… vendré a pedir la consagración de Rusia a mi
Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora
de los primeros sábados. Si atendieran mis
peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz;
si no, esparcirá sus errores por el mundo…
Palabras de la Virgen de Fátima
-Memorias de la Hermana Lucía-
El viernes 7 de noviembre de 2025, a las 20:21 hrs, un menor de edad (sexo masculino), de entre 7 y 9 años, fue captado por una cámara que se encuentra en la fachada del domicilio ubicado en la calle De los Constituyentes 110. El menor observado, de complexión delgada y cabello corto negro, vestía una playera amarilla de manga larga y pantalones tipo pants azul marino, así como unos tenis Nike color blanco y logotipo negro. Se desplazaba en dirección a la calle Francisco Villa, y pareciera que alguien lo acompañaba, porque el menor aparece conversando, sin embargo, la persona acompañante no fue captada por la cámara… Siendo las 20:26 hrs, el menor de edad ya referido fue captado por la cámara del salón de fiestas Chiquifiesta, en Escuela Normal 219. Caminó por la calle en dirección al monumento a la Constitución sin compañía alguna… A las 20:27 hrs, el menor fue identificado por las cámaras del C5i (duración de la grabación 2:56 minutos, resolución HD) ubicadas en el cruce de las calles Escuela Normal y Elías Amador. Luego del análisis de la secuencia, se puede afirmar que el menor no va acompañado, aunque por su lenguaje corporal, se concluye que va conversando. Incluso por algunos segundos, en su punto más cercano a la cámara en el ángulo frontal, se observa una sonrisa en su rostro (del minuto con 33 segundos al minuto con 37 segundos)… El infante también quedó registrado, a las 20:29 hrs, en la filmación de la cámara de seguridad del domicilio 403, ubicado en la calle Manuel M. Ponce. No se aprecia compañía alguna. Por su parte, en las cámaras de las oficinas del Poder Legislativo del Estado de Zacatecas, ubicadas en Manuel M. Ponce 410, a las 20:30 hrs se observa al menor caminar sobre el centro de la vialidad, en dirección a la calle De Fátima. No se identifica ninguna persona como acompañante… A partir de las 20:31 hrs, la cámara de seguridad de la Clínica de Ojos, ubicada en la calle De Fátima 105, capta al menor de edad, en solitario, entrando por la puerta principal a la escuela González Ortega. En la filmación se observa que cuando el menor sube por la rampa de discapacitados hacia el cancel, este se abre y tras él se cierra (del segundo 41 al 46). La oscuridad no permite observar a la persona que abrió y cerró el cancel… El croquis adjunto marca las posiciones de las cámaras.
…solo estábamos Chemita y yo, Julio aún no regresaba. Lo regañé, le grité, yo le… yo… yo solo quería que recogiera el tiradero de juguetes que tenía en la sala. Ya otras veces había pasado, él solo se iba y yo escuchaba el portazo, él es… era… era temperamental pero muy bueno, con un corazoncito que no le cabía en el pecho. Él sabía temas emocionales de adultos, a veces razonaba de una manera tan profunda y clara que nos dejaba sorprendidos… pero pues ya… ya descansa con Dios mi hijo, porque solo ahí debe estar él… yo lo perdí de vista, es la verdad, me quedé en la cocina, obsesionada con unos trastes pegados, siempre esa méndiga obsesión con las ollas y con dejar todo perfecto. Tantas veces me dijo Julio que esperara al siguiente día, que él me ayudaba, y yo obsesiva, terca, nunca he querido dejar trastes ni migajas ni cosas fuera de su lugar… yo lo perdí de vista, lo perdí de vista… fui a su cuarto y estaba vacío, con la luz encendida pero vacío, entonces me dirigí a nuestro cuarto y encontré a la perrita echada en el parqué, sin vida, y me preocupé muchísimo, ahí es cuando corrí por todos lados, y busqué en los clósets, y busqué en la cochera, y llamé a Julio… no puede ser que él esté muerto, no puede ser… ¿por qué? Si él siempre fue un niño muy sano, siempre lleno de energía, sus enojos eran producto de sus ganas de hacer cosas, de no encontrar límites en su voluntad, eran esas ganas de vivir, de no aceptar la noche, de no aceptar las reglas del descanso… alguien se metió a la casa, mató a la perrita y se llevó a Chemita, ¡por favor! ¡Revisen bien las cámaras, revisen todas las cámaras, busquen a quien le hizo esto! Porque no entiendo… no puede ser que simplemente haya aparecido ahí, no creo lo de “sin ningún rasguño”, no creo lo de “parecía dormido”, ese velador debió hacerle algo, o alguien más que este señor no ha delatado y que entró en nuestra casa sin darme cuenta. No entiendo por qué tanta maldad en este mundo, ¿por qué los niños?, ¿por qué mi Chemita?… deme un momento, por favor, solo deme un momento, sé que debo cooperar, solo deme un momento, necesito respirar, solo déjeme salir al pasillo, por favor… no puedo respirar, espere, no puedo… ffffff, aghh, fffff… solo estoy un poco mareada, deme unos minutos, yo solo quiero que busquen bien, solo eso, no creo lo que ese hombre dijo, no le creo… y claro que puede revisar toda la casa, todo lo que necesite oficial, por favor, solo ayúdenos…
