CRONICAS NO MARCIANAS. La casa de Genaro

CRONICAS NO MARCIANAS. La casa de Genaro

No sabía si vendrían a tocar a mi casa, pero por experiencias anteriores, sé que siempre que le tocan el timbre a un vecino, vienen y tocan el mío. Algo que detesto, por cierto., así que decidí ponerme un pantalón y una playera, esperando que sonara. Aproveché para lavarme los dientes y peinarme, mientras escuchaba el alboroto de los policías afuera. Tomé mi teléfono y me acerqué a la puerta, pegando mi oreja a la misma para escuchar que pasaba. Estaban tocando el timbre de Genaro muy insistentemente, pero no parecía dar señales de vida.

No solo tocaron el timbre, sino que comenzaron a golpear la puerta; incluso, se escucharon un par de patadas en la misma. El sonido y la desesperación de estos “agentes de la ley”, empezó a ser contagioso. Era tanto el ruido y el golpeteo que, por un momento, deseé que ya abriera la puerta para que esto parara. No sé cuánto tiempo pasó. Quizás, solo un par de minutos que parecieron horas hasta que escuché a Genaro abriendo la puerta.

  • ¿Genaro Medina? – alguien preguntó
  • Sí, soy yo, ¿de qué se trata? – respondió Genaro

El hombre que había preguntado bajo la voz y dijo:

  • Mira cabrón, no te hagas pendejo, ya sabes de que se trata, nos mando el licenciado Salvador por ti. Te gusta andar de pinche chismosito ¿no? A ver si ahorita que lo veas sigues haciendo tus mamadas.

A ver oficiales, quiten esa pinche cámara y agarren el teléfono de este wey. Y tú, ¡te quedas callado y ni te hagas el valiente que este fierro que traigo aquí no es de juguete wey!

Por el ruido, solo alcance a escuchar como Genaro forcejeo un poco; después de eso, se escucharon unos golpes contra la pared. Se oían varios policías amenazándolo y movimientos dentro de su casa. Se escuchó claramente como entraron a buscar algo.

Sentí la necesidad de ayudarlo, pero ante estos policías ¿qué podía hacer yo? Me quedé callado y esperé a ver qué pasaba.

Al cabo de unos minutos, se escuchó como habían subido a las patrullas y empezaron a arrancar. No me había percatado, pero justo con esos oficiales, venía un carro particular. Uno a uno, comenzaron a irse. Abrí la puerta de la casa y me asomé lentamente, ya no había nadie. La puerta de Genaro estaba abierta, los cables donde estaba su cámara de seguridad estaban arrancados y, por más extraño o quizás no, no había ni un solo vecino asomado o viendo lo que pasaba.

Me acerqué a la entrada de su casa, recuerdo como un par de años atrás, ya había tenido una experiencia con otro vecino que se habían metido a robar. Así que, decidí cerrar bien su puerta, pero necesitaba las llaves: solo jalarla, la dejaría expuesta a que alguien más pudiera entrar. Así que me metí a su casa, a ver si tenía las llaves a la mano.

De frente, no había mas que una mesita cuadrada, de esas blancas de pasta con un par de sillas. Sobre la mesa, recibos de luz y del banco, latas de cerveza de la noche anterior, un cenicero, un plato con lo que parecían restos de pollo rostizado, vasos sucios, una caja de medicinas, envolturas y demás. Solo de pensar ¿cómo podía una mesa tan pequeña albergar tanta cosa sin que se cayera? Era inimaginable. Delante de la mesa, había un pequeño y viejo refrigerador, un par de zapatos a un lado de la mesa, el piso sucio y lleno de basura y polvo. Me puse a buscar las llaves por encima de todo ese tiradero, pero fue inútil, no estaban ahí.

Caminé por la casa hacia la recamara. Al llegar, vi un colchón en el piso y a un lado de una silla llena de ropa sin doblar, había un pequeño buró donde estaban las llaves. Aproveché para cerrar la ventana y fui a revisar que todas las ventanas de la casa estuvieran cerradas. Tenía sus protecciones de metal, pero aun así, mejor cerrar todo. Después, pasé a la segunda recamara.

