Los huérfanos. (Primera parte)

Podría seguir adelante -pensó-. Podría seguir

corriendo y no dejar de correr y nunca más

volver a mirar atrás y no verle la cara jamás.

Sólo que no puedo. No puedo.

William Faulkner

-Incendiar establos-

-Primera parte-

Yo he visto correr el tiempo siempre perenne, siempre eterno, pero también mortal, petrificado, contabilizado con los dedos de un reloj porfiado; simultáneamente, dialéctico, flexible, con sus líneas rectas, espirales y ciclos, aunque, sobre todo, perpetuamente incomprendido. Yo era el tiempo convertido en agua que bajaba del Cerro de la Virgen, donde todo fluía, donde nada era para siempre, sino un breve suspiro dentro del cosmos escondido en una pequeñísima ciudad del centro norte de México: Zacatecas. Aquí solo olía a tierra removida, a codicia y a escasez, ahora el aroma es el mismo, pero diferente, empezando porque soy agua estancada, verdosa, un agua fénix, sacrificada de vez en cuando para luego renacer en el mismo lago Amado Nervo, o mejor dicho, La Encantada, donde creyeron encontrar una veta de plata que, a fin de cuentas, jamás fue localizada.

No es por entrar en intrigas, pero soy testigo de la miseria material de una ciudad que, a pesar de todo, es hermosa y señorial. Sus habitantes languidecen ante la tentación de algún día tener algo para poder caer muertos en este capitalismo de las inmediaciones del mundo opulento, de la tecnología desbocada. Aquí la gente sobrevive, y los que logran estar más allá del bien o del mal, tienen sus manos manchadas de sangre, no tanto por apretar gatillos o blandir puñales, sino por hurtar dinero que era para darle sustento a todos, incluyendo a los olvidados, chicos y grandes, que lidian con la vida en los semáforos, en los cuartos con techos de lámina y en las casas de cartón. Pero así es la vida por estos lares, aunque tal vez sea igual en todos lados. Claro, no puedo saberlo con certeza, solo soy un lago que escucha, que tiene al tiempo por alma, que medita las palabras para dejarlas volar en las frescas noches donde los eucaliptos, pinos y cipreses las acarician entre sus hojas y las dejan volver más claras y rebosantes de significado. Por mí han pasado muchas voces, por mí han vivido muchas vidas, aunque también se han apagado. Yo solo fluía cuando era otro Zacatecas, pero ahora es este, el que te toca vivir o imaginar si es que no eres de aquí, donde la muerte, de vez en vez, se regodea henchida de miseria eterna. 

Entre mis aguas los remos emulan a las palmípedas, como si tuvieran también membranas, cual tridente acuático; entre mis aguas hacen su espiral las hélices de las lanchas de pedales donde, no pocos enamorados, buscan una experiencia de paz y aislamiento de un mundo indigesto de sensaciones ofertadas por todos lados a cambio de dinero. Muchos idealizan encontrarme en su ensoñación inconsciente de tiempo-agua, de fluir estancado, de paz del instante que se diluye en pasado pero que construye pequeños futuros felices. Muchos arrojan comida a los patos, quienes, pícaros, se acercan a la orilla con la esperanza de que su ternura emplumada en blanco o en variopinto les consiga la comida del día, aunque deban luchar entre sí por ingerir más, ambiciosos como los propios humanos que los alimentan. Toda esta vida es poesía eterna, son versos no dichos por poeta alguno, pero construidos con los pasos de los atletas que me rodean por la pista de tartán o con el andar de un trenecito nutrido por las voces de los niños, quienes, por años, han vitoreado mi belleza desde los márgenes, por donde corre la vía para recordarme que no puedo dejar de ser señor de paz, de introspección o, en ocasiones, lamentablemente, también de muerte.