Zacatecas.- La noche de ayer, viernes 7 de noviembre, fue localizado un cuerpo sin vida al interior de la escuela primaria González Ortega, ubicada en la colonia Sierra de Álica de la capital del estado. Según el reporte de las autoridades, se trata de un niño de 7 años, vecino del lugar. Al parecer su domicilio se encuentra a unas cuantas cuadras del centro escolar. Hasta ahora no se reportan detalles sobre la causa de muerte, solo que fue el velador del lugar quien dio parte a las autoridades y que el hallazgo ocurrió en un salón de clases. Se sabe que en las calles aledañas hay algunas cámaras de videovigilancia, y que las autoridades han estado gestionando todo el material disponible para hacer la investigación correspondiente. A través de redes sociales, los padres del menor manifestaron su exigencia de una justicia pronta y expedita: “La muerte de nuestro hijo no debe ser en vano. No le puede ser arrebatada la vida a nadie sin que haya consecuencias, y mucho menos a un niño de tan solo 7 años. Exigimos a las autoridades la captura inmediata de los responsables, y que sobre ellos se aplique todo el peso de la ley. ¡Zacatecas no puede seguir así, ya basta! Por el amor infinito a nuestro hijo, no descansaremos hasta que se haga justicia”… Este presunto homicidio se suma a los tres casos del pasado lunes, cuando en la ciudad de Fresnillo… en una ola de violencia en franco crecimiento luego de la onerosa campaña del gobierno estatal, cuyo núcleo ha sido la promoción de una supuesta reducción en los índices delictivos…
…a mí me marcó Isabel a eso de las nueve treinta, estaba muy exaltada, gritaba en el teléfono, ¡ven! ¡Vente ya, no está Chemita y mataron a la perrita! ¡No está Chemita! Yo en unos instantes no reaccioné, me imagino que usted sabe cómo es el sentimiento de pasar de cero a trescientos en las emociones, primero hay confusión, hay adrenalina a tope… yo solo le dije que me esperara y ya ni la chamarra agarré, encontré las llaves y fui a casa inmediatamente… ya noche de viernes, todos dando la vuelta sin preocupaciones, creyendo que el mundo no se acaba, ¡pinche gente estorbosa!… La verdad me tuve que volar dos semáforos, ya si me multan ni modo, sé que los detalles cuentan… Isabel me esperaba en la entrada, llorando, bloqueada… tantas cosas que a uno le pasan por la cabeza. Tenía la estúpida esperanza de que Chemita estuviera escondido por haberle hecho algo a la perrita. Ya una vez se había escondido y lo regañamos tanto que prometió nunca más hacerlo. Lo busqué por todos lados: en todos los clósets, debajo de las camas, detrás de las cortinas, entre los arbustos del jardín, cerca de la jacaranda… de verdad nunca creí que lo encontrarían tan lejos de la casa, no entiendo cómo pasó, todavía no logro entender cómo llegó hasta allá… mi hijo… mi hijito… sin él soy nada… mi Chemita… no encontramos nada, no encontramos nada, estábamos desesperados y en pocos minutos les llamamos a ustedes… no habrá momento más fuerte en nuestras vidas que ver el cuerpo de Chemita sin vida; estábamos muriendo por dentro al venir aquí, rogábamos porque no fuera él; ahora ya estamos muertos… solo esperamos que por favor nos ayuden, que esto no quede impune… no entiendo, no lo entiendo de verdad, Chemita era un ángel, muy bello, era lo más bello… por favor, encuentren al culpable, encuentren a quien se metió en nuestra casa y se lo llevó… no quiero que mi hijo sea solo alguien más a quien le arrebataron la vida…
…nomás vi un bulto en la sombra… taba ahí entre unas bancas…taba muy oscuro oiga, y se me hizo raro… yo ya llevo años aquí, y pos a veces pasan cosas raras pero pos me acostumbré, la necesidá, pos qué le va a hacer uno… pero ya le digo, yo staba revisando los salones, ya pa regresarme al cuartito y ahí vi el bulto, bueno, un bultito, no, mire, hasta me da escalofrío nomás de acordarme oiga… y pos entré a ver de qué se trataba… vi cosas raras, dicen muchas cosas de aquí, pero pos así algo real nunca me había tocado, solo ruidos, o a lo mejor creer que vi algo en las sombras pero pos uno a veces se echa su traguito verdá, y pos uno está tranquilo y se lo endilga al traguito, así que nunca me inquieté mucho, ya son 20 años aquí, usté cree?… pero bueno, pos abrí la chapa extrañado, con curiosidá, pensando que algo se le había olvidado al maestro. Entré, prendí la luz y caminé unos pasos hasta la tercera fila de bancas y ahí staba, era un niño, morrillo, morillo, se me vino el corazón a la garganta y me empezó a punzar la cabeza, sentí que los nervios me recorrían el cuerpo y pos… perdóneme que sea chillón oiga, ta muy chiquito, taba muy chiquito, y parecía vivo, parecía dormidito, recostado de lado, enconchado, sin que se le notaran heridas, ni siquiera rasguños, pero no respiraba, no se movía, sí staba muerto… deje me limpio oiga, va a decir usté que soy muy llorón… dispénseme… el niño no se veía desde afuera, era solo un bultito, nunca imaginé que fuera un niño, pobrecito… taba muy confundido, sentí mucha tristeza y mucho miedo, y pos nomás se me ocurrió marcarle de volada a la directora, y lo hice como pude oiga, me temblaban harto las manos, no podía apachurrar bien las teclas del pinchi celular, ¡viera cómo batallé! Pero pos lo bueno que rápido contestó ella y me dijo que en lo que venía hablara al 911 y pos así lo hice oiga. La verdá me dio miedo siquiera tocarlo, pero su pecho no se movía nadita, y al acercar mi dedo, no sentí aire de su nariz, así que ahí lo dejé y nomás me fui pal pasillo, en lo que llegaba alguien. Nomás veía el bultito desde afuera, pero pos sabía que era su cuerpecito… perdóneme, sé que aquí no se llora, mire, ni lo conocía, pero ta muy chiquito, pobrecillos sus apás…