La puerta estaba cerrada. Giré el pomo para abrirla y vaya sorpresa que me encontré, ¡Una escena surrealista llego a mis ojos! Era una recamara que parecía haber salido de un catalogo de ventas, totalmente limpia, bien pintada y todo acomodado. Era la recamara de una bebe, las paredes y las cobijas rosas lo delataban. Había una cuna que parecía nunca haberse usado, un pequeño móvil encima, con unos delfines en cristal que tenían un bonito sonido al moverlo. En la cuna había un oso de peluche de buen tamaño; incluso, la alfombra parecía que acababa de ser colocada. Todo tenía un aroma a limpieza total. Revisé la ventana y cortinas y sí, estaban bien cerradas. Me salí de ahí, dejando cerrada la puerta como la había encontrado. Procedí a revisar el resto de la casa para asegurarme que estuviera cerrado y así fue. Salí de la casa con las llaves y cerré la puerta principal y la reja. No había nada más que hacer, solo esperar que Genaro regresara y me contara lo que pasó.

Opté por dejar el asunto por la paz un momento. Preparé algo para desayunar y me di un baño. Por lo escaso que ha estado el trabajo estos días, seguramente, estaría casi sin salir un par de semanas, encerrado en la casa; y hoy, siendo día de tianguis, sería un buen momento para ir a comprar algo de fruta y verdura para esta semana. Tomé una bolsa para lo que me iba a traer y caminé a mi destino.

Tres calles mas abajo, ya se distinguían las pequeñas lonas rosas y azules de los puestos.  Las amas de casa que habían dejado a los niños en la escuela, ya estaban preparando sus compras entre los gritos de aquellos que quieren vender lo de oferta y novedad, la fruta de temporada o los que ponen sus puestos de comida para los que salen a comer algo rápido.

Hice mi recorrido de manera habitual. Como es muy pequeño el tianguis, me fui hasta el final, para ver todos los puestos. Me regresé por lo que ya había visto que convenia más. Compré un poco de verduras, fruta, y me dirigí a comprar un par de fibras. Llegué al puesto del hombre mal encarado que ya había visto vendiendo ahí muchas veces y, le dije:

  • Me da dos fibras de acero inoxidable, por favor.

El hombre, al ver que no las tenía en el puesto, fue a buscar en las bolsas donde tenía más mercancía. Mientras veía si me faltaba algo más para comprar, escuché una voz que decía:

  • ¿No va a querer tazas hoy vecino?

Volteé a ver quien me había dicho eso. Vi a una mujer de cabello rizado, no muy alta y delgada, sonriendo desde el puesto de al lado, extendiéndome con su mano, una taza decorada de tipo infantil. Tomé la taza en mis manos, la miré y le dije:

  • Muchas gracias, por el momento no necesito, pero sí después, hacen falta, con gusto vendré por un par – La devolví, mientras recogía mi bolsa y pagaba las fibras al tendero.
  • Cuando necesite, aquí estamos cada semana con el diseño que quiera. – me dijo sonriendo.

Acomodé lo que ya llevaba en la bolsa y al ir avanzando escuché que volvió a decir:

  • Oiga, y su vecino, ¿ya regresó de con la policía?

Me quedé helado al escuchar eso, me detuve y me giré a donde estaba

  • No que yo sepa, yo creo que no tardará mucho en regresar, porque no parecía nada grave, mas bien como un problema personal, ¿lo conoce? – le pregunté.

Sacó un cigarro y lo encendió. Se me quedo viendo fijamente y continuó:

  • Digamos que tenemos amigos en común. En la mañana que venía para acá, vi cómo se lo llevaban y ya se imagina en que puede acabar eso. Ojalá que la libre bien su vecino. Me llamo Verónica, por cierto – Mientras extendía su mano hacia a mí.
  • Mucho gusto Verónica, y pues sí, yo espero lo mismo, pronto sabremos que pasó. Con permiso.

Continué mi camino hacia los demás puestos y, ya bastante alejado del de las tazas, volteé de nuevo hacia el fondo del tianguis y sí, Verónica seguía mirándome fijamente. Algo que me hizo sentir un poco incomodo, así que me apuré a terminar de comprar y me regresé a la casa.

 Ya después de guardar las respectivas compras, dejé las llaves de Genaro junto a la puerta, por cualquier cosa. Cociné un poco y seguí con mi día normal, trabajando en la laptop y por demás.  Una tarde tranquila en la colonia, poco ruido como es lo habitual, sin contratiempos. Para la hora de cenar, solo tomé un té y un poco de pan. Había tenido una comida satisfactoria en la tarde y no era necesario algo más. Me cambié y me acosté, dispuesto a distraer mi mente con algo sin sentido en la pantalla. Lo único que deseaba en este momento era una noche tranquila, pero sabemos que no siempre es así. 

