Arte efímero.

Somos viajeros en la vida, nos perdemos y nos encontramos mientras exploramos el destino, mientras navegamos en el profundo y salvaje río del tiempo, el enemigo que nos hiere, al que festejamos cada año aunque, irónicamente, se escapa sin castigo, lo mismo que un criminal que ríe impunemente.

Frágil es la piel, incluso la sonrisa y hasta los huesos, nada pueden hacer cuando los segundos dan su mortal caricia, lenta, certera e inevitable. Así es como todo lo mortal entra en un ciclo de inicios y finales, hasta que llegan a su última morada terrenal. Comienzos y finales, breves, hermosos, perfectos.

Con estas palabras quiero introducirlos al tema de esta última entrega del año, la que cierra el ciclo del 2025 que anuncia su partida, porque incluso el arte, que tiende a permanecer a través del tiempo, sí que tiene excepciones, y de eso se trata este artículo, sobre lo momentáneo. Hablemos del arte efímero.

Como su nombre lo indica, el arte efímero lleva la esencia en su nombre, ya que, como pueden intuir, la naturaleza de esta rama se encuentra en lo breve, y no precisamente porque representa escenas transitorias, sino por su duración, ya que existen por periodos cortos en un sentido distinto, por ejemplo, al de una obra musical, ya que a pesar de que tiene una conclusión definida, es reproducible, lo que no sucede en la vertiente que nos ocupa esta ocasión.

En el arte efímero el objeto se enfoca en lo fugaz, tanto en los insumos que utiliza (hojas, hielo, arena, incluso comida), como en su contenido conceptual (sobre este punto hablaré nuevamente en líneas posteriores). Así, no es raro que los temas habituales sean el clima, el paso del tiempo, la vida, todo aquello que evoque la falta de permanencia, con la intención de enviar un poderoso mensaje al público, a través de una experiencia intensa y reflexiva.

Contrario a lo que puede pensarse, que se trata de algo contemporáneo, la realidad es que su concepto se remonta a la antigüedad, quizás porque lo transitorio es parte de nuestra existencia. El ejemplo perfecto para este punto se puede encontrar en el budismo tibetano, en el que en ciertos rituales los lamas crean mandalas de arena para simbolizar el origen de la estructura del universo y, a pesar de que hacerlos lleva mucho tiempo, su objetivo no es estético, ya que al final son destruidos por los monjes para mostrar que nada permanece.

Si tomamos como referencia temporal al arte del budismo tibetano, podemos decir que la idea con la que son concebidos los mandalas de arena no ha cambiado en aproximadamente 2,500 años[1], ya que en las manifestaciones contemporáneas se retoma la misma inspiración con adaptaciones al contexto, con mayor carga hacia el arte conceptual, en el que la idea detrás de la creación es más importante que la estética, toda vez que su contenido tiende a lo filosófico, a la protesta.

De esta forma, el arte efímero contemporáneo busca romper esquemas tradicionales, por lo que da prioridad a la transmisión de ideas más allá de lo convencional, como romper la concepción del arte como mercancía, sin que ello implique necesariamente desvincularlo con la naturaleza de las Bellas Artes.

Por tanto, no es raro que los artistas de esta vertiente exploren no solo la transitoriedad, sino el desapego, para mostrar que el valor se encuentra en la experiencia presente y no en los objetos, ya que esta rama también critica al mercado del arte y su mercantilización, es decir, transformar algo que de origen no es una mercancía en un producto sujeto a las leyes del mercado, por lo que su valor depende de lo económico y no de su uso.

Como es lógico, en el arte efímero hay un número inmenso de creadores cuya obra (por los registros fotográficos que hay en internet, aunque se lea contradictorio) realmente se disfruta, por su ingenio, su mensaje, así como por su belleza. Entre los artistas que encontré en la breve investigación que realicé, les mencionaré un poco de quienes me pareció más atractiva su obra.

En primer lugar se encuentra Andy Goldsworthy, quien es un escultor, fotógrafo y ecologista británico, especializado en el llamado Land Art o arte ambiental, en el que la característica principal es el vínculo entre la obra y el paisaje. En su trabajo utiliza materiales amigables con el ambiente y que representan a la perfección la brevedad, por ejemplo, flores, hielo, hojas, ramas, etcétera. A simple lectura puede parecer algo sencillo, fácil de replicar; sin embargo, les recomiendo ampliamente que busquen su obra para que puedan darse cuenta, tanto como yo, de por qué el maestro Goldsworthy es un artista consolidado. No solo es el equilibrio perfecto entre el entorno y la obra de arte, es la fusión de ambos elementos.

