Una y otra vez he escrito en este espacio que el arte tiene diversas manifestaciones, que sus caras son infinitas y que sus significados son tantos como los números reales. De igual manera, cada vertiente tiene características que las definen, por ejemplo, si son una experiencia visual, auditiva, sensorial, mixta, etcétera.
También les he expresado mi opinión respecto de que las artes actualmente van más allá de lo convencional, como conocemos al teatro o la pintura, sino que evolucionan a la par que las competencias humanas y sus herramientas, por ejemplo, los medios tecnológicos, como lo es la inteligencia artificial u otras formas igualmente interesantes, como las del turco Refik Anadol, que se vale de técnicas de aprendizaje automatizado y de quien he hablado en otra entrega.
En este contexto, e inspirado por pláticas recientes con amigos gamers[1], decidí escribir sobre el valor artístico que tienen los videojuegos, más allá de su etiqueta enfocada principalmente al entretenimiento que, si bien es cierto que cumplen con esa función, también lo es que tienen diversos elementos que los ponen al nivel de una película o una obra sinfónica, sin olvidar que, para poderlos visualizar como lo hacemos, tienen una cantidad enorme de elementos matemáticos y computacionales complejos. Naturalmente, no todos tienen estas características, por lo que para fines de este breve trabajo, pensemos en aquellos en los que superar un nivel evolucionó a una aventura con un arco dramático o tramas bien desarrolladas.
Para no perder la costumbre, considero que es de valor aportar un poquito de historia sobre los videojuegos, ya que es enriquecedor y nos ayuda a ampliar nuestro conocimiento, o al menos a ver con otros ojos un fenómeno dado.
Los videojuegos, contrario a lo que podría pensarse, no son algo nuevo, y están muy relacionados con la historia computacional. Como ejemplo de lo anterior se encuentra OXO, que es una versión computarizada del famoso juego tres en raya, también conocido como gato entre los mexicanos, desarrollado por el profesor Alexander Douglas, en 1952, lo que lo coloca como el punto de partida.
Diez años después vendría Spacewar!, desarrollado por Steve Russel, con la novedad de estar diseñado para ser jugado en una pantalla, lo que le ha valido el título de ser el primer juego de ordenador.
El tema de ser jugado en una pantalla es un aspecto clave aunque parezca una nimiedad, ya que el término “videojuego”, hace referencia a su naturaleza electrónica que hace posible visualizarlos en tal objeto y no solo eso, sino interactuar en tiempo real. Este último punto lo retomaré un poco más adelante.
Regresando a la historia, después de Spacewar!, por allá de los años 70, siguieron distintas formas que evolucionaron una tras otra, como la arcade (las famosas maquinitas) y el surgimiento de las consolas, ¿cuál es la diferencia?, se preguntarán, bueno, básicamente se encuentra en el lugar de uso, pues las primeras normalmente están en lugares públicos, junto a una tortillería, por ejemplo (los que jugaban de niños entenderán la referencia), y las segundas son de uso doméstico; unas funcionan con monedas (el cambio de las tortillas, por ejemplo) y las otras sin pago, al menos inmediato, dada las nuevas modalidades en línea. Existen muchas otras diferencias, pero no las mencionaré por no ser la finalidad de esta entrega.
Hasta entonces los juegos eran de consumo rápido, de duración corta y misiones inconexas; sin embargo, en 1981 llegaría el punto de inflexión, el cambio que revolucionaría la industria hasta nuestros tiempos. En dicho año apareció el famosísimo título Donkey Kong (un gorilita que arroja barriles), pionero en incluir escenas cinematográficas (todo un hito para su época) para contar una historia. Algo cambió para siempre, el entretenimiento dejó de centrarse en superar niveles y comenzó a dar importancia en el porqué de su contenido.
Desde entonces, como dicen, lo demás es historia, ya que siguieron tramas complejas que adquirieron fama internacional por su narrativa que se convirtió en el eje principal, e incluso se hicieron sagas, como si fueran libros o películas, entre las que destacan, Final Fantasy, cuya primera aparición fue en 1987 y se ha mantenido vigente a través de distintas entregas hasta el 2024. Como este hay muchísimos ejemplos como Resident Evil, Silent Hill, Metal Gear Solid, The Last of Us, etcétera. Gamers, no se enojen conmigo si refiero algunos de los más famosos.
Ahora bien, después de esta breve aportación histórica, es momento de contarles por qué considero que los videojuegos son una nueva forma de arte. Con esto no quiero decir que soy el único que lo cree, ya que es obvio que existen muchísimas personas que lo comparten; mi objetivo es transmitirles esa idea desde mi forma personal de percibirlo e interpretarlo.
Por lo anterior, considero que un buen punto de partida es comparar algunas características generales de las bellas artes con las de un videojuego. Veamos.
- Finalidad estética y contemplativa: aunque no es la finalidad directa de los videojuegos, es irrefutable que hay algunos que sí que tienen un valor estético debido a su calidad gráfica y en las cinematografías, no siempre enfocadas al hiperrealismo, sino a otras formas ingeniosas, como Gris, que se asemeja a una acuarela. Por cierto, su banda sonora es impresionante.
- Universalidad: los videojuegos pueden ser apreciados por cualquier espectador, sin distinciones.
- Apreciación visual y/o auditiva: los videojuegos, al igual que las obras de arte, se perciben a través de la vista y el oído.
- Individualidad y creatividad: los videojuegos son resultado de la creatividad de un grupo de personas que trabajan conjuntamente para su creación, como el director creativo, el diseñador narrativo, compositores, animadores, modeladores, e incluso la asistencia tecnológica a través de los diversos tipos de desarrolladores.
- Durabilidad: no me aventuro a decir que los videojuegos son concebidos para perdurar en el tiempo; sin embargo, la evidencia muestra que algunos se han convertido en leyendas que han trascendido, como Super Mario Bros, cuyo lanzamiento se remonta a 1985, es decir, hace cuatro décadas. Si bien difícilmente serían nombrados como patrimonio de la humanidad, es irrebatible que muchos terminan formando parte de la cultura popular.
Por otra parte, si se toman como referencia algunas categorías de los Premios Oscar, también se puede encontrar convergencia entre esta vertiente artística y los videojuegos, por ejemplo, la dirección, el guion, diseño de producción, música y fotografía, este último visto con un enfoque distinto, rescatando la idea de la estética visual para reforzar emociones vinculadas a escenarios de todo tipo.
Sobre el aspecto sonoro, que es el que más aprecio de los videojuegos, al igual que en una obra de teatro, una ópera o una película, la música juega un papel crucial para conectar con los jugadores que a su vez son espectadores, ya sea con melodías conmovedoras creadas exprofeso, por ejemplo, para una escena romántica, o bien, con una naturaleza incidental, es decir, para acompañar y reformar la atmósfera y la narrativa, toda vez que construye puentes entre escenas, proporciona cohesión, y es fundamental para anticipar o preparar al jugador/espectador, verbigracia, ante situaciones de peligro, misterio, etcétera.
En la industria de los videojuegos hay grandes compositores cuyo estilo ha creado mundos y sensaciones, como Akira Yamaoka, compositor de algunas de las entregas de la saga Silent Hill. Cada melodía nos transporta a una atmósfera misteriosa y fantasmagórica.
Otro compositor destacado es Nobuo Uematsu, responsable de la música de 11 entregas de la saga Final Fantasy, de las que emanaron temas icónicos como One Winged Angel o Liberi Fatali, este último uno de mis favoritos por su poderosa orquestación y carácter épico.
Dado que es un descubrimiento reciente para mí y que me pareció bellísimo su trabajo, también cito a Max LL, a cargo de la música de Spiritfarer, un videojuego con un mensaje potente y conmovedor, relacionado con aprender a decir adiós cuando la muerte aparece. Estoy seguro de que su obra les encantará.
Para ir cerrando esta entrega, debo hacer mención que los videojuegos se han posicionado gradualmente en el mundo del arte, ya que se ha incorporado como una vertiente del mismo, como sucedió en el MoMA (Museum of Modern Art, de Nueva York), en el que se exhiben, como una nueva categoría de diseño aplicado, títulos como Pac-Man o Tetris.
Asimismo, como parte de la relevancia artística que han adquirido, no puedo omitir que muchos videojuegos han sido adaptados a la gran pantalla, como Resident Evil (lamentable fracaso), Tomb Raider, Street Fighter o, recientemente y con buenas críticas, Five Nights at Freddy’s, lo que demuestra el lugar que ocupan más allá de la recreación y la diversión.
Finalmente, un aspecto que hace diferentes a los videojuegos, como forma artística, de otras vertientes, es la interacción que tiene el espectador con la obra, ya que forma parte de ella, interactúa a través de decisiones y conecta emocionalmente como una experiencia inmersiva con inicio, desarrollo y desenlace, lo que no sucede con otras ramas artísticas.
Dicho lo anterior, la próxima ocasión que tengan la oportunidad de jugar un videojuego o ser espectadores, deseo que vean más allá del entretenimiento y que disfruten del valor artístico que tienen.
“¿Que los videojuegos son malos? Eso mismo decían del Rock & Roll”.
-Shigeru Miyamoto
Mario Eduardo Villalobos Orozco
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Doctorante en Finanzas por el CESCIJUC, Maestro en Finanzas por la Universidad del Valle de México; es Licenciado en Derecho y Licenciado en Economía, graduado con mención honorífica, por la Universidad Nacional Autónoma de México; además es músico egresado de la Escuela de Iniciación Artística de número 1 del Instituto Nacional de Bellas artes, autor del poemario Cartas a la Lluvia, y colaborador de la revista 13 de abril, desde abril de 2021.
Correo: mevo_vook@hotmail.com FB: Edward Wolvesville
[1] Persona que juega videojuegos de forma habitual, que puede ser por pasatiempo o incluso en competiciones.