…yo conozco a los Suárez desde hace años. Su familia en general es muy conocida. Son gente trabajadora, de clase media, igual que nosotros. Isabel siempre ha sido muy amable, nos invitaba a todas las fiestas de Chemita. Por lo que sé, ella ayuda en el templo de Fátima. No sé qué hace exactamente, pero creo se reúne con la gente que organiza eventos. Por ejemplo, es de las señoras que venden pan bendito los jueves santos, aunque como yo no soy religiosa, no platico mucho con ella sobre esto, más bien me he enterado por pláticas con las otras vecinas, porque somos varias amigas. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de una gran mamá, y que a Chemita lo quería con toda su alma. Yo vi cómo no lo quería soltar a veces, mientras lo llenaba de besos, hasta el niño se avergonzaba porque ya había entrado a la edad en que se creía grande… pobre Chemita, no lo puedo creer, qué noticia tan fuerte, una nunca se espera esto… Isabel debe estar destrozada, a veces de verdad la vida se vuelve dramática en un segundo… no, de verdad no quiero ni pensar en lo que debe sentir mi amiga… y pues atendiendo a su segunda pregunta, la verdad es que yo no vi al niño pasar por aquí, ¿no creen ustedes que pudo irse por otro camino? Esta colonia es muy sola, y en viernes por la tarde-noche es un cementerio… yo he visto cámaras en varias casas, podrían pedir las grabaciones…
…yo venía subiendo la Elías Amador después de las ocho de la noche y justo iba a cruzar el callejón del Tendedero para subirme a mi carro… lo había dejado estacionado frente a la Escuela Normal. Al voltear a verlo allá adelante, me di cuenta de que, en el fondo, viniendo de la calle Escuela Normal, detrás del árbol, iba cruzando un niño de playera amarilla y pantalón oscuro, justo en la esquina donde la Elías Amador se convierte en Juan de Tolosa. Me llamó la atención porque ya estaba oscuro y andaba solo, y no se veía muy grande, de entre 6 y 8 años. Iba jugando con sus manos, como haciendo figuras con los dedos; además caminaba despreocupado, con la paz de una noche de viernes. Lo que me dio pendiente, de hecho, fue verlo atravesarse, porque ni siquiera se fijó si venía o no un carro. También me pareció extraño que no andaba abrigado, porque era una noche fría. La verdad pensé rápido en sus papás, en si lo habrían mandado por algo, si lo estarían esperando unos metros adelante donde yo no los podía ver por la posición de los edificios… si simplemente serían de esas personas de las que abundan: desconectadas de la realidad, sumidas en sus propias preocupaciones. Pensé, siendo honesto, que eran desobligados, porque el niño iba solo, eso sí me consta, por lo menos en los metros en los que alcancé a verlo, y en la calle no se veía nadie más, solo se escuchaba el viento y algo de hojarasca. Yo me subí a mi carro luego de verlo desaparecer detrás del monumento a la Constitución que bifurca esa calle. La verdad cuando subí por Juan de Tolosa ya me había olvidado del niño; ni siquiera volteé, quién sabe en qué estaba pensando ya para ese momento…
José María, Chemita, un bello niño de 7 años que soñaba todos los días con sus sueños, sueños sobre sueños, que vivía sumergido entre nubes acojinadas que sobrevolaban un universo donde los colores brillantes y los cantos más armónicos y rítmicos de las aves pululaban, donde las aventuras entre buenos y malos se dirimían con la intervención de gigantes de peluche y la participación de la feroz “Pelitos”, la blanca perrita Shih Tzu que derrumbaba ciudades enteras con su inquieta nariz y sus tiernas motas beige y negro apostadas en sus orejas, ignorando su caprichoso futuro, y que tantos y tantos juguetes, y tantos momentos de juego, serían los vestigios de la hora por venir junto a su amigo: el niño constructor de historias, el niño que sin querer soltaba versos anhelados por Sabines en su horas aciagas, versos ejecutados melódicamente cuando sus juguetes hablaban o sus manos declamaban al viento en medio de un soliloquio de pueril ludismo, donde los personajes se preparaban con dramatismo para penetrar en la refriega del clímax narrativo, siempre resuelto con la paz de niño, de quien sin ser contaminado por su sociedad, sabe que entre todos es mejor, que la hermandad es la dicha enterrada, oculta. Chemita, el niño que supo ver lo que casi nadie ve, y ahí comprendió, sin darse cuenta, la levadura de la historia, la atemporalidad del tiempo, el misticismo de las cosas y, sobre todo, la fragilidad tránsfuga entre lo real y lo irreal, entre la ciencia y lo metafísico. Sobre él, deben conocerse sus últimos días.
