no chingues… no le hagas caso a este pendejo, le dijeron en un intento de disuasión. Mis aguas eran parte de su herida, también el canto vibrante de los árboles, formando una percusión sutil entre el viento y miles de hojas danzantes, coordinadas como en romería, combinado todo ello con el trino de los pájaros que, sin cesar, representaban una orquesta hipnótica, una palabra: destino. La música de la vida era tan solo el fondo de pensamientos intrusivos agolpados detrás de la mirada perdida de Leo. No dejaba de pensar en los besos de Ana aquella primera vez entre los árboles, en el cuerpo inerte de Jaime justo del otro lado de mi manto verde, en la mirada preocupada de su madre, en los mensajes histéricos de Fernanda, en Beatriz Cenci y su martirio, en el abandono de su padre, en el abandono de su padre, sí, era eso, en el abandono de su padre que seguía vivo en su joven cerebro, extendiendo su veneno.

El guiño de mi espejo, y su rostro tambaleante reflejado en él, lo invitaron a probar su suerte. Todavía tocó el agua fría para medir las condiciones y su capacidad de resistencia; fue entonces que se despojó de sus tenis. Ya presto en la orilla, seguían las voces de sus amigos como abejas revoloteando: no chingues, Leo, cómo le haces caso a este güey, ni lana tiene… ¿siquiera sabes nadar, pendejo?… Las voces –lejanísimas para sus pensamientos– vibraban en el viento cuando este se vio cortado por el salto del muchacho, que se hundió y desapareció entre el agua turbia de mi cuerpo; en unos segundos y a unos cuantos metros de la orilla, salió a la superficie y comenzó a nadar torpemente. Entonces los chicos cambiaron su actitud y lo alentaron: ¡Vamos Leo, tú puedes, dale! El adolescente, en su movimiento frenético, se dirigía a la orilla donde un día atrás había tomado la vida de Jaime. Antes de la mitad del camino, su cuerpo empezó a resentir con rigor el esfuerzo: sus pies no empujaban más, sus pantorrillas y muslos se incendiaban, y el alma se había ido de sus brazos, pecho y espalda. A esto se agregaba lo pesado de su ropa, empezando por esos jeans que nunca se quitó. En un momento, Leo empezó a chapotear, ahí en medio, casi en posición vertical. Su instinto le pedía moverse, sus músculos se resistían; su respiración se encontraba agitada, y trabajaba tiempo extra ante la resistencia de mi masa acuosa oprimiendo su pecho. De repente empezó a hundirse y a salir alternadamente, mientras yo penetraba en sus ojos y boca. A lo lejos, en algún punto del parque, un chico trotando con audífonos blancos a la nuca, apreciaba con deleite, aislado en su propio mundo, la voz de Layne Staley, el crudo e introspectivo cantante que repetidas veces escuché con jóvenes heridos: Wake up, young man, it’s time to wake up…

Su visión alternaba entre el verde de mi fluido y la imagen de sus amigos, lejanísimos, de pie en la orilla inalcanzable. Una estampa humedecida y distorsionada a través de las gotas que, como lentes, colgaban de sus pestañas. Los chicos se encontraban a la expectativa, incómodos, invadidos de manera creciente por el temor y la angustia, gritando, animando desde la desesperación. La música continuó su expansión ondulante, dominada por un bajo hipnótico, un espiritual vibráfono y una guitarra cuasi fúnebre, así como la lastimera y potente voz de Staley, imperturbable: Your love affair has got to go for ten long years…

Luego de un par de minutos en los que Leo pareció aferrado a la vida y comprometido con la proeza de cruzarme a nado, pude sentir, célula a célula, cómo el muchacho se fue disociando, fue dejando de luchar conmigo, fue cediendo al cansancio y al dolor, pero no solo al de su cuerpo, sino al de su mente. No recordaba yo haber abrazado a una persona con tanto sufrimiento acumulado. Este joven, este niño en realidad, me enseñó que a veces, para algunos humanos desafortunados, la vida parece un castigo, una prolongación del sufrimiento que inició generaciones atrás esperando que el rosario de dolor y pecado se reventara en cualquier momento por lo más delgado. For all the times you let them bleed you … vibraba en mi ser a través de esa voz estremecedora, mientras el chico citadino, imperturbable, seguía en su trote distante, ensimismado, pensando en su Ana personal…