El día de hoy, 11 de marzo de 202…, evoco estas palabras para quien quiera escucharlas, porque forman parte de la micra-historia de la humanidad, de la delgada línea que une al bien y al mal, al amor y al odio o a la vida con la muerte, misterios todos en los que se debate la existencia del homo sapiens. Estas palabras fluyen por mi superficie, se zambullen con los patos y vuelan entre los árboles para finalmente subir hasta el firmamento y perderse al interior de las estrellas. Entre todos los vocablos que me han habitado, hay un conjunto, hay una historia que bien puede servir como advertencia… Escuché la delgada voz de Ana Armenta mientras, torpemente, se debatía entre la vulnerabilidad y el miedo a mostrar todo el amor que le tenía a Leo Félix. Era un domingo cualquiera, de esos en los que vienen a visitarme muchas personas con orígenes y destinos múltiples, pero igualmente solas. Ana contestó: 2 de 10, cuando un romántico e inseguro Leo le preguntó cuánto lo amaba. Ella solo quería poner un límite, asegurarse de no dejar resquicio alguno a la entrega absoluta. El amor y el miedo eran para ella dos caras de la misma moneda. Leo no sabía que su chica arrastraba consigo la concupiscencia y neurosis de generaciones Armenta, y que en su sangre corría la vergüenza de sentirse insuficiente, una marca originada en el dolor de vivir relegada por sus propios padres, quienes, siendo Ana una bebé, se la entregaron a la tía Josefina para poder seguir con sus vidas aún entradas en la adolescencia. Leo también desconocía que la tía Josefina había hecho trizas la vida de sus tres hijos biológicos, así como la de su esposo Martín, con quien peleaba un día sí y el otro también, desatada como una yegua desbocada. Las palabras de la tía, llamada “mamá” por Ana desde siempre, eran finas navajas que tenían la cualidad de incrustarse en el corazón y quedarse ahí enterradas de por vida. Imagina el alma de la pobre chica, única “hija”, testigo prácticamente toda su vida de los vaivenes explosivos de la superviviente Josefina y el vía crucis cuasi eterno del estoico Martín. Ambos fueron abandonados, desde años atrás, por sus propios hijos, quienes a la primera oportunidad escaparon del caos emocional que inundaba la casa de sus padres, dejando sola y desprotegida a Ana. Leo solo sonrió, pero el dolor en su corazón era tan real como los latidos mismos. ¿Por qué ella nunca le podía decir un “te amo con todo mi ser”? Sin embargo, el miedo a perderla era mucho, y no iba a pelear por algo que se debería llevar el viento: las palabras.

Ana, siempre hábil en las artes de la evasión, señaló a cuatro patos que en fila india nadaban por mis aguas luego de algunos segundos de silencio incómodo en la pequeña embarcación de pedales. Leo siguió el juego, adiestrado ya por su chica en el deporte de escapar del dolor. Parecen de una caricatura, dijo el adolescente, y agregó: la mamá con sus patitos. ¡Sí! ¡Míralos! ¡Qué kiut!, complementó Ana, con los ojos brillantes de ternura y su sonrisa pueril. La tarde se destensó como solo ellos sabían hacerlo en el año y medio que llevaban de relación; las rupturas y reconciliaciones habían sido la única constante, como ellos mismos me lo confesaron sin saberlo en sus pláticas burlonas, donde el miedo al dolor de la pérdida era sinónimo de amor eterno. Siempre supieron que en cada reconciliación se reafirmaría la devoción que se profesaban de manera ambigua y, muchas veces, totalmente contradictoria. Ambos eran solitarios entre su gente y entre la gente toda, ambos tenían amistades y frecuentaban las reuniones familiares, pero ninguno se sentía parte de un rellano o recoveco del mundo. La pertenencia se construía entre ambos, o tal vez, solo juntos olvidaban la soledad. Sus risas, caricias, miradas, gestos y rubor daban fe de un vínculo que parecía, en el instante, construido con granito.