Era la hora previa para su ida a la cama. Sus padres se encontraban conversando en la cocina, y sus voces se escuchaban rebotando, diluidas en el túnel de la escalera. Chemita estaba ensimismado, tratando de pegar una calcomanía en un camioncito que Julio le había regalado esa misma tarde. Cuando su mente más absorta estaba, el niño fue acariciado, suavemente, en la mollera. Pensó que era su madre y no hizo caso. Cuando sucedió una segunda vez, volteó pero no vio a nadie. Le pareció muy extraño, aunque no dio demasiado crédito y siguió en lo suyo. Ese día fue a la cama sin saber que su sueño era observado. Era viernes 31 de octubre. Al día siguiente el niño se despertó pleno, completamente repuesto del hastío escolar de la semana; era día de cine. Todos los sábados iba en compañía de sus padres, y este no sería la excepción. La película fue hermosa, aunque trillada: ¿1.21 gigawatts? ¿1.21 gigawatts? Gritó por enésima vez el Dr. Emmett Brown en la función de 40 aniversario de Back to the Future. Chemita fantaseaba con sus propios viajes en el tiempo, con sus propias conquistas culturales en épocas donde las reglas del juego seguramente serían muy diferentes. Ya en casa, casi a punto de dormir, mientras se incorporaba para ir a apagar la luz, pudo ver cómo una de sus almohadas se hundía, como si alguien hubiera recostado la cabeza sobre ella. Su reacción no fue de miedo, sino de curiosidad, por lo que estiró el brazo para palpar el hueco, pero no sintió nada, solo la forma caprichosa en la almohada, entonces se dirigió a apagar la luz. Al momento de cerrar los ojos e iniciar su viaje al mundo de los sueños, escuchó una voz lejana, como cuando se habla a través de un largo tubo: dulces sueños. El niño viajó por ese extraño túnel que a veces nos guarda historias y, a veces, parece durar un parpadeo. Así fue esa noche, un parpadeo. Abrió sus ojos con la radiante luz del sol de la mañana colándose por la ventana y, al hacerlo, sintió su cuerpo ligero, relajado al punto. Por fin era domingo, y no cualquiera, sino el que estaba marcado en el calendario como Día de Muertos, por tanto, el día en que finalmente podría caracterizarse del Dr. Frankenstein, esperando que Julio, su padre, lo acompañara por las calles encarnando al monstruo gigante, y así fue, apenas se puso el sol, el niño y su padre, tomados de la mano, salieron a recorrer el centro de la ciudad y las Lomas de la Soledad cantando «el muerto quiere camote, sino se le cae el bigote…», y como resultado Chemita regresó a la casa con su calabacita plástica rebosante de dulces de todos los colores. Debido al Júbilo del niño y a su porfía en la recolección de dulces, la cena fue un poco después de las 9. A las 9:39 ya estaba en su cuarto, listo para apagar la luz. Antes revisó algunos de sus dibujos sobre mundos alternos, sin adultos, con perritos, gatitos, peluches y él. Pensó que ojalá pudiera volar para conocer el mundo, para platicar con las aves. Un minuto después se paró de la cama y apagó la luz. Al recorrer, envuelto en la lobreguez, el metro y medio de regreso a su almohada, sintió cómo lo tomaron del brazo, e inmediatamente quiso gritar, sin embargo, sintió también que le taparon la boca. En un instante, la luz se encendió y estaba ahí, parado frente a él, un niño acaso un centímetro más alto, con la palidez del mármol, con ojos aceitunados y cabello lacio, sedoso, castaño a la luz de la bombilla. Su mirada era inocente, más bien, se podría decir que era curiosa, de esa curiosidad inofensiva. Perfectamente podría ser su compañero de clase. Antes de soltarlo le dijo: por favor no grites, no vengo a hacerte daño. Y dijo una segunda vez: quitaré mi mano de tu boca, pero por favor, no grites, y así lo hizo. Chemita, confundido, lleno de miedo, y tal vez condicionado por este, no gritó. Me llamo José Luis, dijo el extraño niño, penetrando con la voz la mente de Chemita, que rebosaba de emociones contrastantes con la mirada pueril y el flequillo arqueado del intruso. Esa presentación directa e inofensiva lo tranquilizó un poco, lo justo para darse cuenta de que el niño parecía un curioso viajero en el tiempo. Vestía calcetines y pantalones cortos color beige, así como una camisa de pana color verde menta y delgadísimas rayas azul marino. Su aspecto anacrónico era coronado por unos zapatos Oxford marrones. Esta impresión de antigüedad hizo que, en unos segundos, Chemita se convenciera de que el niño era de verdad un viajero en el tiempo, aunque no se lo preguntó, sino que se limitó a decir: yo soy José María. Acto seguido, se estrecharon la mano, y Chemita dijo que ya debía dormir, que mañana, si quería José Luis, jugarían. ¿Tienes adónde ir? Le preguntó, y el visitante dijo que no. Entonces quédate conmigo, volvió a decir Chemita, solo no hagas ruido, para que mis papás no vengan a regañarme. Ambos niños se acostaron compartiendo la cama individual con sus aún diminutos cuerpos dándose la espalda. Al despertar en la fría mañana de 4 grados debido al tradicional descobijamiento de su madre, Chemita se preocupó por ser descubiertos, pero a su lado no había nadie, estaban solo él e Isabel, entonces pensó que José Luis se había escondido.