…comprendí que Leo, en el fondo, ya solo quería descansar, y decidí ayudarlo. Acaricié su cuerpo y me fui metiendo, sin resistencia, a sus pulmones. Fue perdiendo el conocimiento cuando estos instintivamente quisieron jalar aire para sobrevivir.  Lo llevé al fondo lentamente, donde la luz del sol desaparece, donde mi temperatura es más baja. Fuimos compartiendo lo más hondo, oscuro y frío de nuestro espíritu hasta llegar al cieno, y sus piernas lo perforaron y se hundieron… For little peace from God you plead, and beg… la dolorosísima voz cimbraba mis aguas, como si se pudiera escuchar en toda la ciudad, y seguía, en un murmullo amplificado: Slow suicide’s no way to go…

Cuando Leo no apareció más en la superficie, sus amigos huyeron aterrados, salvo uno: el que lanzó la apuesta. Su propio dolor lo hizo sentir tan culpable que esperó a su castigo. En realidad, él no era responsable de nada, era solo un niño también, fue el “juguete” que el destino utilizó para acabar con la desesperación de un chico que ya solo vivía en un suplicio. Los buzos tardaron en sacar el cuerpo casi cuatro horas. La madre del muchacho presenció todo con el dolor de la inexistencia y el nunca jamás en sus pensamientos, con la soledad eterna creciendo en sus entrañas. La noticia fluyó con velocidad. Él era el muerto que seguía, el que había referido horas antes en la charla con sus amigos para eclipsar la noticia del asesinato de Jaime. A las semanas, las autoridades pudieron asociar mediante videos, testimonios y, sobre todo, los tenis de Leo o, más concretamente, la sangre de Jaime en los tenis de Leo, la macabra muerte de ambos jóvenes. Así terminó esta tragedia.

Como ahora puedes imaginar, quienquiera que seas, todas las historias tienen ecos interminables en las noches estrelladas, en mi comunión con el follaje, con la energía de los animales, con los calurosos y radiantes días. Todas las emociones, pensamientos, palabras y acciones traspasan las primaveras y vencen los inviernos, flotando entre las aves del verano y las hojas del otoño. Toda la vitalidad está en mi memoria, en nuestra memoria colectiva. Toda su humanidad está tallada en el concierto de la vida, de equilibrios constantes, de vaivenes incesantes que logran un acomodo sincrónico.

Los humanos son dioses y demonios, no tengo dudas. Su vida fluye desde su espíritu hacia su ambiente y en sentido opuesto. Prodigan paz y dolor, y el mundo, a su vez, los alimenta de paz y dolor. Me he dado cuenta, una y otra vez, de que la maldad en ustedes siempre se aferra al dolor, y el amor está asido, sin trémulas dudas, a la esperanza de paz, al equilibrio en su alma. Esa paz cada vez más fracturada y ese equilibrio cada vez más atípico en sus corazones. La codicia y ambición los atormentan, los dividen, los aíslan. ¿Es acaso la soledad su bien supremo? Veo su epidemia de muerte en vida, o sus trágicas muertes, y no dejan de atormentarme. La muerte nos acompaña siempre como parte inherente de la vida. La muerte, como el invierno, es la esperanza de una primavera que vendrá en un ciclo, pero una muerte sin atisbos de vida es solo desesperación y locura que puede romper, en un desequilibrio completo, a la vida toda; y así extinguirnos para siempre.

La historia de Ana y Leo representa el accidentado mundo de cada vez más hombres y mujeres con almas cercenadas, con la soledad a cuestas. Es el mundo de los huérfanos, pero de aquellos ocultos hasta para sí mismos, de los niños que reciben amor con cuentagotas, que luchan por ser vistos, abrazados, aprobados, bendecidos, protegidos, amados. Los que sufren a padres ensimismados y heridos, huérfanos ellos mismos, que destruyen con una dualidad insalvable de amor y odio, de dulzura y violencia, y en el extremo, de ausencia, a su verdadera herencia en la tierra: a sus propios hijos. El tiempo camina inseguro, como advertencia de una vida que podría terminar por agotarse en la nada. Hay muchos parques, hay muchos lagos, hay muchos amigos, hay muchos Leos y Anas, y en medio de todo, la confusión de una espiral en contradicción permanente. Mientras tanto, las partículas de tiempo habitan en las ondas de mis aguas farragosas.

Mauricio F. Del Real Navarro

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Zacatecas, Zacatecas, 1982. Doctor en Ciencias Sociales por el Colegio de México. Amante del estudio de los fenómenos sociales y su inclusión en el mundo literario. Poeta aficionado.

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