A Vanessa, Bernie, Jon y Marco
Eterna compañera en el andar, espera de nada
sonido de las hojas crocantes sobre esta calle
envuelta en luces palpitantes como la vida misma
prefacio de la historia de los hombres y mujeres,
de las mujeres y hombres, cuyo único recuerdo vívido
cuya pulsión incontrolable es su frío parto, solos, solas
en un mundo de todos, de todas, de nadie, de sombras.
Las nubes difuminadas en el viento de siseante azulado
las aves que migran o se refugian en los entresijos de la vida
cándidas, sobrevivientes, como los viajeros, como nosotros
con la valija henchida de recuerdos futuribles, jamás deshecha
apostando al río que corre, al sol que se pone y a la luna
que desaparece en su escondite lóbrego y vacío para volver.
Viajeros todos, hasta la última célula, hasta el último suspiro
con navidades que vienen y van y se acumulan en la valija
con cenas y charlas deglutidas, evaporadas en la memoria
informe, despreocupada y preocupada, neurótica
con abuelos que ya no están o amores que se fueron
viajeros todos al fin, sin descanso, en busca de sueños
cuyo sentido al final es solo la búsqueda misma, no los sueños.
Perdámonos en los ojos de los niños, porque fueron nuestros ojos,
brillantes, cargados de ilusiones que parecían infinitas
hasta que se extraviaron como los barcos en el horizonte;
démonos un abrazo, que es abrigo para el alma maltrecha
cobijada en el denso frío de un quirófano, del primer momento
y digamos madre, padre, yo he vuelto, una y otra vez, vuelvo,
para partir desde casa, apertrechado, con la conciencia renovada
y así viajar una vez más a los abismos del mundo, a las estrellas
a los infiernos y, al final, regresar de nueva cuenta
a su mesa, a nuestra mesa, y juntos brindar por el regreso,
por la natividad del todo, por el fuego primero del mundo,
por la existencia.
Habremos de engañarnos sin cesar con falsos planes
porque la vida es andar como el río, como el sonido
sin importar las aguas, ni el tono ni el timbre ni el sol
al final solo estamos, estamos moviéndonos, consumiéndonos
viajando con nuestra eterna compañera en el camino,
con la espera de nada, con este frío de nacimiento,
con la amarga, testaruda e inseparable soledad,
la de escuelas vacías en atardeceres de viernes,
la de los callejones desiertos en las noches lluviosas
o de plazas atestadas de desconocidos indiferentes,
la soledad de las familias que se esconden sus secretos,
la de amigos que se dosifican verdades a medias…
y así y todo, sin dudarlo, hay hogar, hay luces palpitantes,
hay ponches para el alma y espacio infinito para el perdón,
el que nos debemos a nosotros mismos antes de la aurora,
antes de una nueva odisea, porque algún día no habrá regreso.
Mauricio Del Real Navarro
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Zacatecas, Zacatecas, 1982. Doctor en Ciencias Sociales por el Colegio de México. Amante del estudio de los fenómenos sociales y su inclusión en el mundo literario. Poeta aficionado.