Antes de irse a la escuela, subió cereal con leche a su habitación y lo dejó en el buró. Horas más tarde, luego de la jornada escolar, Isabel le preguntó a Chemita por qué había dejado cereal en su pieza y él se sonrojó aduciendo que planeaba ver una película y quería dejar todo listo para cuando regresara de la escuela. Amor, recuerda que entre semana no vemos películas, debes hacer tu tarea y en tus tiempos libres dibuja, juega con tus juguetes, lee tus comics o lo que se te ocurra, pero no hay televisión ni tablets, ¿está bien? Esto ya lo hemos hablado, comentó la madre con dulzura. Sí mami, perdón, dijo Chemita. A pesar de aquel intento amable como anfitrión y de su ansiosa espera, en todo ese día el niño misterioso no volvió a aparecer. No obstante, en el mundo de los sueños nocturnos, Chemita imaginó que viajaba en el tiempo con él, y que juntos llegaban a un lugar hermoso, lleno de luz, donde el viento era una trémula caricia, donde no había preocupación alguna, donde el alma estaba en completo reposo y la mirada se perdía en un sol hipnótico y manso, mientras el agua corriendo en algún lugar no muy lejano ejecutaba una perfecta sinfonía de alabanza a la tremenda virtud de una vida plena y tal vez eterna porque no había antes ni después, solo se vivía el momento. En el sueño, José Luis parecía estar en casa y corría por los pastos y arboledas cercanas, donde no había insectos ponzoñosos, solo ardillas, cervatillos y colibríes, donde brotaban flores de cempasúchil por doquier. Chemita lo seguía riendo, lleno hasta el último de sus finísimos vellos de la energía vital proveniente de la felicidad plena. De repente, apareció Pelitos, persiguiéndolos a ambos entre los árboles y ladrando llena de euforia amorosa, como una blanquísima pelusa esponjada, con sus patitas cortas y abultadas por ese pelambre de algodón. Cuando Chemita se tiró en el pasto y la abrazó sobre su vientre, escuchó el canto de muchas aves, un canto que, por su belleza, logró emocionarlo hasta las lágrimas. Al incorporarse un poco para verlas, el sonido melodioso lo condujo hasta un cenzontle que no dejaba de cantar para él desde la rama de un árbol. Ese pajarillo grisáceo de pecho blancuzco lo observaba como si fuera un intérprete celestial. La conexión que sintió con el ave fue no solo novedosa, sino abrumadora, pero no duró, pues cuando experimentaba esos sonidos que recreaban la esencia de la existencia, vino el descobijamiento de otra fría mañana, de otro día de escuela. No podía dejar de pensar en los pocos detalles que recordaba del sueño, en especial, en José Luis y en la sensación de sublime felicidad. Esto lo acompañó hasta su llegada al colegio, donde las tiernas emociones se evaporaron en la modorra de la rutina cuasi militar del sistema educativo.
Luego de la comida, Chemita subió a su habitación para hacer su tarea como todos los días desde que, por problemas de aprendizaje, le fueron restringidas su Tablet y la televisión en días hábiles, pero como le sucede a casi todo niño, su cabeza no estaba en las tablas o series de números, sino en los momentos después de sus obligaciones: en ese mundo que se le presentaba para ser descubierto con sus sentidos y su creatividad infinita. La espuela del juego, ese día no fue la excepción, lo ayudó a terminar velozmente sus deberes. Eran casi las seis y media de la tarde.
Mientras el niño se dibujaba a sí mismo sobre un cenzontle gigante, escuchó: ¿te gustaría volar, verdad? La voz que provenía de sus espaldas lo sobresaltó, y al girarse, vio a José Luis sentado al borde de la cama, idéntico a la primera vez: misma mirada, mismo peinado, misma ropa. Entonces sintió alegría de comprobar que el viajero no se había ido aún. Creí que no volverías, le dijo. Ayer estuve contigo, en tus sueños, contestó el enigmático niño. ¿Cómo supiste eso? Preguntó Chemita, sorprendido. Yo sé algunas cosas, pero no tiene importancia, solo que fue un sueño muy lindo, ¿verdad? Y al decir esto, por primera vez aquel niño de otra época sonrió, mostrando los hoyuelos de sus mejillas. La complicidad entre ambos era natural, y cualquier tensión se diluyó al instante. Pasaron la tarde jugando entre peluches, Playmobil y la intervención controlada de Pelitos, pues de vez en vez la sacaban de la habitación ante la emoción incontenible y destructora de la joven Shih Tzu. Su papel, por lo tanto, era restringido, el de tornado o terremoto, según se tratara, según el clímax de las historias que recrearon ambos niños plenos de ideas, mismas que abarrotaban como estrellas la atmósfera de la habitación. Antes de la cena, José Luis se despidió y prometió volver al día siguiente. Imagino que ya tienes dónde quedarte, comentó Chemita con un tono de decepción, y al ofrecerle una gruesa chamarra con borrega, agregó: debes abrigarte, siempre estás helado, ya hace mucho frío en estos días, pero José Luis, despreocupado, le dijo: así me siento a gusto, no te apures, y a continuación abrió la puerta de la habitación y salió caminando tan campante que cerró tras de sí como alguien que no conoce la palabra discreción. Chemita enseguida abrió, pensando que lo iban a descubrir, pero el niño ya no estaba, solo vio a Pelitos frente a la puerta, sentada sobre sus patas traseras mientras las delanteras posaban casi juntas, cortas, peluchonas, con sus ojitos inocentes mirándolo directamente. Siguió así unos segundos y luego ladeó su esponjada cabeza un poco hacia la derecha, curiosa, esperando más acción, enseñando los dientes incisivos inferiores y moviendo la colita sin parar. Volvía a ser un día conocido.