Me paré al baño pasada la medianoche. Había puesto un reality show y, como lo encontré interesante, lo pausé mientras regresaba. Al salir del baño recordé que no había puesto llave a la puerta principal. Caminé descalzo hacia allá, tomé mis llaves que estaban junto a las de Genaro, pero, al acercarme a la puerta, escuché algo extraño: unas voces justo afuera de la casa. Me acerqué un poco más, pero con mucho sigilo y pude escuchar que las voces eran de unos niños. No sé si podría asegurar que eran los mismo que habían venido a venderme los focos y la verdura el otro día, pero sonaban muy similares. No alcance a distinguir lo que decían, solo cuchicheaban y se reían, hasta que de pronto, todo quedo en silencio.

Ya ni las risas, sus voces o algún movimiento se oía.  Quizás, se habían dado cuenta de que estaba yo ahí cerca. No lo sé. Esperé un poco más. No sabía si ya echar llave la puerta o asomarme, y fue cuando a lo lejos, el sonido de las ruedas de Ángel se hacía presente. Igual que noches anteriores, se venía acercando lentamente, con esa maleta seguramente maloliente, como de costumbre.

Ya en mi mente, tenía grabado ese ritmo que llevaban las ruedas cada noche. Fue en menos de un minuto, cuando ya estaba pasando frente a mi casa, para ese momento, yo ya estaba cual tigre al acecho, esperando que llegara a la altura de mi puerta. Escuché sus pasos llegar frente a mí, sentí como lo único que nos separaba era la puerta cerrada, y ahí se detuvo. No hizo ningún movimiento, solo se quedó ahí afuera.

Esperé a ver que hacía, solo escuche que tosía un par de veces sin moverse, pero no escuche a los niños, todo estaba en completo silencio. Me regresé lentamente a mi recamara por la navaja. La tomé entre mis dedos, sosteniéndola fuertemente, harto de esta situación, que, aunque no fuera acoso, ya con lo que había visto, era algo muy agotador seguir así cada noche. Abrí la puerta de la casa de golpe dispuesto a enfrentar lo que pasara.

No había nadie.

Abrí la reja y salí. Miré hacia ambos lados de la calle y no había nadie, ni rastro de Ángel o los niños. Caminé hacia las escaleras que se encuentran delante de las casas, pero tampoco se veía nada. Nunca he tenido problemas de oído y menos alucinado cosas, así que, si se hubiera movido y yo sin ruido en la casa lo hubiera notado. Me regresé caminando; incluso, vi si seguía bien cerrada la casa de Genaro, pero ahí estaba, sin luces y todo como lo dejé en la mañana. Me quede un par de minutos en la calle buscando, pero no había señal alguna de vida, hasta los perros que ladran de noche estaba ausentes.

Regresé a la casa y cerré bien. Me fui a la recamara a acostar y seguir en mi reality, pero creo que a los pocos minutos me quedé dormido.

Tuve un sueño aterrador. Al pie de mi cama, un hombre con sombrero y gabardina negros, ojos saltones y con dientes disparejos y pirañescos, me miraba fijamente. No me podía mover ni gritar, solo observaba como esa figura aterradora me vigilaba, abriendo la boca de manera intimidante, como preparándose para morderme. Se acerco a mí y sentí su respiración fuerte en mi cara, al mismo tiempo que las luces parpadeaban formando sombras grotescas en las paredes, y que, con cada cambio de luz, la recamara se veía peor. Con un movimiento brusco, me tomo del cuello y sentí como me asfixiaba, enterrando la punta de sus dedos helados en mi garganta. Cada vez apretando más y más, sentí que mi corazón iba a estallar de lo rápido que latía, pero desperté. Estaba empapado de sudor, playera y bermudas mojados totalmente. Me levanté para cambiarme y quitar las sábanas húmedas, tomé mi teléfono y vi la hora. Eran las 4 a.m. apenas. Aun con la respiración agitada, fui a dejar ropa y sabanas al cesto de la ropa sucia.

En toda la calma nocturna, algo fuera de la casa se hacía presente, ruidos no tan lejanos de mi casa. Caminé a la puerta principal. De nuevo, se escuchaban los niños, pero ahora más fuerte, como jugando, pero no en la calle, si no dentro de la casa de Genaro.

Me puse zapatos y sudadera y salí de la casa.

Al llegar a la puerta de Genaro, se escuchaba como si fueran las tres de la tarde de un sábado. Había sonido de niños dentro, jugando y corriendo, pero todo con luces apagadas. Toqué el timbre esperando que Genaro saliera, pero en cuanto sonó por primera vez, los gritos cesaron, solo se escuchó el ruido de unas latas caer al piso y una puerta que se cerraba al interior. Me regresé por las llaves de la casa de Genaro y volví a tocar, pero nada se escuchó. Toqué una tercera vez y siguió el silencio, así que eché llave al cerrojo y abrí la puerta.