Ese día, Ana, que no había podido pronunciar un “te amo” minutos antes, y como parte de sus emociones erráticas, mostró algunas de las heridas más profundas que llevaba consigo. Primero se aclaró la garganta, y con una modulación de voz que avisaba seriedad, por fin compartió que, cuando contaba con solo doce años, unos primos le habían comentado quiénes eran sus verdaderos padres. ¿La fuente? La propia tía Josefina, cuya voz desbordaba las paredes de la habitación donde era escuchada en el altavoz del móvil por la madre de los chicos —hermana de Josefina y de Leonor, la verdadera madre de Ana—. Luego de ese evento, marcado en el calendario de heridas acaecidas y acumuladas ya en la corta vida de la adolescente, las “pretendidas bondades” de Leonor, quien le obsequiaba ropa y zapatos a su “sobrina favorita”, fueron vistas con cierto desprecio y rencor por la chica. Leo presentía ya algunas cosas, pero hasta ese momento se dio cuenta de la necesidad que tenía su novia de conocer la verdadera historia sobre su origen.

Ana necesitaba desesperadamente algo o alguien a quien asirse, su mirada y su voz confesaban su orfandad. El esfuerzo que había hecho por compartir esa herida era mayúsculo, porque finalmente se había puesto en una posición vulnerable. Leo, más que meditarlo, sentía la energía de ese esfuerzo en su conmovido corazón, por ello, ese día la arengó, la instó, la impulsó desde su amor protector y sanador para que enfrentara a su tía y, así, por fin se permitiera romper el hechizo de una simulación construida sobre el dolor del abandono.  Para ello, desde su coraje más profundo, Ana debería decir que ya sabía la verdad, que solo quería saber por qué le hicieron eso sus padres y si habría manera de verlos a fin de escuchar sus razones de viva voz. Cuando abandonaron mis aguas, ella parecía segura de su futuro inmediato, y tenía esa mirada que solo ostentan los campeones mundiales de boxeo al chocar guantes con su próxima víctima en el ring.

La primera vez que los vi juntos, atestigüé, por medio del rocío que volvía a mí, la energía que transmitían desde sus corazones. Se trataba, sin duda, de un amor que, hacía mucho tiempo, mis aguas no habían acariciado. Percibí su joven porte y la inocencia de su mirada aquella mañana de sábado. Vestían ropa deportiva y trotaban lentamente por la pista. Ana parecía resuelta a demostrar que ella también era una chica atlética, mientras Leo avanzaba seguro en su elemento. En ese primer momento, me consta, solo eran unos jóvenes amigos acompañándose en sus ejercicios matutinos. Sus conversaciones oscilaban entre las referencias propias a lo extenuante del ejercicio o el camino aún por recorrer, y anécdotas sobre los personajes de la escuela. Alguna carcajada de Ana se escuchó con seguridad. En aquel día perdido en la memoria, la pareja solo se alejó entre movimientos de manos, sonrisas y expresiones de alegría.

La siguiente ocasión ocurrió un evento que detonó todo: mientras los chicos jugaban a las cartas entre los eucaliptos y sobre una sábana tendida en el césped, justo a unos cuantos metros de mis aguas, Leo abrazó a Ana en un momento de euforia. Las sonrisas cándidas entre ambos se borraron al instante y en sus ojos se debatían la inseguridad, el miedo y el amor. Leo la soltó en tan solo un par de segundos, pero Ana se quedó recargada en su pecho, por lo que el chico volvió a abrazarla, estrechándola con más fuerza, como quien se sujeta a la única seguridad existente en el mundo. Fue en ese preciso momento que sucedió: Ana volteó hacia arriba, sus miradas se encontraron y sus labios estallaron en una galaxia naciente. Ese momento yo lo viví con genuina alegría, pero también con mucha preocupación, porque parecían solo dos niños abandonados por el mundo y reflejados el uno en el otro. Del cieno emergieron mis propios recuerdos trágicos, y en mis corrientes sentí que estos chicos no podrían fallar porque sus vidas acababan de entrelazarse en una sola historia, y la intensidad naciente de su conexión hacía presagiar un hermoso futuro o un dramático final. Quisiera no haber pensado eso, pero así fue desde ese primer momento.

