(Fotografía Diego Castillo Santoyo)
Si da Vinci hubiese nacido en México la última cena jamás habría sido pintada. No es cuestión de geografías, religiones, orígenes étnicos ni cronologías, sino de formas de hacer memoria, de tradiciones que nos recuerdan a quienes parten.
En México es impensable la posibilidad de una última cena: acá tenemos la tóxica pero sana costumbre de no saber soltar: los nuestros nunca se van, están en nuestra memoria siempre y levantamos altares en su honor una vez que entra el otoño, cuando el viento se vuelve más frío aún con el sol resplandeciendo sobre las calles.
¿Por qué que para los mexicanos la comida es el punto de encuentro entre muertos y vivos?, ¿será que ofrendamos comida a nuestros difuntos como retribución a que con sus recuerdos alimentan nuestra memoria?, ¿son las sensaciones que se experimentan en el acto de comer las que nos reencuentran con ellos? es decir, el olfato que extrae la esencia de los alimentos, la vista que aprecia la estética del platillo, el oído que atrapa los dolores de parto de cada guiso mientras es cocinado, el tacto, que nos permite conocer la textura de una tortilla calientita salida del comal; y el gusto, desde luego, con el que disfrutamos el cuerpo de la comida.
Tal vez, tantas veces compartimos la mesa con ellos que por eso la comida se convirtió en nuestro lugar de reencuentro. O quizá el motivo sea mucho más mundano: simplemente porque como dice Rius, “la panza es primero”.
Sea como fuere, alimentar a nuestros muertos representa la manera particular en que la sociedad mexicana conjuga su gastronomía con otros elementos culturales para dar vida a una tradición en la que expresa su concepción de la vida, la muerte, la memoria y el sentido de la existencia.
Ofrendar es alimentar el recuerdo. Los momentos felices, los sueños cumplidos, las bellas sorpresas de la vida, todo lo que nos es valioso lo almacenamos porque resulta placentero, cierto; sin embargo, también existen recuerdos involuntarios: sueños rotos, decepciones, pérdidas, adioses que sabíamos algún día llegarían y aquellos que deseábamos que no llegaran jamás. Ambos bloques de álgidas emociones nutren nuestra historia personal, nos convierten en lo que somos y forjan nuestra memoria.
Los altares a nuestros muertos de alguna forma representan ese cúmulo de recuerdos: engalanados con papel picado, veladoras, copal y fotografías, la gastronomía mexicana es parte esencial de ellos, pues al ofrendar a los difuntos los alimentos que más disfrutaron en vida, se mantiene patente el vínculo de la persona con su terruño, cultura y con aquellos que les recuerdan, consolidando así una presencia perenne en la memoria de los vivos.
En las ofrendas los chilaquiles, el mole, las enchiladas, el pozole, la machaca, etc., lucen su presencia cada año; sin embargo, ya que los mexicanos tenemos la fama de migrar a todos lados, no me sorprendería que en “extranjia” eventualmente aparezcan junto a esos platillos de la raza del maíz, altares con paella, pastas italianas, embutidos alemanes o guisos franceses y aunque la idea incomode, también snacks gringos.
La gastronomía mexicana[1] en tanto expresión cultural, es fuente de identidad y abrevadero de memoria tanto individual como colectiva; resulta parte esencial del Día de Muertos[2] al establecer un vínculo entre los mundos físico y metafísico a partir de una cosmovisión que da origen a dicha tradición.
Esta última, por cierto, ha roto fronteras religiosas y biológicas ya que desde una especie de “agnosticismo ecléctico” las más jóvenes generaciones mexicanas llevan a cabo dicha práctica cultural sin asumirse necesariamente parte una religión[3] y le imprimen parte de su identidad generacional, al incluir en el altar a muertos no humanos: las mascotas, seres sintientes que por los momentos cincelados en nuestra memoria han ganado también un espacio en dicha tradición, celebrada para ellos el 27 de octubre de cada año. Tiene sentido, finalmente somos animales racionales integrados en manadas que denominamos familias donde en este mundo posmoderno caben, desde el perro, hasta el perico.
Post scriptum: Veré tus ojos otra vez, ahora entre papel colorido, luces de vela, aromáticas resinas y deliciosos platillos; ese día te abrazaré en mi corazón de nuevo. Entregando mi mirada a la tuya diré que hubiera preferido que no te fueras nunca y la falta que me haces; pediré que me perdones por los errores que tuve: luego te dejaré marchar sólo para esperar tu regreso durante un año, una vez más.
Víctor Hugo Martínez Barrera
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Se formó como abogado en la Facultad de Derecho de la UNAM y, como historiador, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Sus líneas de trabajo son el Derecho Constitucional, los derechos de los pueblos indígenas y el período posclásico mesoamericano.
[1] Declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2010.
[2] Declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2008.
[3] El Día de Muertos surge originalmente en el seno del catolicismo novohispano, con influencias prehispánicas y de la iglesia medieval europea.




