CRONICAS NO MARCIANAS. El niño de los focos

Estuve muy nervioso ese día y traté de distraerme un poco por la tarde. Pensaba ver una película, pero definitivamente nada de terror o suspenso, sino algo que hiciera que mi mente tuviera un momento de descanso, después del encuentro con el vecino que habían liberado de la cárcel. Prendí la tv y, después de un par de horas, pude por fin estar más tranquilo; incluso, escuché música y canté un poco.

Más o menos a las 9 de la noche, preparé algo de cenar y disfruté de los alimentos recién hechos: un poco de pan y un té de flores para relajarme. Terminando de cenar, me disponía a tomar mi teléfono, y sí, como parte de las rutinas que todos adoptamos, revisar un poco el internet, redes sociales y contestar mensajes mientras escuchaba algo de fondo en la pantalla. Me acomodé en la cama dispuesto a entrar en ese mundo virtual, cuando sonó el timbre de la casa.

Eran casi las 10 de la noche, y aunque era un poco tarde, no me sorprendió, porque todavía a esa hora, llega a haber algo de movimiento en la calle. Me acerqué a la ventana y moví la cortina para ver quién era, y lo único que vi, fue un niño como de 9 años con una bolsa de plástico. Abrí la puerta dejando la reja cerrada para ver que quería. Con una voz suave y tranquila me dijo:

–          Buenas noches señor, ¿no gusta comprar unos focos?

Venía vestido con una playera blanca de manga larga, unos jeans y unos tenis. Se veía que tenía frio, porque la temperatura a esta hora y el viento, calan hasta los huesos. Si bien, hay gente que luego toca vendiendo empanadas o pan a esta hora y, a la vez, llegan a ser esporádicos, nunca había visto un niño caminando solo en la noche. Aunque la calle está más o menos iluminada, no deja de haber partes muy obscuras.

Titubee al contestarle

–          Pues no necesito ahorita, pero ¿a cómo los das?

Temblando un poco de frio, abrió la bolsa para enseñármelos y me dijo:

–          25 cada uno

Mi mente, más allá de pensar en los focos, hizo que saltara mi espíritu paterno, ¿Qué demonios hace un niño solo a esta hora? ¿Dónde están sus papás? ¿hasta qué hora va a estar solo en la calle? Y por supuesto pensé: si está vendiendo a esta hora, seguro es porque necesita dinero para comer.

–              ¿Cuántos traes? – le pregunté

Los saco, uno a uno, y contestó – Son 4 los que traigo, están nuevos.

Saqué mi cartera y aunque no los necesitaba, le di 100 pesos por los 4, al tiempo que le decía.

–          Dame los 4 y ya con eso ya se te acabó la mercancía.

Con una cara normal y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, me dio las gracias y se fue. Me metí a la casa pensando en lo mismo, clavado entre el pensamiento de cómo era posible eso y, al mismo tiempo, en la posibilidad de que se tratara algún padre o madre enfermo, con mucha necesidad económica. Busqué no darle importancia y me fui a la recamara a distraerme en la pantalla.

Dormí tarde, atento por si llegaba a escuchar a Don Ángel pasar de nuevo, pero la noche permaneció en calma por fin. Después de los últimos días, al fin fue una noche en la que pude dormir tranquilo.

Los siguientes días, seguí mis actividades normales, desde los quehaceres domésticos hasta mi trabajo musical. Hora a hora, fui recuperando un poco la calma diaria que había perdido, sin escuchar nada por las noches, más que los ruidos comunes de los grillos, algunos carros, esporádicamente, y los perros callejeros ladrando rutinariamente.

Fue entonces, cuando en uno de esos días, como a las 3 de la tarde, me encontraba sentado haciendo una revisión a las ediciones musicales que previamente trabaje en mi laptop, cuando tocaron el timbre, una vez más.