En aquel otro día que la pareja fraternizaba con los patos bribones desde una orilla, descubrí que se conocieron en primero de secundaria, pero Leo permaneció casi invisible ante las emociones de Ana, pues ella se interesaba en los chicos más grandes, buscando, tal vez, la protección que en casa languidecía ante la ausencia de inteligencia emocional. Él confesó quedar flechado desde el primer momento, cuando la vio entrar por el umbral y su cabello negro, quebrado, danzaba sobre sus hombros al compás de cada paso, mientras sus párpados caídos perfilaban sus negros ojos de una manera única, dejándolos brillar como un espejo de agua en el empíreo. Ana no podía creer que pasaron cuatro largos años sin que Leo dijera algo, ni siquiera la ocasión en que trabajaron en el mismo equipo para preparar una exposición sobre el funcionamiento celular aquel primer año; tampoco en el cumpleaños de su ex compañero Nicolás, en el segundo. Entonces, ¿cómo llegaron a estar juntos? Ella mencionó, de manera juguetona: si no hubiera sido porque te rompí accidentalmente la mochila, nunca me hubieras hablado, ¿verdad? Y ambos bromearon y se rieron y se abrazaron y se besaron, pero justo así ocurrió. En la mente de Leo se recreó el momento: Ana inclinada sobre la mochila, estirando bruscamente el cierre con ambas manos para encontrar un bolígrafo que, por capricho del destino, se le había caído en un accidente del todo celestino. Tras la acción solo se escuchó el tronido del cierre ahora desdentado. El primer paso para su amor había ocurrido. Ambos recuperaron el tiempo perdido, las palabras no dichas resucitaron y los condujeron hasta el trote de aquel sábado, cuando el enamoramiento ya estaba a flor de piel y las feromonas se unieron al rocío.

No podían imaginar en esos primeros momentos la angustiante caminata de Ana hasta el umbral de su psicóloga en la Av. Guerrero, cuando vio por primera vez el antiguo mosaico, estilo trencadís, en tonos grises, cafés, negro y blanco, así como la elegante formación de flores y hojas en ese piso que delataba historia. Cargaba la pena más grande que se pueda soportar por tratar de escapar de la que, cándidamente, creyó insufrible. No tuvo manera de predecir que todo aquello que brotó de su pecho y se manifestó en sus acciones y palabras terminaría siendo el motivo para extinguir la vida. La indecisión, el trauma, la herida profunda, la confusión, la soledad y el deseo permanente de validación habían sido los pilares en los que se derramó la sangre y se extinguió el aliento. Si tan solo hubiera podido enfrentar sus miedos, pero ya era demasiado tarde. Ya no era posible huir más, no había hacia dónde. Su destino inevitable era el sillón verde y el apoyo en los pañuelos desechables para poner el pecho al inminente derrumbamiento. Y así fue, según le contó a Esther, su mejor amiga, desde la explanada de yoga que convive cuerpo a cuerpo con la paz de mis ondulaciones acariciadas por el vientecillo. Con ella tampoco se había abierto jamás.

La primera vez en terapia se sentó y quiso nombrar todas las palabras que la quemaban y atormentaban por dentro. Quiso erradicar de tajo toda la confusión que se agolpaba en su cerebro, pero ante la atenta escucha y mirada de la psicóloga, no llegó ni a la décima palabra, porque fue interrumpida por un llanto incesante. No sabía por dónde continuar, todo era dolor, todo era arrepentimiento, todo era muerte. Solo quería amar y ser amada profundamente, solo quería ser protegida para siempre. Buscaba, víctima de la cultura popular, un Edward Cullen combinado con un Christian Grey, buscaba una ensoñación adolescente y distorsionada de un padre que nunca tuvo y que no sabía que pretendía encontrar en cada hombre que le interesó. Tal vez por eso le gustaba coquetear con mayores, tal vez por eso lo conoció a él, marcando el destino de todos para siempre.