El segundo puesto lo ocupa un artista que mencioné en la entrega relacionada con el arte y el calentamiento global, aunque en un contexto diferente; sin embargo, su obra forma parte del arte efímero. El creador de quien hablo es el danés Olafur Eliasson, quien se ha especializado en el uso de materiales como, agua, luz u otros materiales, para hacer esculturas a gran escala. En palabras de Víctor Ortiz Partida, escritor de la revista Magis, el maestro Eliasson “acerca al público los hechos de la naturaleza y los avances del conocimiento científico y tecnológico de manera bella y pura, directa y contundente. Ésta es su estrategia política para transmitir información de gran importancia para la humanidad[2]. Una de sus obras que me parece más impresionante es Ice Watch, en la que utilizó bloques reales de hielo glacial (de aproximadamente 10 toneladas cada uno) para lograr su instalación a gran escala, con el propósito de crear conciencia sobre la crisis climática con una dinámica simple pero poderosa: permitir que las personas tocaran y vieran cómo se derretía lentamente el hielo hasta desaparecer. Aunque su arte es abstracto, sí que vale la pena buscarlo para apreciarlo con una mentalidad abierta.

Por último, era imperdonable omitir un nombre polémico e icónico y que encarna tan bien la naturaleza del arte efímero como lo es Bansky, cuya obra se caracteriza por aparecer en espacios urbanos, lugares inesperados, y por tener un mensaje con una fuerte carga ideológica contra sistema. El maestro Bansky busca reflejar la esencia de esta vertiente artística en su trabajo, ya que nos recuerda que el poder no está en la permanencia, sino en el impacto inmediato que provoca en el observador. Aunque parece contradictorio, a pesar de que sus obras fueron concebidas para desaparecer, su influencia es tal que permanecen en la memoria colectiva. Entre sus trabajos más destacados se encuentra el celebérrimo mural La Niña con Globo, famoso, entre otras cosas, porque una copia que pretendía subastarse por más de un millón de libras, terminó autodestruyéndose en plena puja; irónicamente, algunos especialistas estimaron que su valor se duplicó después de su destrucción, lo que confirma la contradicción que existe con el mercado del arte, pues revaloriza lo que critica de la vertiente a la que dedico estas líneas.

Para cerrar esta entrega, me gustaría agregar que este mes, diciembre, está lleno de nostalgia y de arte en pequeños detalles efímeros (como metáfora, claro está, no seamos puristas con la definición), como las decoraciones navideñas, los fuegos artificiales que son un espectáculo lumínico fugaz, e incluso una charla que se apaga al momento porque ahora forma parte del pasado, aunque siempre permanezca en nuestro corazón.

Así es el final de cada ciclo, de cada año, es quizás uno de los periodos en los que más arte vemos y en donde casi todo desaparece sin que lo pensemos. Sin más, les deseo felices fiestas, rían, amen, abracen todo lo bueno que nos regala la vida.

Por el año que se va y por el que está por comenzar, ¡Salud!

El impulso de destruir es también un impulso creativo”

-Mijaíl Bakunin

Mario Eduardo Villalobos Orozco

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Doctorante en Finanzas por el CESCIJUC, Maestro en Finanzas por la Universidad del Valle de México; es Licenciado en Derecho y Licenciado en Economía, graduado con mención honorífica, por la Universidad Nacional Autónoma de México; además es músico egresado de la Escuela de Iniciación Artística de número 1 del Instituto Nacional de Bellas artes, autor del poemario Cartas a la Lluvia, y colaborador de la revista 13 de abril, desde abril de 2021.

Correo: mevo_vook@hotmail.com             FB: Edward Wolvesville


[1] De acuerdo con el sitio GreatTibet Tour, hace 2,500 Buda enseñó a sus discípulos a hacer los altares con madalas de arena. Pueden consultar mayor información en el siguiente enlace: https://www.greattibettour.com/tibetan-culture/sand-mandalas.html

[2] Ortiz, V. (s.f). Olafur Eliasson: La belleza artística de la ciencia. Revista Magis, edición 476. https://magis.iteso.mx/nota/olafur-eliasson-la-belleza-artistica-de-la-ciencia/#menu-boton

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