Me dirigí hacia la ventana y, al asomarme, observé al niño de la noche anterior, solo que esta vez venia acompañado de una pequeña niña de unos 5 o 6 años de edad. Abrí de nuevo la puerta, y esta vez, el infante cargaba una bolsa de plástico negra en una mano y, en la otra, venía tomando de la mano a la niña. Ella, venía como salida de una postal, un par de trenzas a los lados, un pequeño fleco, un vestido rosa con blanco y cargando una pelota azul rey.

–          Buenas tardes señor, ¿no gusta comprar verdura?

Lo miré extrañado, aunque esta vez mis pensamientos funcionaron de una manera diferente. Era un buen horario, no necesitaba verdura ni nada por el momento, solo sonreí y le dije POR EL MOMENTO NO, MUCHAS GRACIAS, OTRO DIA QUIZAS

El niño asintió con la cabeza y solo dijo GRACIAS, empezó a caminar, pero note que la niña se quedó parada, sonriéndome, y extendiendo su mano con la pelota hacia a mí.

–          Ten – me dijo con una voz suave y alegre.

No pude evitar sonreír ante ese inocente gesto, pero lo único que hice fue contestarle:

–          Muchas gracias, pero ahorita no puedo jugar. Quizás otro día.

Se encogió de hombros y siguió caminando con su hermano.

En la noche, descubrí que sería otra noche en paz. Ningún ruido o sorpresas, solo de repente, alcance a escuchar a los gatos de los vecinos maullando del lado de mi jardín, ¡Siempre se meten a romper las bolsas de la basura!

Al día siguiente, tuve que salir de mi colonia. Me dirigí a la ciudad a hacer unos trámites y me la pasé entre viajes de autobús y escritorios burocráticos. El regreso típico, 3 horas de viaje, tráfico y hastío.

Llegué ya caída la noche, y la casa estaba más obscura de lo normal. Aunque no estaba nublado y había luces de los vecinos, entré y prendí mis luces, cuando caí en cuenta que la luz del jardín, que normalmente se prende sola, estaba apagada. Me acerqué a quitar el foco y me acordé de los focos que el niño me había vendido. Tomé uno y me estiré para cambiar el que estaba fundido. En automático prendió con la luz brillante especial que tienen los focos nuevos.

Al estar cerrando el cancel, vi algo entre las macetas que desentonaba con ellas. Me acerqué quitando las ramas y estaba ahí la pelota azul de la niña del día anterior.

La moví solo para que cayera al pasto, pero no la recogí. Me quedé unos minutos observándola y pensando ¿cómo se pudo haber volado y caído en mi casa, específicamente? Cerré el cancel y ahí la dejé, y si en algún momento me la pedían ya la sacaría del jardín. Tomé mi cena y me fui a dormir.

Recuerdo haber estado dormido, pero algo me despertó; incluso, brinqué al despertar. Había escuchado el timbre de la casa, que fue lo que, según yo, me despertó. Tomé mi teléfono para ver la hora, eran casi las 2 de la mañana. Me levanté medio dormido a asomarme en la ventana de la sala, pero no había nadie.

Regresé por las llaves y un suéter para abrir la casa. Abrí la puerta, la reja y salí ¡No había nadie!, Volteé a ambos lados de la calle, pero ni un alma. Me quedé unos minutos esperando a ver si había alguna persona caminando, pero no, nadie apareció. Mejor regresé a dormir.

A la mañana siguiente, un par de sándwiches de jamón, un té verde muy caliente y un poco de fruta, fueron mi desayuno del día. Normalmente la música me acompaña durante las primeras horas, pero ahora decidí estar en silencio, solo con los ruidos matutinos de cualquier colonia. Como es día de ir a comprar comida, hago mi lista de víveres, me arreglo para salir y me acuerdo de la pelota azul. Decido dejarla afuera de la casa, pero al llegar al jardín, cual sería mi sorpresa que no solo estaba la pelota azul, había otra pelota del mismo tamaño, pero rosa. Sin pensarlo, tomé las dos pelotas y las dejé juntas en una jardinera, a unos metros afuera de la casa, y me fui a hacer mis compras.

