La mayoría de las personas identificamos escenas icónicas del cine, como el acecho del tiburón de una de las obras más famosas de Steven Spielberg, la de la bañera de Psicosis de Alfred Hitchcock, la de Rocky Balboa subiendo las escales del Museo de Arte de Filadelfia, la de la niña del abrigo rojo en la Lista de Schindler (También de Spielberg), o cuando la madre de Reagan se cruza por primera vez con el padre Karras, en la película El Exorcista. En todas hay un elemento que las hace memorables, pero que no está presente directamente en el desarrollo de los hechos, ¿Adivinaron cuál es? Exacto, me refiero a la música.
Antes de los diálogos en el cine, ya existía la música como refuerzo de la narrativa, como ese gancho para introducir a la audiencia a la trama. Es imposible imaginar las escenas descritas en el primer párrafo sin asociarlas a los temas musicales que, me atrevo a decir, las definen, ¿Quién no ubica el ostinato de los violines de la escena de la bañera de Psicosis? De igual manera, las melodías y los sonidos sirven para dar contexto y profundidad a lo que estamos viendo en la pantalla, no solo es un acompañamiento; la música es el narrador invisible de la historia, ¿Se han puesto a pensar en lo absurdas o vacías que serían las escenas sin ese toque sutil? Definitivamente El Exorcista perdería gran parte de su misterio.
Pero nada de esto es nuevo ni exclusivo del cine. Este fenómeno tiene varios años en las artes escénicas, especialmente en la ópera, en la que la música juega un rol esencial, partiendo de que, habitualmente, la obertura es instrumental, con joyas invaluables como la de Carmen (Georges Bizet), La fuerza del destino (Guiseppe Verdi), Las bodasde Fígaro (W.A. Mozart), o el celebérrimo Can-Can del Orfeo en los infiernos.
No obstante, este acompañamiento va más allá para reafirmar el mensaje y llegar a lo más hondo de los seres humanos que son los sentimientos. Así, en la esencia de la ópera, la melodía del cantante se cobija con notas que crean la atmósfera perfecta, como sucede en Una furtiva lagrima, del Elixir de amor, de Donizetti, o Je crois entendre encore, de Los pescadores de perlas, de Bizet.
Hago referencia a esta última aria para conectarla nuevamente con la magia del cine. En la película El Padre —que narra la crudeza de la demencia y el Alzheimer—, protagonizada magistralmente por Anthony Hopkins, el aria suena de forma recurrente en escenas clave; pero no se trata de un simple fondo musical: es la pieza perfecta que transmite el dolor y la melancolía del personaje principal, ¿Por qué?, porque es el reflejo de los recuerdos que se van, pues la letra hace referencia a “creer escuchar todavía”[1] algo que ya no está, como fragmentos o ilusiones. Les recomiendo la película y, por supuesto, el aria.
Con todo lo que he escrito quiero llegar a una conclusión que ya les he adelantado: la música no solo acompaña, es la batuta que dirige a los espectadores, dicta qué deben sentir, miedo, alegría, nostalgia, tristeza, melancolía, básicamente todo el espectro que tenemos el privilegio de disfrutar los seres humanos.
La música también tiene otro objetivo fundamental como narrador invisible, y es presentar a los personajes, lugares u objetos a partir de una idea sonora. A esto se le conoce como leitmotiv (del alemán leiten, que significa guiar, y motiv, que se entiende como motivo). Para que puedan darse una idea, basta con que sepan que cada ocasión que el elemento que representa aparece en escena, su melodía aparece como un sello que lo define y que es adaptable a las circunstancias, ¿A qué me refiero con esto? Bueno, la manera más sencilla que tengo de explicarlo es con dos ejemplos. El primero es uno de los más famosos de la historia del cine: la Marcha Imperial de Darth Vader, un poderoso tema que inmediatamente asociamos con el villano. El segundo, igualmente famoso, y que a cualquiera le vuela la cabeza por su grado de complejidad e ingenio, es el tema de La Comunidad del Anillo, de El Señor de los Anillos.
Ahora, ¿A qué me refiero cuando digo que son adaptables? La respuesta es sencilla, es porque la idea original, la estructura de los sonidos con los que vinculamos a algún elemento, puede tener ligeras modificaciones que se acoplen al contexto; si el tema es alegre, puede tornarse misterioso, triunfal o provocar algo totalmente contrario. Por ejemplo, si el héroe es derrotado, entonces su leitmotiv dejará de ser enérgico para convertirse en un momento reflexivo, pero sin perder el vínculo que nos hace identificarlo instantáneamente, sin que sea necesaria su aparición física.
Como todo, este aspecto también ha evolucionado. Además de los motivos, también se usan temas que generan un ambiente que rodea la escena sin vincularse directamente a un elemento. Cumple con el objetivo de generar emociones y sentimientos, pero asociado al contexto general, no solo a una figura específica. Esto funciona muy bien en películas de ciencia ficción, de terror o de acción (como las de súper héroes).
Una función adicional de la música en las artes escénicas es que, además de narrar una historia o evocar un elemento con sonido, también se convierte en un metrónomo que marca el ritmo físico de los actores, cuando se trata del teatro, o de los bailarines, cuando es danza, ya que sucede en tiempo real, en nuestra dimensión. Es la voz de los espacios vacíos, es la energía que une al público con los artistas; es una escenografía invisible pero perceptible.
Para no extender más esta entrega, les sugiero que la próxima vez que vean una película, vayan a disfrutar de una ópera, una obra de teatro o una muestra de danza, pongan atención en el poder que tiene el narrador invisible, en cómo transforma los elementos visuales en algo más profundo y cómo se convierte en un vínculo inmediato con los espectadores. Se darán cuenta de que su papel en las artes escénicas no se limita a ser decorativo. Cuando una obra toca las fibras del corazón, no solo es por lo que vemos; es también por lo que escuchamos.
Mario Eduardo Villalobos Orozco
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Doctorante en Finanzas por el CESCIJUC, Maestro en Finanzas por la Universidad del Valle de México; es Licenciado en Derecho y Licenciado en Economía, graduado con mención honorífica, por la Universidad Nacional Autónoma de México; además es músico egresado de la Escuela de Iniciación Artística de número 1 del Instituto Nacional de Bellas artes, autor del poemario Cartas a la Lluvia, y colaborador de la revista 13 de abril, desde abril de 2021.
Correo: mevo_vook@hotmail.com FB: Edward Wolvesville
[1] Traducción al español del nombre del aria, cuya letra dice: Creo escuchar todavía, oculta bajo las palmeras, su voz tierna y sonora como un canto de palomas. ¡Oh, noche encantadora! ¡Divino éxtasis! ¡Oh, recuerdo encantador! ¡Loca embriaguez, dulce sueño! A la claridad de las estrellas, creo verla todavía entreabrir sus largos velos a los vientos cálidos de la tarde… ¡Dulce recuerdo!




