Dejamos de escucharnos, leernos y sentirnos

Evidentemente, tanto en el plano ideológico como en el plano político y en el plano de nuestra concepción individual como parte de una sociedad, mirar hacia fuera de nuestra integridad individual, mirar hacia la sociedad y hacia la cultura de masas y hacia los acontecimientos del mundo de afuera es una situación necesaria. No podernos aislarnos del mundo.

El mundo en la actualidad tiene escenarios muy convulsos y muy complicados en donde la integridad y la dignidad humana se están viendo comprometidas por lo máximo de las expresiones de la codicia y el anhelo de ganancia y utilidad y las consecuencias lacerantes que el modo de producción de este mundo tiene.

La guerra, condición aberrante, es una expresión de la decadencia sistémica, y el eco de resonancia de una confrontación entre potencias en donde el militarismo y el belicismo están implicados tiene desde luego un campo de repercusión colectiva que atañe a toda la civilización humana.

Sin embargo, también es cierto, que las redes sociales y las plataformas de información y la televisión y la radio y las páginas web y todos los reductos que hoy con la tecnología distribuyen información generan un vínculo dependiente y enfermo del ser humano en su condición individual hacia permanentemente estar atento a todo lo que sucede afuera, incluso sin una repercusión política trascendental o sin la posibilidad de colaborar en la solución de algún problema en el orden político o en el orden ideológico o en el orden de la inmediatez concreta, en donde nuestra acción pueda contribuir en algo con algo y para algo, así de sencillo expresado.

Y es donde nos damos cuenta que por momentos descartamos la individualidad a la que tenemos derecho y la discreta intimidad que como seres humanos nos pudiera dar un colchón de descanso y un espacio de autorreflexión con fines terapéuticos que nosotros mismos nos podemos proveer, en el silencio o en el diálogo consigo mismos.

Guardar silencio, reflexionar para nosotros mismos y platicar con nuestras mentes es un hábito que ha dejado de existir en el mundo moderno para con nosotros mismos porque hoy en día tenemos los sentidos intervenidos, tenemos la capacidad de atención agotada y además no vemos tan interesante lo que ha sido la trayectoria de nuestra vida como para descuidar nuestra percepción de lo externo y sustituirlo por nuestros propios alcances de la vida.

Hoy, sobre todo en las redes sociales, nos interesan más las vidas de otras personas que nuestra propia vida y enaltecemos lo que ha sido el correr de nuestra propia vida con las peores descalificaciones y los peores vituperios y no somos conscientes de lo que ha sido nuestra vida y su riqueza, al margen del dolor o sufrimiento que esta pudiera tener y sin embargo conocemos más a otros que a nosotros mismos.

Hoy encontramos poco interesante lo que nuestra vida encarna de experiencia y que no tenga que ver con presumirlo o postearlo en las redes sociales.

A veces, como parte de una jornada interminable de pensamientos el ser humano tiene ideas brillantes y conclusiones maravillosas que descarta porque prefiere seguirse inmiscuyendo en lo que el mundo externo le dice de la vida y en lo que el mundo de afuera indica que se tiene que acatar como norma cultural.

Hoy, aunque siempre fue así, se tiene miedo a expresar lo que el interior del alma concluye sobre muchos aspectos de la vida y sobre muchos aconteceres que influyen en el desliz de la vida misma de cada persona.

Hoy, que como nunca antes los modelos de acartonamiento generalizados a nivel cultural le imponen a cada persona las pautas básicas y elementales de conllevarse, hay mucho miedo demostrarse con sus propias armas y con sus propias reflexiones y con sus propios discursos en la intimidad de lo individual ante el entorno.

Hoy, como tal, se le tiene miedo a ser una persona.

Por Víctor Manuel Del Real Muñoz

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