Regresé al poco tiempo. La calle estaba tranquila como de costumbre, ya que no vivo en un lugar muy transitado, así que nada fuera de lo normal, excepto que, llegando a la casa, ya no vi las pelotas. Ello, me hizo pensar que algún vecino ya las había tomado y se las había dado a los niños, ya que tampoco hay muchos niños por aquí. Dejé mis víveres y me dirigí a la tienda a comprar tortillas, ya que ahí están frescas y de mejor sabor. La tienda estaba vacía, como la mayor parte de las veces, solo se veía el muchacho que siempre atiende, parado en la ventana.

–          Buenas tardes, me das un kilo de tortillas por favor

El joven fue por las tortillas y me las entregó. Ahora sí, ya tenía todo listo para comer, pero, al momento de pagar, vi que atrás de mi apareció de nuevo Don Ángel, con la misma ropa de siempre, solo viéndome fijamente. No le di importancia, ni tampoco dejé que su mirada fría y penetrante me intimidara, pero lo que, si me sorprendió, fue que lo único que llevaba en las manos era la pelota azul que yo había dejado en el área verde.

Me fui de la tienda y volteé un par de veces para corroborar que seguía ahí comprando. El tipo se quedó un rato ahí, por lo que me di cuenta, ¿Qué demonios hacia él con la pelota de los niños? Y no nada más eso . . . ¡Me sentí acosado! Sé, que seguro es vecino, pero encontrármelo 2 veces y de esa manera sigilosa en la tienda ya no era algo que me hiciera sentir cómodo. A veces, hay cosas pequeñas que nos pasan durante el día que nos incomodan hasta el día siguiente. Esta, fue una de ellas. Estuve desconcentrado y malhumorado hasta la noche, no pude siquiera practicar la guitarra a gusto. Me fui a dormir y al día siguiente, amanecí con puños cerrados y unas marcas de mis uñas en las palmas, por la tensión que había tenido al dormir.

No tenía ningún plan en especial para ese día. Normalmente mi rutina es estricta, casi todos los días hago lo mismo, pero algo en mí me dijo que debería de salir, de distraerme un rato y no quedarme ahí en casa sobrepensando en Don Ángel. Así que, en un arranque improvisado, decidí darme un baño, arreglarme, y hacer una pequeña maleta para estar en la ciudad y olvidarme un poco de todo.

No tardé mucho en estar en camino. Tomé un autobús a la Central y luego otro a la ciudad. Me fui sintiendo aliviado de alejarme un poco de casa. Un par de días fuera de la rutina para reconstruirme mentalmente, no me harían mal. 

Llegué directamente a la terminal del metro. Ahí abordé el tren y me dirigí a comer algo, unas 7 estaciones más adelante. Me trasladé sentado entre el mar de gente, unos sentados, otros parados, otros apenas caminando entre los vagones. 

¿Has sentido que, de repente tu mirada queda fija en algún lugar, pero sin ver nada en específico? Justo así, iba sentado, recargado en aquel tubo metálico, con la mirada al infinito y mi mente en muchos lugares, viajando, hasta que por un momento mi consciencia regresó a mi lugar y vi a donde se dirigía mi mirada perdida.

Al fondo del vagón donde venía sentado, vi entre el mar de gente, como un niño estaba vendiendo dulces, apenas avanzando entre piernas de adultos, bolsas y asientos, ¡ERA EL MISMO NIÑO DE LOS FOCOS! 