Esther escuchaba profundamente conmovida, estupefacta. No juzgaba a su amiga, sino que compartía su dolor, pero lo que más le dolía en esos momentos era no haber podido generar la confianza necesaria en Ana para que esta le hubiera compartido todos su deseos, sueños y confusiones desde antes, desde que se conocieron en aquel lejano sexto grado de primaria. Su amiga había sido un sujeto inexpugnable. Tantas tardes juntas, tantos paseos por la ciudad, cumpleaños, salidas al café, noches de fiesta; tantas caminatas guareciéndose en la sombra proyectada por el follaje de los árboles que me acompañan, o esos paseos en la lancha motorizada durante la época navideña, escuchando villancicos que compartían con bluetooth desde sus celulares. No olvido sus conversaciones sobre los chicos de la escuela, sobre la música de moda y las películas que llegaban a las plataformas; no olvido sus bromas desde la misma sintonía humorística, provocando sendas carcajadas que brotaban de sus rostros enrojecidos, de sus bocas convertidas en fuentes de la eterna juventud a través de la venturosa risa que todo lo sanaba en aquellos días, que podía detener el tiempo y embriagarme en sus mieles.

La voz de Ana resonaba sin cesar, vibrando en mi superficie. Recuerdo perfectamente cada palabra que su espíritu expulsó al ambiente: de verdad, esa primera vez no logré explicarme, era una olla exprés, la garganta se me cerraba de angustia y mis pensamientos se descontrolaban; con cada idea, mi corazón se apretaba. Esther de vez en cuando abrazaba a su amiga desde un solemne silencio. Las palabras de Ana siguieron brotando: la segunda sesión hablé mucho de Leo, de lo que me hacía sentir, del amor que nunca fui capaz de mostrar, pero también del miedo que me daba depender de él. No podía soportar la idea de que un día me destruyera. No toleraba el escenario de estar sola cuando se fuera, porque estaba casi segura de que lo haría. Era demasiado bueno para ser verdad todo lo que vivíamos, y yo no podía seguir así, esperando el momento en que todo valiera madre, por eso buscaba tener las puertas abiertas, buscaba conocer chicos, solo por si acaso, y eso él lo descubrió varias veces. Ana no pudo contener el llanto y Esther le dio nuevamente un abrazo lleno de empatía genuina y sin decir palabra alguna. Por fin pudo continuar: te juro que jamás le fui infiel, no puedo explicarlo bien, solo me gustaba sentirme admirada, sentir que importaba, en especial con hombres de mayor edad. La psicóloga me dijo que solo protejo a una niña que siempre se sintió abandonada. Yo le comenté que en realidad no recuerdo mucho de mi infancia, solo algunos eventos, y me dijo que eso habla precisamente del abandono y el dolor que viví de chiquita, de por qué relaciono al amor con el dolor, y por eso no puedo comprender en el fondo de mi ser cómo el amor puede ser seguro. ¿Amor seguro? No tengo idea de qué sea esa tarugada. Me dijo que yo no debo cargar con las decisiones tomadas por Leo, pero es que me siento tan culpable por él, lo destruí, esa es la verdad. Ana nuevamente perdió el control y las lágrimas picadas, como el mar, volvieron a brotar, robándole el aliento, y a duras penas pudo balbucear: de paso destruí a Jaime. Todo lo destruyo. La chica no pudo más y sus piernas se doblaron, tocando con sus rodillas el piso, mientras batallaba para jalar aire. Esther se inclinó con ella y le dijo: no es tu culpa, tranquila, no es tu culpa, respira, despacio, respira, 1, 2, 3, 4, 5…

