[…] y no hay minuto del día que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy, y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire como una brizna de hierba.
Federico García Lorca
A Francisca Cañada, el fuego de una pasión prohibida la consumía por dentro. Se esforzaba por concentrarse en lo que debía ser «el día más feliz de su vida» —como lo dictaba la tradición—, pero todo era en vano. Paco Montes era un golpe de mar que la arrastraba, una espina en el pecho. Tratar de evitarlo en sus pensamientos se sentía como volar frente a una bandada de pájaros a contracorriente, aves que «dejaban escarcha sobre sus heridas».
Aquella «muchacha acariciada por el fuego» se vio forzada a elegir entre la seguridad que representaba el hombre acaudalado con quien iba a casarse y la libertad de desear a alguien indebido. Para una España en tiempos de la Segunda República, la rebeldía y la transgresión de las costumbres de una comunidad rural, con códigos de honor inquebrantables, merecían un castigo, un destino trágico; o al menos eso puede inferirse que pensó Federico García Lorca al escribir «Bodas de sangre».
Era un 25 de julio de 1928 cuando el poeta y dramaturgo confirmó que «la realidad supera a la ficción», gracias a una noticia que recorrió España sobre un «crimen desarrollado en circunstancias misteriosas». García Lorca hojeó el periódico y exclamó: —¡La prensa! ¡Qué maravilla! ¡Leed esta noticia, es un drama difícil de inventar!
Así nació la idea de la obra en tres actos y siete cuadros, que narra no solo el destino trágico de unos amantes, sino que explora: el peligro de reprimir las emociones profundas, los arquetipos, las convenciones sociales, el destino inevitable, el honor, el «dar la palabra» como un acto sagrado, así como el ser versus el deber ser, una duda existencial que a algunos de nosotros nos sigue atormentando y que también podemos ver reflejada en otros textos, como en «Hamlet» de Shakespeare.
«Bodas de sangre» se inspiró en un suceso trágico: una muerte en lugar de la celebración de una boda. Se suponía que Francisca Cañada Morales y su novio iban a contraer matrimonio en un cortijo de Níjar, Almería. Todo estaba listo y eran numerosos los invitados que esperaban la ceremonia, pero las horas pasaron y, cansados de la espera, los asistentes comenzaron a retirarse. Cuando uno de ellos se trasladaba hacia su casa, descubrió el cuerpo ensangrentado de un primo de la novia, Francisco Montes Cañada. Varios invitados y la guardia se dieron cita en el lugar. Cerca de allí también fue hallada la novia, con el vestido manchado de sangre. Francisca confesó que había intentado huir a caballo junto a su primo, pero fueron sorprendidos por un hombre que disparó y mató a Montes Cañada. En los días posteriores, la novia acusó a un hermano del novio, quien finalmente confesó haber cometido el delito. José Pérez Pino declaró que, luego de haberse alcoholizado, camino a su hogar halló a los fugitivos. Al verlos, sintió una profunda ofuscación por la injuria que se había cometido contra su hermano, lo que le llevó a dispararle tres veces a Francisco, matándolo.
Mucho se ha dicho acerca del estilo magistral y poético con el que Federico García Lorca abordó temas sociales poco expresados en aquella época, por ejemplo, la opresión hacia la mujer; sin embargo, escasamente se ha hablado de Francisca Cañadas, la mujer real en quien se basó el escritor para crear el personaje de «la novia».
Francisca falleció en 1987, a los 84 años. En la foto de un periódico de 1964, aquella mujer inmortalizada por Lorca se observa en lo que podría adivinarse como un paisaje árido de fondo que contrasta poderosamente con las elegantes fotos de las actrices que la representan, posando en alguna función. Cañadas porta un sencillo vestido negro y una pañoleta en la cabeza; las manos apoyadas en su cintura parecen querer proyectar fuerza y dignidad. Algunos de sus vecinos la catalogaron como «fea» y «coja»; sin embargo, en su rostro surcado por la tristeza, aún se adivinan facciones agradables, a pesar de la extraña mueca con la que trata de aparentar una sonrisa. Entrevistada en aquel momento por los periodistas José-Jesús L. Morales y Hernán Seeber, Francisca —quien en ese entonces tenía 61 años—, aún sollozaba por la tragedia por la que era conocida. Hablaba en voz baja, sin atreverse a gritar que ella no fue quien asesinó. Su crimen fue mayor a los ojos de una sociedad que la juzgó por no haber sido capaz de aceptar su muerte en vida, que la condenó por retar las normas sociales y por no haber querido contener la convulsión de su sangre, porque, como bien señaló Lorca: “la sangre que no se desborda se pudre”. A Francisca, su desacato la marcó con un estigma que la persiguió hasta su fallecimiento, en parte a consecuencia de la obra de García Lorca.
Desde su estreno el 8 de marzo de 1933, «Bodas de Sangre» se ha presentado con gran éxito en diversos países. Actualmente, la puesta en escena se presentará los días martes 16, 23 y 30 de junio del año en curso, a las 20:00 hrs., bajo la dirección de Jorge Gidi, en la Sala Julián Carrillo de Radio UNAM (Adolfo Prieto #133, Col. Del Valle, en la Ciudad de México). La función cuenta con actuaciones de primer nivel, con actores destacados que brindan una interpretación apasionada y convincente. El donativo es voluntario, por lo que se invita al público a disfrutar de una obra de gran calidad teatral.
*Fotografías de Alejandro López, incluyendo la portada de la reseña
Tiana Levary
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Estudió periodismo y después etnohistoria, también cuenta con un posgrado en Educación. Lo que más le gusta en la vida es escribir cuentos y uno que otro poema, también quiere escribir pronto una novela. Ama los temas fantásticos y sobrenaturales, la historia, la lluvia y los chocolates.