El miércoles, Chemita fue visitado en las tinieblas de su habitación, justo como la primera vez. Al sentir la fría mano del singular niño en su boca, se le heló la sangre. Soy José Luis, le dijo inmediatamente, y la retiró. ¿Por qué siempre debes asustarme? Reclamó airadamente Chemita, incorporándose. Tan solo los instantes previos se encontraba tendido boca arriba, cobijado hasta el torso, con las manos en la nuca, mirando una figura picassiana de luz y sombras que se formó en el techo de su habitación con el reflejo del alumbrado público en las cortinas. Perdóname, estuve algo perdido y hasta ahorita pude venir contigo; si no te tapaba la boca a lo mejor hubieras gritado. La sinceridad en la voz de José Luis destensó el momento, y con la confianza de quien conoce a la otra persona por años, se recostó a un lado de su nuevo amigo para juntos ver la figura del techo, para decir qué imaginaba cada uno a partir de sus formas. Luego contaron historias henchidas de ilusión, hasta que José Luis habló de algunos recuerdos. Chemita podía ver a través de las palabras de José Luis otro tiempo, otras costumbres, otra vida. Al interrogar al presunto viajero supo por fin su edad y su tiempo: 8 años en 1946. ¡Viajaste muchísimos años al futuro! Dijo Chemita, y quiso conocer más. Entonces José Luis relató a su Zacatecas, el de su tiempo. Cada palabra iba perfeccionando el mundo que Chemita reconstruía en sus pensamientos. Se imaginó más naturaleza, más aves, más montes y una ciudad muy pequeña. Luego de un rato, los niños acordaron dormirse, pues casi eran las 10 de la noche. Al despertar antes de que viniera su madre a descobijarlo, Chemita ya no encontró a José Luis. Ese día la escuela generó una emoción imprevista: María trabajó con él en la clase de inglés; la niña que lo hacía sentir piquetitos en su estómago, que lo ponía muy nervioso. El niño regresó a casa caminando entre nubes, había conocido los primeros destellos del alba en el mundo del amor.
El jueves transcurrió lento, con demasiada tarea, de esas ocasiones en las que los maestros de primaria dejan trabajos irracionales que en realidad están destinados a los padres: restas, una maqueta y la escritura de un texto de cuartilla y media sobre alimentos saludables. Isabel se la pasó horas trabajando con Chemita, hasta que a eso de las 7:30, Julio se les unió en el esfuerzo colectivo por terminar la maqueta. Después de ello cenaron y, un poco antes de las 9, el niño ya estaba en su cama, arropado por la oscuridad. Primero sonó, delicadamente, la madera de un mueble, luego ocurrió un pequeño movimiento de las cortinas. ¿Estás ahí? Dijo Chemita, y de entre las sombras de una silla con un bulto de ropa, emergió José Luis, cuyo cabello castaño fue denunciado un instante por un pequeñísimo rayo de luz que se colaba desde la calle y por el cual tuvo que cruzar para acercarse a la cama. Traté de no asustarte, ¿lo logré? Preguntó el infante con inocencia. Esta vez lo hiciste muy bien, contestó Chemita. Esa noche abrieron de par en par las cortinas de la ventana que da a la parte trasera de la casa y se acostaron en el parqué para, a pedido de José Luis, observar la noche estrellada. Hablaron un rato de fantasías, de las aves y su vuelo, de lo que sería mirarlo todo desde arriba. De repente, José Luis interrumpió la charla con una pregunta: ¿Crees que las personas vayan a las estrellas cuando ya no están? No lo sé, pero sí van al cielo, dijo Chemita. ¿Tú crees? Insistió el visitante. Sí, todos iremos al cielo, dijo nuevamente, con voz segura, el pequeño anfitrión. Me gustaría viajar al cielo, añadió José Luis. Hubo un pequeño silencio. Solo se puede viajar en el tiempo, ojalá algún día inventen cómo viajar al cielo, concluyó Chemita con sabiduría infantil. ¡Ojalá! Bueno, debo irme a mi casa, comentó el pequeño viajero. ¿A tu casa? ¿Entonces sí encontraste dónde quedarte? Preguntó Chemita asaltado por la confusión. Bueno, la verdad siempre he tenido dónde quedarme, solo no te lo había dicho. Ahí he vivido mucho tiempo, contestó el aún más misterioso niño, y añadió: ¿Mañana quieres ir? Chemita estaba desconcertado, desconfiado, pensaba hasta ese momento que José Luis tenía solo unos días en el año 2025, pero no indagó más, únicamente agregó: no me dejarán. Bueno, piénsalo, podemos salir a escondidas y ya, y al decir esto, José Luis palmeó dos veces el vientre de su amigo con suavidad, para luego levantarse e irse caminando hacia la parte más oscura de la habitación. Antes de perderse en la nada, solo dijo: hasta mañana.
El viernes se extinguía como los pabilos de las veladoras en Fátima. Chemita estaba en su cuarto lidiando con el enojo. Isabel se encontraba muy irritable, cansada del trajín de la semana, y él sintió que, injustamente, lo quería hacer trabajar en un día que por las tardes y noches acostumbraba a descansar, por eso momentos antes se hicieron de palabras, y creyendo genuinamente que él tenía la razón, fue a encerrarse en su habitación. ¡Aquí todos somos amigos y vamos a construir una gran ciudad! Dijo el niño, mientras tomaba algunos Lego con sus pequeñas manos. Un tropel más de juguetes abatidos sobre el parqué, justo como el que estaba en la sala, origen de la disputa con su madre. El número de piezas era equivalente a las ideas que afloraban de su cerebro para, de la nada, generar una historia rebosante de épica. En eso estaba cuando tocaron débilmente a la puerta. Chemita abrió con un “mande usted” seco, resentido, creyendo que se trataba de Isabel, pero terminada la frase, y coincidiendo con el desplazamiento de la hoja de madera blanca, se encontró con José Luis, ahí parado, sonriendo. La pelea con su mamá fue olvidada por completo en ese instante, coincidiendo con la entrada ipso facto a la habitación del misterioso infante viajero. ¿Qué haces? Dijo. Estaba jugando a construir una gran ciudad, ¿quieres jugar? Lo invitó Chemita. ¡Qué bonito! ¡Cuántos juguetes! ¡Mira qué detalles! Entonces tomó algunos con sus pálidas manitas y se le iluminaron sus hermosos ojos, brotando inocencia por doquier, y de nueva cuenta, los hoyuelos de sus mejillas aparecieron. Jugaron algunos minutos en perfecta sincronía, como si ambos tuvieran escrito un guión en su memoria. Eran tan solo dos niños con un vínculo lúdico extraordinario, disfrutándose plenamente en un mundo de invención, en un mundo existente más allá de los horizontes físicos. ¿De dónde vendrán los sueños? Preguntó Chemita repentinamente, de una manera casi anticlimática. De Dios, contestó José Luis con toda seguridad, tajante, sin dejar de manipular a un caballo y su jinete, y añadió: ¿estás listo para ir a mi casa? Chemita resopló, ya eran bastantes los problemas con Isabel. Mi mamá está muy enojada conmigo… a veces solo siento que anda enojada y ya, comentó con resignación. Vivo cerca, a unos minutos de aquí si nos vamos caminando, insistió el invitado. ¿No nos tardaremos mucho o sí? Inquirió Chemita con curiosidad. No, dijo José Luis meneando la cabeza y viéndolo a los ojos con ternura. Bueno, ¡vamos! Solo no hagamos ruido. Chemita encerró a Pelitos en la habitación de sus padres y bajaron las escaleras a hurtadillas. Se detuvieron en el último peldaño unos segundos y desde ahí observaron a Isabel de espaldas, allá en el fondo de la cocina: su cabellera castaña sobre la espalda, sus brazos en la refriega, lavando trastes sin parar, absorta en su necesidad incesante de sentir control. Chemita ignoraba que esos instantes eran un regalo de despedida.