Caminemos, dijo Esther, vamos a comprarnos algo de comer cerca del embarcadero. La noble intención de la amiga era cambiar de tema, construir la conversación a partir de otras ideas y recuerdos que pudieran recrear al mundo en un santiamén a fin de devolverle la sonrisa a Ana, pero no fue posible, el dolor debía brotar en algún tiempo y espacio, y este era el momento y lugar precisos. La chica continuó soltando frases que el viento llevaba a mis pequeñas corrientes: al parecer el problema de fondo no fueron Leo ni Jaime. No es que no amara al primero ni que en el segundo viera a mi verdadero amor. El problema fue mi crianza. En la sesión más reciente, la psicóloga me compartió algo que movió toda mi perspectiva: dijo que es casi seguro que de niña presencié demasiado caos o violencia en casa de mi tía, y que vi amor a cuentagotas, muy a webo, que por eso no confío en el amor, y mucho menos si a eso se suma la herida de abandono proveniente de mis papás, en especial, de mi papá. Me repitió varias veces que nadie va a resolver mi soledad, que yo debo resolver ese tema solita, que debemos encontrar el origen de mi miedo con precisión para que pueda dejar de sentirlo y así ser libre, autosuficiente, sin la necesidad de procurar la atención de nadie para sentirme plena. Me urge eso, niña, estoy muy triste, estoy sola, muy sola…  Esther se fundió en un último abrazo con Ana. Para la entrañable amiga era más que obvio que “Ani”, como le decía, era una trágica víctima de las circunstancias, y le quedaba clarísimo que no debía dejarla sola nunca más. Lo que ignoraba es que Ana tendría que caminar, forzosamente, esta senda en solitario, rumiando su dolor, atemperándolo de a poco, palpando los límites de la existencia, comprendiendo la estructura primera del amor, de la paz, del perdón.  Por ahora, el vacío que buscó evitar inmersa en su confusión emocional, estaba apoderándose de cada rincón inexplorado de su corazón. Vendrían, seguramente, noches interminables y días que se irían en un parpadeo; vendría una temporada de expiación que se prolongaría tanto como se adueñara de Ana Armenta la debilidad de espíritu. En su futuro, no podría eludir la confrontación con sus verdaderos padres; en su futuro, debería volar y hacer hogar lejos de su tía, debería volver a empezar sin cargar los nombres Leo y Jaime en sus espaldas.

Leonel Félix llevaba ya un tiempo desbordado de angustia. Su mundo se había reducido a una palabra: Ana. Era el sentido de la vida al abrir los ojos por la mañana, el pensamiento intrusivo que lo agobiaba durante todo el día y el último rostro que imaginaba antes de desconectarse por las noches aciagas, donde el descanso progresivamente disminuyó. Por si fuera poco, la intranquilidad se fue adueñando también de la normalidad en sus minutos diurnos. Desde los albores le dolía cada cosa dudosa en el devenir de su relación. Había descubierto que Ana conversaba con algunos chicos en sus redes. Incluso, alguna vez, mientras revisaba una foto que ella misma le enseñó en su celular, apareció un comentario de WhatsApp donde le llamaban “bb”. Cada una de estas ocasiones había sido motivo de ruptura, pero como siempre sucedía, ninguno podía vivir realmente sin el otro, por lo que terminaban regresando y, según creían, afianzando su vínculo, demostrándose que era prácticamente indestructible.

Como una bola de nieve, el pensamiento hipervigilante de Leo se fue desarrollando al son de los ocultamientos o medias verdades de Ana. Sus nervios eran correlativos a la magnitud del misterio en la cotidianidad de su novia. Poco sabía de lo que hacía en grandes partes del día; ella nunca lo comunicaba. Sin embargo, mucho sabía de su vida, pues continuamente le afirmaba que él era la persona que más conocía sobre ella en el mundo. Esa confusión, esos mensajes contradictorios, poco a poco lo empezaron a minar en un avance de demolición milimétrico. Por un lado, ella le confiaba secretos de su familia, por el otro, le ocultaba sus propias acciones. Esto hizo que Leo, desde su inseguridad, como una especie de mecanismo de defensa, disfrutara al observar chicas bellas en la calle o entablara conversaciones furtivas cada que se presentara alguna oportunidad. Presentía, aunque de una manera no enteramente consciente, que el tiempo pudiera estar contado después de todo; que en un abrir y cerrar de ojos tal vez se quedaría solo, otra vez, con esa soledad profunda que el fantasma de su padre ausente dejó sembrada. Todos estos pensamientos inundaban su cabeza mientras trotaba al borde de mis aguas y, sin darse cuenta, me confesaba su dolor. Pero, ¿cómo había llegado hasta aquí?

