Dedicado a mi hija y a mi esposa
Muchas veces he imaginado el futuro. Para ser sincero, en muchos de los millones de escenarios que he creado la sombra era la protagonista; abismos profundos en los que solo habitaban pensamientos efímeros que conducían a la nada. No obstante, entre tantas fosas fúnebres, siempre hubo un destello único y hermoso con el que se despejaba el cielo, un rayo de luz que penetraba entre la neblina porque el sol había anunciado su salida. Esa chispa entre la oscuridad era el sueño de ser padre y construir una familia. Hoy agradezco a Dios porque, de todo el caos que he creado fui bendecido con vida. Qué contrastes tiene el destino, hace un mes la tinta de mis ideas hablaba de partidas y hoy, qué fortuna la mía, de bienvenidas.
Es por ello que en esta ocasión (en la que además cumplo 60 entregas que le han dado escape a mi creatividad a través de 5 años en la revista) dedico mis pensamientos, sentimientos y reflexiones al arte que, desde mi perspectiva, hay en el alumbramiento, ese sutil recuerdo de la creación del universo.
Si nos detenemos un momento a pensar, el vientre es un portal que conduce a la creación de un mundo entero. Es el acto creativo supremo en el que más allá del cuerpo físico se concibe un destino, una historia, una realidad entera que se construirá a sí misma mientras paradójicamente agota su existencia.
La mujer se convierte en una artista virtuosa que cuida cada detalle de su obra: no hay margen para cometer errores, debe ser perfecta. En su lienzo luminoso revela los secretos de Dios, habla del origen del cosmos y con ese polvo de estrellas dibuja en su interior un nuevo corazón. Sin embargo, algo la diferencia de otros creadores como un músico o un poeta, ella no siente dudas ni tiene pausas en su creatividad: es inseparable, es una con la materia prima
En el alumbramiento la madre presencia la aparición de una nueva versión de sí misma, al igual que en el arreglo que se hace de una partitura, evoca su esencia sin ser idéntica; es algo nuevo que solo puede explicarse por la herencia que recibe de su pasado, de aquellos viejos trazos que al juntarse pintaron la cara del futuro. La alquimia se apodera de la escena: el bebé se transforma en la gran explosión que da origen a un universo individual y complejo.
De esta forma la madre, la artista, deja de ser un personaje pasivo, un contenedor atado a su naturaleza biológica; es una creadora consciente que esculpe con carne y tiempo. No hay manera de negar su obra, en ella se encuentra la firma genética indeleble de la autora.
Pero el parto no solo es magia y romanticismo, también retrata cuadros de miedo, dolor y angustia, en los que nos muestra la crudeza de la fragilidad que hay en la fortaleza, en el fantasma que deja la sensación de ausencia y de sentir que algo de la artista se fue al momento de entregar su obra, a pesar de que un hilo rojo, al puro estilo japonés, las vincula profundamente.
El alumbramiento no es sufrimiento vacío, es parte esencial de la técnica creativa en la que solo los golpes pueden romper el molde que mantiene oculta la obra. Cada grito, cada estertor y cada lágrima son cinceladas con las que lentamente cede el barro hasta que finalmente se agrieta.
En este proceso, la madre logra el culmen del artista: la obra de arte cobra vida. Es algo tan perfecto que adquiere consciencia, con sus propias leyes e ideas. Cual mito de Pigmalión, la creación se desprende de su creadora para construir su propio camino.
Desde mi incomprensión y con toda mi humildad y empatía, dedico estas letras a todas las madres-artistas (especialmente a mi esposa), como portadoras de la chispa divina y creadoras conscientes, pues son el recordatorio de que en la creación del universo, el arte se hace presente a través de la vida.
Te amo, Fabiola. Te amo, Siria.
Mario Eduardo Villalobos Orozco
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Doctorante en Finanzas por el CESCIJUC, Maestro en Finanzas por la Universidad del Valle de México; es Licenciado en Derecho y Licenciado en Economía, graduado con mención honorífica, por la Universidad Nacional Autónoma de México; además es músico egresado de la Escuela de Iniciación Artística de número 1 del Instituto Nacional de Bellas artes, autor del poemario Cartas a la Lluvia, y colaborador de la revista 13 de abril, desde abril de 2021.