Los niños caminaron varias cuadras platicando, haciendo bromas, manoteando. Les tomó cerca de doce minutos recorrer la distancia de la casa de Chemita hasta la entrada de la escuela González Ortega. José Luis se adelantó para abrir el portón principal y cerrarlo al paso de su invitado, como buen anfitrión. Ya en el patio de entrada, el ahora visitante preguntó extrañado: ¿aquí vives? ¿en esta escuela? José Luis movió afirmativamente la cabeza en la penumbra, y dijo: sí, esta es mi casa. ¿Pero cómo te dejaron estar aquí? Cuestionó Chemita con cada vez más curiosidad. No lo sé, desde que recuerdo vivo aquí… pero ven, vamos adentro, donde no sientas frío, porque tus dientes están haciendo ruido, indicó el niño misterioso. Ambos penetraron por las rejas de entrada del primer edificio, giraron a la derecha y subieron la escalera, luego caminaron unos pasos más hacia la izquierda, sobre el corredor, y entraron al primer salón. Sin encender la luz, se sentaron en unas bancas. Qué raro es estar en una escuela sola, dijo Chemita en la penumbra. Yo estoy acostumbrado, pero te entiendo, nada se compara con la escuela llena de niños, aunque cuando vienen aquí son raros, comentó José Luis, y añadió: siempre he querido jugar con ellos, pero nadie me hace caso. A algunos les hablo y nunca me miran, a otros los tomo del brazo en el recreo y solo manotean sin darse cuenta de mi existencia, y siguen jugando futbol. Hubo veces en que algunos corrieron al tomarlos de la mano mientras estaban tristes, como si algo muy feo les hubiera pasado. Por eso dejé de hacerlo desde hace mucho. Es mi casa pero nadie me ha querido, todo muy raro, por eso me contento con verlos a todos, con divertirme de las cosas que hacen. ¡Están muy chistosos!… pero, o sea, ¿conoces a muchos niños? Preguntó Chemita. No los conozco, no platico con ellos, pero sí los he visto de cerca, muchísimos muy felices, otros tristes, otros que solo buscan pelear, otros bromistas, otros que solo saben hacer maldades. Sus maestras y maestros tampoco me quieren. Nunca soy tomado en cuenta, solo observo. Ya me sé las clases hasta sexto, por cierto, jajajaja. Chemita se rio con inocencia, y pensó que tal vez nadie soportaba ver a un niño de otro tiempo. Yo pienso que se traen algo contra mí pero todavía no entiendo qué es y nadie me lo dice, dijo José Luis interrumpiendo las deducciones del invitado, y agregó: La verdad es que no recuerdo muchas cosas. No recuerdo dónde vivía antes, por ejemplo, pero sí recuerdo a mis papás. Mi mamá me abrazaba y me besaba todo el tiempo, y me leía muchas historias: 20 mil leguas de viaje submarino, Robinson Crusoe, las Aventuras de Huckleberry Finn, Oliver Twist… y siempre me daba un beso antes de dormir. Mi papá a veces se enojaba mucho conmigo, así como tu mamá, pero él a veces me castigaba con su cinto o con su zapato, aunque lo hacía para que fuera hombre, según me decía, y siempre procuraba que, si me golpeaba fuerte, no se me viera para que no se rieran de mí. Lo extraño mucho. La última vez que lo vi fue en un paseo en el monte, solo él y yo, un paseo de hombres, me dijo. Hasta ahí recuerdo, luego todo ha sido esta escuela. Yo creo fue cuando viajaste en el tiempo, comentó Chemita, cavilando en la historia de su amigo. ¿Sabes cómo lo hiciste? ¿Tienes algún DeLorean? Dijo con candidez. ¿Un qué? Preguntó confundido José Luis. Un DeLorean, de los carros que viajan en el tiempo, aclaró Chemita. No, solo estoy aquí y ya, y desde que me acuerdo, solo una persona me ha hablado antes de conocerte a ti, y fue hace poco, hace unos días. Yo estaba caminando por la escuela, viendo de lejos al velador que le gusta hablar solo, porque a veces es muy malhumorado y dice maldiciones que me dan mucha risa, cuando a mis espaldas, así de repente, apareció muchísima luz. Yo volteé rápido, y la verdad sentí mucho miedo. Y es que al principio no podía ver bien, pero la luz se hizo más bajita y por fin pude ver a un muchacho alto, muy amable. Me llamó por mi nombre, me dijo que traía un mensaje para mí. ¿Un mensaje? Cuestionó Chemita, extrañado. Sí, un mensaje que ni sé cómo se me quedó en la memoria. Me dijo: el Señor me ha enviado para decirte que te unirá con tu madre sin tiempo ni fin. La hora de volver a sus brazos ha llegado. Ella te extraña, y no pasa día sin que mencione tu nombre y añore tenerte en sus brazos. El Señor está orgulloso de ti por cada año que pasaste sin saber adónde ir, en la soledad de la compañía, de las risas y llantos que