Era la mañana de un domingo, luego de haber visto en línea a su chica casi a la una de la madrugada. Ella no acostumbraba a conversar por WhatsApp a esa hora, a menos que hubiera salido de fiesta, y se supone que no lo haría, pues había rechazado su invitación a ir al cine apenas horas antes, debido a que tenía que cuidar de su tía, convaleciente en esos días. Leo estaba tan cansado emocionalmente que esa noche no peleó, más aún, guardó silencio en la oscuridad, lidiando con su propia existencia para permitirse descansar, pues sus pensamientos, que parecían no tener fin y ser cada vez más pesados, no cejaban en su intentona golpista. Luego de una ardua lucha interna, logró dormir algunas horas y, a fin de despejar su mente, optó por acudir a mi mundo. Llegó vistiendo unos pants azul cielo y una sudadera negra. Mientras trotaba, pensaba si debía terminar definitivamente, pero como siempre, la imaginó en el umbral aquella primera vez; recordó con detalle su mirada inocente, cristalina, y terminó cediendo ante el amor que le hacía experimentar en el fondo de su alma. Entonces, como todas las veces anteriores, encontró una manera de justificarla ante sus propios sentimientos de indignación. Esto terminó sucediendo luego del trote, con la dopamina, los endocannabinoides y la serotonina masajeando y relajando los tensos músculos de sus pensamientos. No sabía realmente qué había sucedido con Ana, así que no debería juzgarla por anticipado. Se conocían sus pantanos y habían pasado por casi todo, debería ser, por tanto, una mañana tranquila. Bastaría con esperar a las diez y media para enviarle un mensaje de buenos días a fin de dar borrón y cuenta nueva. Así terminó haciéndolo. Ella no mostró tanto entusiasmo en su respuesta, solo una lacónica cordialidad. Leo se fue del parque pensativo, arrastrado por un paso cansino y dubitativo. La angustia brotaba por sus poros, escapaba en cada exhalación.

Poco a poco, Ana fue haciéndose fría, concisa y distante emocionalmente. Cuando se veían, el brillo de sus ojos se esfumaba. La tensión se alojaba en los silencios. Los días de la semana eran cada vez más pesados. Leo estaba confundido. El siguiente sábado por la tarde visitó mis aguas en una lancha de pedales para dos. Necesitaba un consejo y lo buscó en Martha, su única amiga. Ahí, en medio del cielo reflejado en mis aguas, el chico le explicó en detalle todo, y fue ella quien le comentó, entre algodones, que tal vez Ana había conocido a alguien. A lo mejor está realmente confundida, le dijo con empatía. Con esas palabras solo confirmó lo que él mismo presentía, lo que representaba el máximo temor nacido en su corazón como posible hijo único de la relación: la infidelidad.

El domingo, Leo la confrontó, y ahí es cuando ella por fin lo confesó. Sí, había conocido a alguien en una salida con unas amigas, en una noche de “drinks coquetos”, como ella la bautizó. Le aclaró que solo eran amigos, pero que sí habían estado hablando casi todos los días por mensajes. Se trataba de un profesionista, un contador de 28 años; once años mayor que ellos. A ella le cayó muy bien y no le pareció ofensivo tratarlo como amigo, pero como sabía que Leo se enojaría, se lo ocultó. El chico, como era de esperarse, se rompió. Había algo dentro de él que se sintió diferente a partir de ese día. No quiso pelear, solo le dijo a Ana que eso no estaba bien, que para cualquier cosa se tenían el uno al otro, y que por favor dejara de comunicarse con el tipo porque eso lo lastimaba inmensamente. Ana permaneció callada. Los días siguientes, Leo no podía dejar de pensar en los mensajes de WhatsApp y era incapaz de contener la ansiedad que lo empujaba a revisar si su novia estaba en línea. Varias veces la descubrió, y no solo eso, se daba cuenta que permanecía por un rato considerable. Ese viernes que se encontraba pensando en todo esto mientras escuchaba su respiración al trotar en derredor de mi espejo, decidió que debía confrontarla nuevamente. Era momento de aclararlo todo, de decir la verdad; el lugar perfecto: mis aguas.