Al prender la luz del comedor, vi que el foco parpadeaba un poco alumbrando a medias. Había cosas tiradas en el piso de lo que, en la mañana, había estado en la mesa.  Asomándose en una esquina estaba una pelota azul, aun rodando lento por el piso y para completar la escena, el oso que había visto en la mañana en la recamara, ahora se encontraba bien acomodado en una de las sillas.

  • ¡Genaro! ¿Estás aquí? – dije en un tono fuerte.

Entré a la casa y cerré. Conforme iba prendiendo las demás luces, sentía que las sombras que se veían a media luz iban cambiando, pero no había nadie. Entré a su recamara y todo estaba en orden, también revisé que el baño estuviera vacío y la ventana cerrada. Me dirigí hacia la recamara de la bebe, y la puerta estaba abierta. Traté de prender la luz, pero el foco no funcionaba. Con la poca luz que entraba de la calle por la ventana, noté que todo estaba como lo dejé, salvo el oso que estaba en la silla ahora. Sentí un escalofrió en todo mi cuerpo al entrar de noche ahí. Busqué a ver si veía algo escondido en esa recamara, pero no había nada. Me fui al patio interno que tenía en la parte trasera de la casa, pero tampoco había nada; incluso, hasta abrí el refrigerador y la lavadora para buscar quien podía haber estado ahí, pero todo vacío, y la barda del patio trasero es lo suficientemente alta para que un adulto tenga dificultad para entrar.

Busqué por toda la casa, una segunda vez, pero no obtuve éxito para encontrar algo que pudiera haber generado esos sonidos. Estaba tan vacía que no había ni siquiera un insecto volando. Salí de la casa y volví a cerrar. En cuanto eché llave a la reja, escuché dentro, la risa de un infante.

Si antes había contenido mi miedo, ahora ya era casi imposible. Cuando metí de nuevo la llave a la reja para abrir, me di cuenta que mi mano temblaba. Cerré un momento los ojos y respiré profundamente cinco segundos, solo parar armarme de valor. De nuevo, abrí la casa prendiendo la luz del comedor y me quedé ahí, esperando algo, me imagino. Inmóvil, buscando con la mirada en cada rincón cualquier movimiento, pero nada pasó. Volví a entrar y prendí las luces. Cual sería mi sorpresa que esta vez, la recamara de la bebe si prendió sin problema. Volví a buscar más rápido y de nuevo, sin éxito alguno. Esta vez dejé todo prendido y me salí, cerré y no hubo ni un solo ruido. Entré a mi casa y me encerré en mi recamara.

Creo que en las siguientes horas dormí en lapsos de 20 minutos; despertando una y otra vez, hasta que a las 8:30 decidí levantarme. Aunque no tomo café, me preparé uno de esa reserva que tengo para visitas. El día había amanecido lloviznando y con un poco de frio, así que me vestí. Dormitando y bostezando aun, me senté en la mesa a tomar el café. Estaba muy cansado, estos últimos días habían sido muy intensos, no sabía que pensar. Genaro, en la cárcel probablemente, los ruidos en su casa, el ritual de los vecinos, los niños, Ángel, mis pesadillas y, todo junto, sentía que me estaba volviendo loco ¿Lo mejor sería hacer como que no pasa nada? ¿Ignorar a los vecinos y lo que escuche afuera? Quizás, eso sería lo mejor. Actuar como una persona común, aunque el dilema moral que eso involucra es muy duro. No podía hacer caso omiso a lo que es injusto para mí y para muchas personas; porque sé, que estas cosas, si se dejan al rato nos pasa a uno de nosotros.

Ahogado en mis pensamientos escucho de nuevo ruido, cerca de mi puerta. Claro, ahora son casi las 9 de la mañana, así que no es algo extraño que esto pasara. No pasan ni cinco segundos de que escuché el ruido, cuando suena el timbre de mi casa. Me levanto para abrir. Cual sería mi sorpresa: una mujer ojerosa, al parecer un poco golpeada, con sus ropas algo rasgadas y rotas, sangre en los labios y despeinada, cojeando un poco. Al abrirle, su mirada se posa en la mía, era Verónica.

Josh Nébula

__________________________________________________________

Mexicano de nacimiento, musico profesional con más de 30 años de carrera, con estudios en el INBAL, Conaculta y Fonoteca Nacional. Principalmente involucrado en el rock original con varios discos grabados, también ha hecho participaciones en música par teatro, comerciales, cortometrajes y educación musical infantil. Cuenta, además, con estudios a nivel amateur en cine, tanto particulares como en el CENART. Apasionado cinéfilo y fanático de la gastronomía

Comparte en tus redes:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *