Contenido, atrapado, encarcelado en tus pensamientos estás, entre el lúgubre cielo mortecino propio del abandono solar y el soliloquio de tus recreaciones punzantes, donde una anciana cuyos cabellos cenizos y blancos, como la nada, como el lacerante frío de un polo abandonado a su suerte, te observa sonriente, sin párpados, sin dientes, solo tú y su saliva, entre palabras hirientes que por demás no entiendes:
Piérdete para siempre en ti
púdrete para siempre bajo las baldosas
sin cantos ni loas, aferrado, hasta la médula, a la hiel
papel que para siempre has de cumplir
como una cucaracha, que nació para morir…
Cada carcajada que entra a tu cabeza es el zumbido de mil abejas en sonido estereofónico, son las discusiones interminables de filósofos insufribles afincados en tus viscosos sesos, que secretan elocuencia, petulancia e incongruencia. Es la anciana desconocida pero presente eternamente para clavar las dagas de la duda y la indignación cuando le des la espalda, cuando la olvides aferrado a los tesoros fugaces de este mundo, los que atraen a los tiburones que quieren todo para sí, a quienes buscan hasta la última gota de tu sangre, saboreando tus debilidades y titubeos, a la oveja de tu amor más puro, pastando, inocente, en los campos donde los sueños adormecen hasta el alma y desaparecen, junto a la oveja, a la primer acometida desde abajo, con la sangre supurante a borbotones, mientras el tiburón, en éxtasis, te despedaza, al tiempo que la vieja, siempre presente, siempre omnisciente, disfruta tu final por más sabido para ella, por más trillado y estúpido:
Son mis palabras el viento fresco
al que no le importas, ni tú ni nadie
mientras sopla en la guerra, entre los cuerpos
mientras juega con los cabellos de niños muertos.
Son mis palabras la luna triste
que todos los días sueña un embiste
de la verdad y de la justicia,
olvidando que nada existe
porque palabras son, humanas
hechas de tiempo y carbón
de vida
y se consumen enseguida…
No te preocupes por la vieja, no te inmutes por su insistencia, es parlanchina y mezquina, nada controla, solo repite, y con la insistencia te condiciona, pero date cuenta, amigo, eres libre, sueña, ríe, fulgura siempre, y que tu sangre se derrame en algún vientre para que nunca mueras aunque lo quieras, aunque lo intentes, aunque tu debilidad, miedo y cobardía, te quieran someter algún mal día.
Mauricio Del Real Navarro
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Zacatecas, Zacatecas, 1982. Doctor en Ciencias Sociales por el Colegio de México. Amante del estudio de los fenómenos sociales y su inclusión en el mundo literario. Poeta aficionado.