El domingo me visitaron. Ya no eran los mismos, la tensión estaba en sus ojos, en el trazo de sus labios holanudos. Qué lejos aquellos días de enamorados. Parecía que ambos sabían lo que iba a suceder. Al llegar al corazón de mi remanso, donde solo se encontraban ellos en una atmósfera aparentemente sosegada, donde no existía la prisa ni, por tanto, el tiempo, Leo tomó la palabra: He notado que no eres la misma, me contestas con monosílabos, sin emoción, ya sin interés. ¿Qué te pasa? Dime la verdad, por fa, porque todos los días sufro un chingo… la necesito. Ana resopló, tomó valor y dijo: Estoy muy confundida, no sé si todavía quiero estar contigo, tal vez lo nuestro terminó, tal vez lo nuestro nunca será. Peleamos mucho, y siempre pienso que solo te voy a lastimar; mira cómo estamos hoy… perdóname por mi inseguridad, neta.

Leo se debatía entre el pánico y la ira. Él sabía que lo estaban dejando por otro, por alguien que él no conocía, pero que, a través de las actitudes de su chica, parecía un sujeto más valioso, superior. Esto lo hizo sentirse insuficiente, poca cosa, una mierda abandonada en el paraje. ¿Por qué dices eso? dijo Leo, defendiendo la relación, aferrándose a ella con las fuerzas que le quedaban. Hemos pasado de todo, somos sobrevivientes, nosotros somos el uno para el otro y lo sabes, agregó tratando de profundizar en su argumento. Ya no lo sé, dijo Ana, tengo miedo de hacerte daño, hemos vivido muchas cosas muy intensas, muy bonitas, pero hace tiempo que dejaron de suceder. Tú eres muy importante en mi vida, eres mi primer novio, mi primer todo, pero no sé si te sigo queriendo, esa es la verdad. Leo entró en pánico, en sus peores momentos ella siempre abría una puerta, se acobardaba y volvía, pero hoy era diferente. No sé, me siento algo atorada, continuó la chica, siento que a lo mejor debemos avanzar intentando otras cosas. ¿Estamos terminando? preguntó Leo. No quiero hacerte más daño, mereces a otra persona que no tenga tantas dudas, culminó Ana, sin la capacidad de poder sostener la mirada.

Ambos pedalearon hacia el muelle envueltos por el sonido del agua cortada por otras lanchas y el jugueteo de los patos. Lo siguiente fue una caminata con el peso de ese silencio no deseado, donde los pensamientos son horadados, estrangulados, despedazados por el dolor. Había mucho por decir, pero al mismo tiempo, nada. Sin la voluntad el amor se muere de inanición, y Ana venía decidida a destruirlo para siempre; al menos eso creyó en aquellos instantes. Al llegar a la entrada del parque, Leo, lleno de tensión en cada uno de sus músculos, no tuvo fuerza para procurar un último abrazo, solo pudo decir “Adiós” y caminó en dirección al Zig Zag, no sin cierta desorientación. Ana, llena de vergüenza y miedo, se quedó mirando esa última caminata, pensando en que realmente no sabía cuál era su lugar en el mundo. No tenía enteramente claro lo correcto y lo incorrecto cuando la frontera se presentaba tan fina; nadie le había enseñado. Su decisión en realidad había sido indecisión, pero no tendría a Leo en esa zozobra; se lo había jurado a sí misma.

Mauricio F. Del Real Navarro

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Zacatecas, Zacatecas, 1982. Doctor en Ciencias Sociales por el Colegio de México. Amante del estudio de los fenómenos sociales y su inclusión en el mundo literario. Poeta aficionado.

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