no eran para ti. Volverás por fin a la casa del Padre, donde perteneces. José Luis interrumpió su relato ante el silencio atento de Chemita, y entonces agregó: creo que el Padre es Diosito, y quiero conocerlo con todas mis fuerzas, pero el muchacho no dijo nada de mi papá, por eso he empezado a extrañarlo más. Yo creo que no se aprendió bien todo el mensaje y olvidó la parte de él. Sí, no te preocupes, verás a tu papá, eso tenlo por seguro, dijo Chemita, totalmente empático y tajante, conmovido por el tono de voz de su amigo. Pero el mensaje no terminó ahí, José Luis siguió contando: el muchacho envuelto de luz me dijo que era muy importante buscarte a ti sin ser percibido por nadie más e invitarte a mi casa, a esta escuela. Que aquí pasáramos la noche. Me dijo que tú serías mi amigo, que tú sí me harías caso, y que primero, ambos soñaríamos un mismo sueño, y que luego, cuando vinieras, volveríamos a soñarlo, que el Señor nos llevaría a unos jardines grandotes, hermosos, llenos de árboles, de colibríes, de flores de cempasúchil. Me habló de tu perrita, que es hermosa, y me dijo que ella también estaría invitada, que jugaría con nosotros, que habría también otros animales llenos de ternura, y que el Señor nos acariciaría con su luz llenando nuestros corazones de paz y muchísima alegría. Además, el muchacho mencionó que en ambos sueños cantaría para nosotros su ave más preciada, llamada cenzontle, que con su voz acariciaría nuestra alma por nuestros oídos para mostrarnos lo que es ser felices. Tal cual lo dijo. Chemita se quedó pensando, y en breve comentó: ¿Crees que si nos dormimos poquito tengamos ese sueño juntos? ¿O tendría que ser toda la noche? Yo pienso que basta con un sueño chiquito, ¿no? Dijo José Luis con inseguridad. Porque mis papás se van a preocupar, señaló Chemita. El muchacho comentó que a lo mejor te preocuparía la noche y el lugar, pero dejó dicho que nada pasaría, que no te preocuparas por nada. Yo pienso que si nos dormimos unos minutitos podemos regresar a tu casa rápido y nadie lo notará, agregó José Luis con completa inocencia. Bueno, está bien, ¿dónde duermes tú? Preguntó el pequeño invitado. Yo duermo en el piso, estoy acostumbrado, aclaró José Luis. Los niños se acostaron en el frío suelo, entre las bancas, frente a frente, en posición fetal. José Luis dijo: descansa, amigo, y al momento cayeron en un profundo sueño. Las almas de ambos niños y de Pelitos, la perrita, dejaron el mundo físico, dejaron la escuela, la casa, dejaron la Sierra de Álica y las Lomas de la Soledad, dejaron Zacatecas y llegaron a los pastos y arboledas, y disfrutaron la luz del sol manso, que todo lo envuelve, y escucharon cantar al cenzontle acompañado por las armonías del agua cristalina corriendo en algún riachuelo celestial, y ahí estaba Sara, la madre de José Luis, quien corrió entre los campos de cempasúchil, visiblemente conmovida, para estrecharlo en sus brazos, y luego, al percatarse de Chemita, extendió su brazo derecho y de esa manera los abrazó a ambos, mientras Pelitos corría a su alrededor.
¿Cómo sé todo esto? Se preguntará usted, fray Francisco. He leído para usted testimonios, reportes policiales y una nota periodística. Pero la historia real, en detalle, me ha sido revelada por un hombre envuelto en una luz cegadora y voz sosegada. Una vez que habló, disminuyó su brillo y entonces me perdí en sus ojos negros, profundos como el infinito. Tal fue el efecto que memoricé cada una de las palabras que de sus labios brotaron. Es preciso decir que la historia no termina aquí. El hombre me confió que en enero de 2026 harán unas adecuaciones en el patio central de la escuela González Ortega, y que ahí será revelada la identidad de José Luis, siendo descubierto para siempre el pecado de su padre, justo a los pies de Nuestra Señora de Fátima. Además, me pidió que difundiera un mensaje impostergable de oración, porque el mundo se enfrentará a un momento funesto, a una nueva etapa de oscuridad para la humanidad. Dijo que el origen estará en el país más grande del mundo, y que sus ambiciones irrefrenables crearán caos y devastación casi total, por lo que muchísimos niños serán salvados de tal sufrimiento, como sucedió con el niño José María.
Mauricio Del Real Navarro
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Zacatecas, Zacatecas, 1982. Doctor en Ciencias Sociales por el Colegio de México. Amante del estudio de los fenómenos sociales y su inclusión en el mundo literario. Poeta aficionado.