Lo observé fijamente, con mis ojos gritando VOLTEA A VERME, tratando de cachar su mirada y asegurarme que era él, pero entre tanta gente no lo pude distinguir bien. Al llegar a la siguiente estación, esperé a que bajara la gente y él avanzara hacia mí, para verlo bien, pero al ir bajando todo mundo lo perdí de vista. Instintivamente, me levanté de mi asiento para buscarlo, ya con más altura y, no lo vi. Se cerraron las puertas y solo vi afuera de una de ellas, al niño parado viendo hacia el tren, y a Don Ángel, a un lado, cargando a la niña del vestido rosa y blanco. El niño le dio el dinero a Don Ángel, y los 3, solo observaban como me iba alejando dentro del vagón.

Me quedé pensando en si debía bajarme a la siguiente estación, regresar «casualmente», aunque eso sonaría ridículo, ¿y si regresaba? ¿qué iba a hacer o decir?, sabía o al menos, eso creía, que Don Ángel no era buena persona, y los niños no debían estar cerca de él, o ¿será que fuera su padre? No soy una persona que me gane la curiosidad sobre el raciocinio, pero en este momento tenía que aclarar lo que pasaba para estar más tranquilo. Justo llegando a la siguiente estación, me paré y me bajé del tren, caminé hacia las escaleras para cambiarme al andén de regreso y escuché el tren que debía tomar.

Corrí por el andén, llegué a las escaleras y bajé corriendo, sintiendo que en cada escalón caería. Subí las escaleras, hasta escuchar el pitido anunciando el tren que cerraría las puertas, traté de acelerar el viaje, pero no pude llegar. El metro cerró las puertas y avanzó.

Respiré profundamente, esperaría el siguiente tren y me subiría. Estaba nervioso y ansioso, solo esperando a llegar a alcanzarlos en la siguiente estación.

No tardó mucho el metro en llegar por el túnel, quizás poco más de un minuto.  Vi las luces acercándose y el sonido del tren cada vez más fuerte, hasta que a los pocos segundos, se detiene y me subo inmediatamente. Esperando que las puertas cierren.

Esperando que las puertas cierren . . .

Esperando que las puertas cierren . . .

Esperando que las puertas cierren . . .

Pero algo pasa, el tren queda detenido uno, dos, cinco minutos y no avanza. Me acerco a la puerta que seguía abierta desde que me metí y veo que la gente comienza a salirse. No sabía lo que pasaba. Solo veo un policía de la estación avanzando a un lado del tren hablando por su radio y recibiendo indicaciones. Lo veo acercarse a donde me encuentro, pero antes de llegar, una mujer lo detiene.

      –          Joven, ¿a qué hora va a avanzar el metro? – preguntó la mujer

      –          Tuvimos un pequeño incidente en la siguiente estación, en cuanto se solucione, avanzaremos con servicio normal – responde el policía con su radio en mano y dirigiéndose al fondo del tren, pero otra señora se acercó a cuestionarlo más – Oiga joven, ¿pero qué pasó? 

El policía se detuvo y se acercó a decirle un poco nervioso:

      –          Al parecer un par de niños cayeron a las vías y hubo un accidente. En breve avanzaremos.

       Me quede frío. Era obvio, lo que primero que me vino a la mente al escuchar eso. Me bajé del tren sin saber que hacer. Me recargue en la pared, ya sin hambre, con tristeza y horror al mismo tiempo, en silencio; incluso, en mis pensamientos. No sé cuánto tiempo me quedé así, solo supe que después de un tiempo se juntó más gente. El tren al final avanzo y yo seguí recargado en la pared, solo viendo al infinito.

Josh Nébula

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Mexicano de nacimiento, musico profesional con más de 30 años de carrera, con estudios en el INBAL, Conaculta y Fonoteca Nacional. Principalmente involucrado en el rock original con varios discos grabados, también ha hecho participaciones en música par teatro, comerciales, cortometrajes y educación musical infantil. Cuenta, además, con estudios a nivel amateur en cine, tanto particulares como en el CENART. Apasionado cinéfilo y fanático de la gastronomía

Twitter @joshnebula                                                   www.facbook.com/joshnebula

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