Ángelus niger
La negritud abrió su vientre
sobre el mármol
del campanario descendió
un ángel
de pupilas muertas
una carta entre sus colmillos
el nombre de un difunto
desdibujado por una flor
entre sus dedos
En la alcoba
los espejos de aliento deshilachado
miraban al moho devorar
los retratos agonizantes
de un par de siluetas apenas vivas
una mujer vestida de octubre
cosía sombras al reverso del almanaque
Amó con tal furia
a su verdugo
que se trasmutó en el velo
de su fantasma quedando
desnuda
entre el gemido de sus llagas
¿Carne o epitafio?
Una voz arrastrándose
desde la tumba
cayó sobre las sábanas
escupiendo
restos del ventrículo aún abierto
A las primeras pinceladas del día
el sepulturero encontró
un vestido sobre el mármol
una carta con una flor yerta
y dos alas pudriéndose en el pasto
Argonauta espectral
El ocre de las callejuelas
se abrió paso
como un argonauta espectral
entre el oleaje calipso
aproneando un cangrejo
nacido entre los huesos
Un pajarillo atormentado
por su neblinosa suerte
huyó purpurino dejando
restos de su otra vida
agonía de su plumaje
El otoño no es para almas dóciles
de corazones que se piensan soberanos
Es para los brazos quiescentes
pausa donde el mieloma múltiple
mantiene latente su ADN
Las células plasmáticas se silencian
afuera la estación ambarina
deshoja sus últimos respiros
amortajando el verano
El cáncer por fin
ha dormido la siesta
Fatum
Hay palabras sin encanto
tierra infértil de gris efluvio
Lloviznan jacarandas ennegrecidas
lamentando el revuelo
del que nunca fuera un sortilegio
Leyenda de una nigromante
conjurada en medusa
al enamorarse de un océano
de aspavientos veleidosos
cuyo vaiven insodable
la condeno a la zozbra
Agotándose en el tiempo
quedó sólo su cadáver
como una huella de arena
en la memoria de una ola
Navegando su último suspiro
con la luminiscencia
del beso
que muere
sin lograr del deseo su fatum
su último destino
Un cempasúchil para un elefante
Un grupo de gigantes rodea
veinte kilos de corazón inmóvil
no es una caza
Las trompas se alzan al viento
acarician la carne necrosada
Una madre de un lastímero rojo
pétrea junto a su cría
permanece
hasta que las horas
abandonan el cuerpo
Manadas desconocidas
descifran en los huesos
la antigua forma del
que persiguiera mariposas
Con sus trompas
giran los colmillos
recorren el marfil
emana la ausencia
En el hipocampo
persiste el llamado del agua
el murmullo de las hojas
los nombres que no tienen nombre
Una zanja recibe al pequeño
con sus patitas al cielo
sobre los restos
vierten una cobija de tierra
Los meses
son el camino a evitar
No habrá un manto de cempasúchil
ni una constelación de cirios
no hay altar para los sepultos elefantes
Pero el alma del pequeño gigante
habitará la amígdala
santurario neuronal de los vestigios
donde los espíritus
anidarán en perpetua crisálida
Por Vanessa Carlos
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Poeta y médico cirujano. Maestra en filosofía e historia de las ideas. Doctorante en Artes en teorías estéticas por la Universidad de Guanajuato.




